Situación de la filosofía y perspectivas del hombre y mundo
“Llama a la puerta de la realidad, sacude las alas del pensamiento, afloja los hombros y entra”.—Jalaludin Rumi.1
“¿Qué puede hacer la filosofía? …enseña a no dejarse engañar (…) Enseña a mirar de frente la posible catástrofe. Perturba la tranquilidad del mundo. Pero también impide que se consideren inevitables la imprudencia y la catástrofe. La filosofía podría ser un factor de salvación si llega a tener en su pensamiento fuerza convincente para los hombres y llegase a ser digna de crédito mediante aquellos por los que es expresada. Ella es lo único que puede hacer cambiar el modo de pensar.”—Karl Jaspers. 2
El pensar filosófico es actividad reflexiva de contemplación intelectual y examen crítico-dialéctico de problemas y acontecimientos del pensamiento y la conciencia, y devenir de la realidad histórico-social. El pensar filosófico tiene la misión de someter a examen la problemática del hombre; es misión que denominamos situación de la filosofía: la filosofía se pone a sí misma en actitud de contemplación ordenada de cambios del mundo, de pensar posibilidades de orientación y nuevas direcciones del mundo histórico y del pensar filosófico mismo, puestos en conexión recíproca mediante la voluntad de conocer riguroso y sistemático de su nexo, que es la verdad de la relación del hombre con el mundo.
El pensar filosófico siempre ha recogido los estremecimientos del mundo y nuevas concepciones que la filosofía constituye de sí misma; lo primero, para elevarlo al concepto que determina cambios, transformaciones y novedades -discretas o silenciosas, de la realidad histórico-social; lo segundo, es el continuo reconocimiento de sí de la filosofía de manera reflexiva; ese reconocimiento es constituyente de su actualidad a lo largo de los siglos. El devenir del siglo XX y resultados principales, muestra movimiento de fuerzas y tendencias, contradicciones y posibilidades de elevada complejidad problemática representativa de desaparición y constitución de modalidades de existencia del hombre y libertad, y de convivencia de pueblos y naciones sustentada en paradojas y contradicciones hacia el interior y exterior de sí mismos.
El pensar filosófico tiene la misión de ponerse a sí mismo en situación de contemplación de esas modalidades con la voluntad constitutiva de la totalidad de ellos como conceptos representativos de su comprensión y conocimiento. Esa situación de saber es la voluntad de vida y responsabilidad de la filosofía.
La filosofía es aportación de alguna claridad reflexiva para el entendimiento de la interacción entre hombre y mundo que acontece mediante el trabajo, la política y técnica; es iluminación reflexiva del pensar sobre el pensar, la libertad y la razón que constituyen la mediación hombre-mundo; en ella, la razón es conciencia de fines de acciones humanas, racionales o irracionales.
La desaparición del socialismo soviético implicó la crisis del marxismo; estos acontecimientos marcaron cambios y transiciones acontecidos en las décadas finales del siglo XX; es una problemática que asume la reflexión crítico-dialéctica con el propósito constituyente del significado de esos acontecimientos para la libertad y devenir del mundo histórico-social. Esos acontecimientos marcaron el fin de una época y propiciaron la reconfiguración de la civilización, del trabajo, política, tecnologías y convivencia entre pueblos y naciones. Apareció un nuevo orden mundial que carga con la injusticia y demás contradicciones del orden resultante luego del término de la Segunda Guerra y de la ‘guerra fría’; no sólo eso: la nueva civilización o globalización, ha generado nuevas modalidades de injusticia y otras contradicciones, y también, la conciencia política de peligros del cambio climático y del deber político, moral y social de la preservación del planeta. También algo más, y muy importante: la conciencia de la democracia como la forma viable y menos irracional de convivencia de individuos, pueblos y naciones. Fue aterrador que el socialismo soviético haya sido una dictadura de la burocracia y del Partido Comunista, y que los trabajadores nunca fueron el agente de la política del orden socialista; fue así por efecto de contradicciones internas, y hacia el exterior del mundo socialista. Los liderazgos leninista-estalinistas supieron lidiar con la oposición activa y eficaz del capitalismo al orden socialista; respecto de las contradicciones internas, sólo las mantuvieron reprimidas durante tres generaciones, hasta que de pronto, perdieron el control; los liderazgos tardíos (1985-1991) debieron elegir entre guerra civil descomunal y exterminadora, o auto supresión del régimen socialista. La elección asumida abrió paso a la configuración confirmatoria de la democracia como espíritu del mundo, en palabras de Hegel.
La democracia cada vez más se constituye en forma deseada y admirada de actividad política y social, para el Estado, gobierno y sociedad, la cultura y civilización. La filosofía puesta en situación de examen crítico de ese devenir del pensamiento y acción del hombre muestra su actualidad mediante conceptualizaciones que aspiran mostrar la representación del devenir del mundo que transcurre mediante la democracia perfeccionable, la única forma contemporánea de impedir los brotes de barbarie, o expansión de fuerzas y tendencias destructoras de la civilización.
Morelia,
invierno 2017-2018.
“Actitud, hablando en general, significa un estilo habitualmente fijo de la vida volutiva encausado hacia direcciones de la voluntad de los intereses previamente delineados, hacia las finalidades, las creaciones culturales, cuyo estilo total está así determinado. Toda vida transcurre en este estilo constante como forma normal. Modifica los contenidos culturales concretos en una historicidad relativamente cerrada. La humanidad (o bien una comunidad cerrada como nación, tribu, etc.) siempre vive, dentro de su situación histórica, en alguna actitud. Su vida tiene siempre un estilo normal y una constante historicidad o desarrollo en ese estilo.”—Husserl. 3
Hacer filosofía es pensar. Dice Hermann Krings que pensares “una actualidad cualificada del intelecto que sólo puede comprenderse en el contexto de actividades del saber como percepción, observación y recuerdo, representación, intuición, intuición intelectual y fe.” 4Pensar es actividad intelectual que se hace objetiva en la constitución representativa de la realidad histórico-social o mundo creado por el hombre mediante la actividad práctica. Pensar es actividad de autorrepresentación de la conciencia en el ser consciente. El pensar va implícito en el mundo histórico-social y en cualquiera de las manifestaciones de libertad. Pensar y lenguaje constituyen una unidad indisoluble, o pensamiento y expresión de lo pensado.
La actividad de pensar es un deber humano; están obligadas a impulsarla la cultura y civilización, la sociedad, política y educación. La belleza de la interacción social consiste en la constitución, expansión y perfeccionamiento del pensar. El pensar es condición de pensarse a sí mismo, o examen de sí mismo; es posibilidad de examen del mundo, y crítica de la relación pensamiento-mundo.
El pensamiento organiza los resultados que constituye en la figura denominada síntesis categorial, o sistema de conceptos puestos en relación demostrada mediante el análisis. La síntesis categorial presenta un estado de cosas5; en ella, “contenidos materiales se ponen en una relación mutua mediante contenidos formales, y (…) constituye la unidad del estado de cosas (…) La unidad así constituida puede (…) designarse como un enlace de representaciones, pero con una distinción”.6 Semejante constitución es válida porque “El estado de cosas es el objeto del juicio. Juzgar como afirmación o negación de un estado de cosas es el centro y fin del pensamiento. En la síntesis afirmativa se afirma como verdadero o falso el estado de cosas puesto en la síntesis categorial. Con ello el pensamiento en su estructura se muestra como una red de síntesis. En la síntesis concretizante del material logrado diairéticamente7 desde la unidad de la intuición se pone el contenido parcial como concepto, en la síntesis categorial los conceptos se ponen como un estado de cosas, en la síntesis afirmativa se pone el estado de cosas como verdadero (…). El fin de la afirmación es la verdad”.8 Someter a crítica el estado de cosas es examen de problemas para clarificar el misterio o lo necesario del hombre y mundo. Krings dice que pensar es vocablo que designa cualidades en el acto del intelecto, o facultad cognoscitiva que conquista su meta; agrega que pensar es acción intelectual que determina diferencias;9 examinar las diferencias como propiedades determinativas del mundo histórico, es la intención de este ensayo: contribuir a la constitución de representaciones críticas del estado de cosas del mundo, de un mundo terrible y espantoso, donde la existencia transcurre con la ansiedad de determinación de concreciones de la condición humana en épocas recientes.
La filosofía es la luz que acompaña la evolución de la humanidad dirigida con la fuerza de la verdad; es luminosidad envuelta con el sentimiento sereno de comprender la problemática del hombre.
La filosofía es pensamiento que examina condiciones de posibilidad de los objetos, o entes cognoscibles; cumple actos de reconocimiento de verdades y conocimientos aceptados y genera pensar constituyente de totalidades conceptuales descriptivas y explicativas del mundo y la acción, del hombre y la historia; es pensamiento que conquista determinaciones de contradicciones del mundo y de la relación del hombre con el mundo a través de mediaciones o nexos entre pensamiento y realidad. La unidad de esas relaciones es ofrecida a la humanidad con la figura de explicaciones del lienzo de la historia y cultura, con la clave que descifra su tejido, la cual es mostración con claridad, diferencia y distinción, de los hilos reales en el lienzo reunidos, y que tienen un remate que no cierra. La filosofía es pensamiento que reconoce la trama profunda de la existencia y la historia, de la tragedia de la historia que adquiere movimiento propio, escapándose del control de los hombres. En la contemplación de ese tejido consiste el momento de belleza y estrujamiento de la actitud filosófica frente al mundo.
La filosofía es aptitud reflexiva sobre el devenir de la conciencia y de objetos que es posible conocer; es reconocimiento de imposibilidad o posibilidad de solución de contradicciones del mundo, acción y existencia. Los resultados de la contemplación filosófica son presentados como ideas dispuestas con orden que manifiesta la validez de ellas como mostración de los problemas del mundo, pensamiento y acción. La contemplación filosófica es compromiso racional de pensar con finalidad y método, autonomía ecuánime y racionalidad asimilatoria de la importancia y significado de la experiencia. La filosofía es pensamiento crítico que sabe distanciarse del mundo mediante el reconocimiento de sus fundamentos y fines, formas y resultados; ese distanciamiento propicia el reexamen de la forma de nexos de la conciencia con la realidad histórico-social. Filosofía es pensar crítico y dialéctico: tiene el propósito de detectar las contradicciones del mundo y someterlas a examen y dictamen, a la manera de Heráclito: “he aquí su señalado descubrimiento y destacada contribución a la filosofía: el mundo real consiste en un equilibrado ajuste de tendencias opuestas. Detrás de la lucha de los contrarios, y de acuerdo con determinadas leyes, existe una oculta armonía o consonancia, que es el mundo”.10 La filosofía es la luz del pensar que puede clarificar la portentosa transformación histórica manifestada en la época de transición entre milenios; es iluminación clarificadora que propone conceptos y acciones para la reconciliación del hombre con el mundo, para la reconstitución de enlaces y constitución de nuevos nexos entre conciencia y realidad histórica; esto es la luz que representa la filosofía de la cultura. La filosofía es pensar que reconoce los principios de la razón y del mundo, del hombre y tejido de la historia; es pensar que cumple su misión de autorreflexión en épocas aciagas y sociedades confusas, iluminándolas con la clarificación conceptual. La gratificación propia de la filosofía es saberse arraigada en la vida y en la historia; su heroísmo, es saberse conciencia real de las dialécticas de la actualidad, constituyentes del mundo histórico presente. El pensar filosófico profundo determina los significados múltiples de síntesis categoriales representativas de dialécticas de realidad y conciencia. Bien dice Jean Whal (1888-1974): ”la filosofía es más bien un preguntar que un responder”.11 La filosofía es el preguntar que busca la clarificación de situaciones y contradicciones del hombre y mundo, de la relación del hombre con el mundo, de la situación del hombre en el mundo y del hombre respecto del hombre como fin en sí mismo que, por eso, es valioso, dijo Kant.
Pensar de modo filosófico es actividad intelectual mediante categorías y constitución de relaciones en el acto de examen de un objeto, por ejemplo, el mundo y el hombre. Dice Herbert Marcuse (1898-1979) que la preocupación por el hombre es el interés de la filosofía; la unidad de lo uno y lo otro es “una nueva forma en el interés de la teoría. No hay otra forma aparte de esta teoría”.12 Interés y preocupación por el hombre es identidad o racionalidad de la teoría filosófica frente a los problemas del hombre y mundo. Las aportaciones de Marx referentes a estructuras del modo de producción y relaciones de producción son significativas de una verdad del mundo histórico-social, de su base material; luego, ese mundo deviene objeto de la teoría filosófica como el problema de la libertad. Marcuse lo dice de la manera siguiente: “Después que la teoría crítica reconoció que las relaciones económicas eran las responsables del mundo existente y comprendió la interconexión social de la realidad no sólo se volvió superflua la filosofía, en tanto ciencia independiente de esta interconexión, sino que pudieron enfrentarse también aquellos problemas que se referían a las posibilidades del hombre y la razón”.13
La libertad es posibilidad de pensamiento y acción; la reflexión de ellas implica el mundo histórico-social y examen de la dinámica de todo tipo de relaciones y su interconexión o cruzamiento; el examen filosófico de conceptos, categorías y leyes de la economía política y materialismo histórico tiene la finalidad de descubrimiento de implicaciones de la estructura económica con la libertad, y viceversa; es la libertad significativa de conciencia reflexiva, y autorreflexiva, o actividad de reconocimiento del pensar: “Es libre aquel que reconoce a la necesidad como necesaria para poder superar la mera necesidad y elevarse a la esfera de la razón”.14
El interés de la teoría filosófica en la libertad y razón abriga el anhelo de un mundo menos injusto y más libre; es interés que refleja el desencanto histórico del socialismo fallido y el horror de las revoluciones, su destructividad, sufrimiento infligido a la sociedad y gestación de tendencias tiránicas, que la misma revolución convirtió en necesidad para la instauración o imposición del nuevo régimen mediante la doctrina del marxismo-leninismo-estalinismo; doctrina y régimen soviéticos fueron decisivos de cambios en la civilización y para el comienzo de una época que abrigaba la posibilidad de constitución de un “hombre nuevo”.
El interés en la razón es confianza en las aptitudes del hombre para “la organización de la vida según la libre decisión del sujeto cognoscente, entonces la exigencia de la razón se extiende también a la creación de una organización social en la que los individuos regulan su vida según sus necesidades. En una sociedad de este tipo, la realización de la razón va acompañada también de la superación de la filosofía”.15 El socialismo soviético proclamó la filosofía marxista la “única verdadera” doctrina de la revolución y compromiso incontrastable del pensar filosófico como arma del proletariado para la revolución; lo uno y lo otro, fueron figuras del dogmatismo soviético instaurado a partir de una frase de Marx, y que negó el desarrollo del nuevo pensamiento que prometía el emerger de un ‘mundo nuevo’ a partir de la fundación del régimen soviético, que fue consolidado de manera terrible, cruel y sanguinaria; el horror y terror del estalinismo parecieron “necesidades históricas” del ‘mundo nuevo’; paradoja y espanto, desgarramiento de la conciencia crítico-dialéctica y dolorosa decepción incurable; todo esto fue expresado por ejemplo, en las novelas de Víctor Serge El caso Tulayev (1948) y Los años sin perdón (1946); la novela de Arthur Koestler El cero y el infinito(1941) y el ensayo de crítica y denuncia política de Maurice Merleau-Ponty,
La época de transición entre milenios ha sido el contexto temporal de configuración de un nuevo orden del mundo, con sustento y dirección en el capitalismo tecnológico-digital que de manera repentina se volvió global, sin una guerra descomunal, sin dictaduras brutales, sin guerras civiles en pueblos que vieron desaparecer el régimen socialista con rapidez asombrosa. Pareció imponerse la fatalidad de una necesidad histórica que merece discutirse. Surgieron nuevas formas de vida social, nuevas maneras de comunicación, nuevos modos de interacción política y económica, nuevos desarrollos tecnológicos, nuevas figuras religiosas, de convivencia y tolerancia a diferencias o preferencias sexuales, y también, apareció con mayor intensidad, el reclamo de las mujeres de igualdad de derechos y oportunidades con los hombres; vicios y delincuencia también se volvieron globales, al igual que las ideologías emergentes de los derechos humanos y conservación del medio ambiente, aparecidas al término de la guerra de Vietnam.
La teoría filosófica es pensar que cumple la crítica rigurosa y sistemática de cambios mundiales y constitución de nuevos órdenes mundiales; el pensar filosófico destaca el conformismo o resignación de la razón histórica -o clase trabajadora- en el nuevo orden mundial configurado como capitalismo global. El fracaso del socialismo es una espantosa lección que ha esparcido el escepticismo sobre la misión revolucionaria del marxismo y proletariado; el significado de ese escepticismo patente en los países importantes y en trabajadores de los países pobres o subdesarrollados, es una tarea intelectual de largo plazo, dedicada a la observación de cambios en la concepción del mundo y de la vida, y actitudes y actividades políticas de los obreros de toda clase de países.
El pensar filosófico ha sido liberado del dogmatismo soviético socialista, en especial, el pensar dialéctico. Junto con la reflexión crítica, la dialéctica es principio de examen y fundamento de la teoría filosófica y su interés para el reconocimiento del hombre y mundo, de posibilidades de constitución de un nuevo pensamiento articulado como humanismo filosófico o filosofía humanista que se levante con respeto sobre las bases de la gran tradición reflexiva de Occidente, y que el marxismo ortodoxo y déspota pretendió dar por muerta y enterrada.
A la manera renacentista, un nuevo humanismo es posible, despojado de las impugnaciones marxistas soviéticas lanzadas contra él como ‘ideología reaccionaria y retrógrada’; una filosofía humanista es posible como ciencia del mundo y existencia, del hombre y libertad, del hombre que quiere ser libre con medida y respeto a la naturaleza; del hombre que quiere renunciar a la creencia en su posición suprema y de privilegios ilimitados sobre la naturaleza y de cúspide de evolución de la vida; si el hombre no renuncia a esos pedestales, no habría reino sobre el cual reinar; el mundo histórico-social sería escenario del horror total, de injusticia extrema, violencia del salvajismo y pesimismo radical.
La historia de la filosofía registra varios pensadores que imaginaron los cambios políticos posibles para el mejoramiento de la sociedad, primacía de la razón sobre los sentimientos y perfeccionamiento espiritual. Platón, San Agustín, Tomás Moro, Fourier y Marx son representativos de la propensión del pensamiento filosófico para hacer propuestas de cambiar al hombre y mejorar la sociedad, mediante la imaginación o examen racional de la historia y sociedad, de manera pacífica y racional, o violenta y revolucionaria. Kant creía en una organización mundial de los Estados para el perfeccionamiento de las normas de convivencia, iguales para todos, y sin pesimismo o escepticismo, confiaba en la posible modificación del hombre y sociedad mediante el Imperativo Categórico que supuso “instrumento” para el intento de tallar algo mejor en la “la madera retorcida” que es el hombre, según su expresión propia.
La época moderna ha vivido dos momentos de intenso pensamiento idealista y propositivo, en las dos direcciones recién mencionadas. Primero, entre los siglos XVI y XVII, aparecieron las utopías post-renacentistas, elaboradas por Campanella, Francis Bacon y Tomás Moro; es sabido que éste último es autor de la más conocida y mejor lograda obra utópica en aquellos tiempos. Luego, entre los siglos XVIII y XIX, frente a las desigualdades del capitalismo industrial, injusticia padecida y miseria de los obreros, reaccionaron pensadores ingleses y franceses con propuestas de ideas, acciones y proyectos para el mejoramiento social y moral. La comprensión de injusticia del capitalismo industrial del siglo XIX era una cualidad de la conciencia social de hombres de pensamiento humanista, admirables y valientes, conocidos como socialistas utópicos. Socialistas utópicos fueron Robert Owen, de origen inglés, que intentó la construcción de la sociedad ideal en Chihuahua, México; los franceses Henri de Saint-Simon, Charles Fourier, Étienne Cabet, Graco Babeuf y Auguste Blanqui. Fourier constituyó la propuesta de los falansterios, forma de sociedad sin propiedad privada ni acumulación de riqueza, con libertad de sentimientos y pasiones, y gobernada con criterios de igualdad y tolerancia. Ofrecer una descripción idealista de la manera como sería la sociedad si los hombres cambiaran, es la finalidad del pensamiento utópico, que tiene un trasfondo de inspiración cristiana, no oculto, tampoco exaltado; es pensamiento humanista constituyente de creencias -con bases reales- en la buena fe para cambiar la realidad injusta, cruel y brutal en nombre de creencias cristianas y de redención del hombre mediante la solidaridad fincada en la fraternidad.
Hacer utopía es pensar utópicamente; es proceso reflexivo-cognitivo de la razón que se repliega del mundo; no se retira horrorizada; más bien, abre distancia para el acto de contemplación del mundo como formación social en contradicción consigo mismo, inflexible y sin posibilidad de resolución; el mundo parece una formación histórico-social agotada; nada tiene qué ofrecer. De la conciencia de libertad que yace en el trasfondo del mundo y hombre, surge el pensamiento utópico. En relación con las luchas obreras revolucionarias del siglo XIX y significado del marxismo en la misma época, Boris Pasternak (1890-1960) describió en su novela inmortal, la apreciación histórica y política de aquellas situaciones: “algo caracterizaba esa época y daba a todo el siglo diecinueve una categoría histórica: el nacimiento del pensamiento socialista. Estallaban las revoluciones y muchachos llenos de abnegación se subían a las barricadas. Los escritores trataban por todos los medios de censurar el bestial apetito de dinero y elevar y difundir la dignidad humana de los pobres. Y llegó el marxismo, que vio dónde se hallaba la raíz del mal y dónde estaba el medio de curarlo, y se convirtió en la fuerza motriz del siglo”.16
Es sabido el reconocimiento de Marx a la valentía de los pensadores utópicos y sus atrevidas propuestas, a las que juzgaba carentes de bases reales, carentes de origen en las condiciones históricas y con soslayo de las leyes del capital y plusvalía. Los socialistas utópicos fueron pensadores que se atrevieron al diseño ideal de un mundo mejor sin supresión del capital, plusvalía y lucha de clases. Marx, con profunda comprensión de la formación histórica del capital, de las clases sociales y sus luchas y contradicciones, explicó todo un mundo histórico –el capitalismo; con conocimientos científicos de la situación, señaló el camino para, primero, cortar de tajo con el capitalismo –suprimiéndolo- y luego construir otra sociedad, un mundo nuevo y diferente, justo y libre: el mundo socialista. Treinta y cinco años después de la muerte de Marx, en nombre del marxismo y en la mediación de la ideología y estrategia de Lenin, el orden mundial cambió, y la historia avanzó en una dirección nueva, y lo más relevante: parecía en poder de las manos de los hombres. Lenin tuvo la historia entre sus manos; supo construir la unidad de fuerzas y contradicciones de la sociedad feudal rusa y su mínimo desarrollo industrial, destruirlas y fundar el Estado socialista soviético.
En Doctor Jivago, Pasternak hace decir a Strelnikov, personaje revolucionario radical: “todo este siglo diecinueve (…), todo el movimiento obrero del mundo, todo el marxismo en los parlamentos y universidades de Europa, todo el nuevo sistema de ideas, la novedad y rapidez de las deducciones, la ironía, toda la consiguiente impiedad elaborada en nombre de la piedad, todo esto lo absorbió en sí Lenin y lo expresó por todos. Como la personificación de la venganza se lanzó contra el viejo sistema. Junto a él se levantó el alma inmensa de Rusia, que de pronto, a los ojos de todo el mundo, se encendió como una lámpara votiva por toda la miseria y los sufrimientos de la humanidad”.16
La Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas por siempre tendrá el significado histórico de haber sido el mayor esfuerzo del hombre moderno para construir una sociedad de justicia, igualdad y conciencia de la libertad. El régimen soviético desapareció en Rusia y Europa Central; por siempre y para siempre, la civilización occidental estará en deuda con el grande y heroico pueblo ruso, con el Ejército Rojo y sus comandantes, que destruyeron la barbarie del nazi-fascismo y su fuerza aniquiladora del sentido de humanidad.
La URSS es hecho histórico que durante mucho tiempo —tal vez, siglos-, tendrá el significado de una tragedia, en particular para los pueblos que veían en ella la esperanza de justicia y posibilidad de liberación de la explotación del trabajo. El vacío que dejó su extinción ha sido ocupado por el capital y su desarrollo trepidante. El error que cometió el régimen soviético al imponer la concepción del marxismo ortodoxo como fundamento de todo conocer y acción, haya sido una de las condiciones de crisis y colapso del socialismo soviético, o marxista-leninista. Dos o tres años después de la muerte de Stalin, un personaje de la novela magistral de Pasternak, exclama: “El marxismo es demasiado poco dueño de sí mismo para ser una ciencia. Las ciencias tienen equilibrio. ¿El marxismo y la objetividad? No conozco corriente más replegada en sí misma y más apartada de los hechos que el marxismo. Todos tienen la manía de verificar sus ideas en la experiencia, y, en cambio, los hombres de gobierno, por mantener la leyenda de la propia infalibilidad, hacen cualquier cosa por volverle la espalda a la verdad. Desprecio la política, no me gustan los hombres que no aman la verdad”17; tal es la expresión de Yuri Andreievich Jivago, poeta, en relación con el marxismo soviético.
Es nuestro interés pugnar que la teorización filosófica adquiera la figura de una filosofía práctica, o pensar reflexivo que examina la situación del hombre en el mundo y del mundo, con propósitos de constitución de conocimiento y comprensión de esas situaciones. La filosofía práctica asume la razón como principio, y la gran tradición filosófica de Occidente como fundamento para el examen crítico-dialéctico de la situación hombre-mundo, sin pretensiones vanas de universalidad, y todavía menos, de asignación a la filosofía de la inmerecida tarea de transformación del mundo y del hombre. La filosofía es esencialmente pensamiento crítico; no es deber suyo la vinculación con la acción política. Es la política la encargada de la dirección de la sociedad, el gobierno de los pueblos y conducción del Estado-Nación. La filosofía -como dijo Hegel en relación con la naturaleza-, también es observadora de la historia y sociedad. ¿Por qué la filosofía no se comporta como política? Porque debe prevalecer, no exponerse a la destrucción. Ella es la única instancia verdaderamente libre para la preservación de la conciencia de la libertad y las ideas del Bien, la Verdad y la Belleza.
La filosofía práctica quiere ser pensar contemplativo y descriptivo, analítico con la crítica, y comprensional con la dialéctica, para determinar la verdad de la situación, que tiene figura sintética en la totalidad de relaciones del mundo existente y en la acción y posición del hombre en la trama de las mismas.
La autenticidad de semejante filosofía práctica es la confianza en la razón y compromiso de no renunciar a ella: la razón es fundamento de la acción y componente necesario de la relación hombre-mundo. A la vez que práctica tiene fundamento en la grandeza de la tradición filosófica, tiene derecho a reconocerse como continuidad de ella, porque otorga primacía a la razón en el examen de objetos del mundo y problemas del hombre, mediante categorías kantianas, hegelianas, marxistas, fenomenológicas y existencialistas, según el caso, y además, en el fondo, todas tienen el mismo fundamento: la racionalidad, actividad superior del pensar con relación a los fines de su hacer, y que es el pensar presidido con el saber de lo que hace y lo que quiere. La filosofía práctica es leal a la meta suprema de la razón de la tradición filosófica de Occidente. La misión de la razón –dice Marcuse- es “producirse a sí misma y crear su propia realidad siempre de nuevo, con un material resistente: la razón consiste precisamente en este hacer. Lo que la razón debe hacer es nada más y nada menos que la constitución del mundo para el yo. Debe crear la generalidad en la que ha de encontrarse el sujeto racional con otros sujetos racionales. Ha de ser el fundamento de la posibilidad de que se encuentren (…) de que surja una vista en común en un mundo en común”.19
La filosofía práctica quiere aportar la claridad reflexiva del devenir del hombre en el mundo, del devenir del mundo histórico-social y de la libertad; esos temas y problemas son las situaciones; entre ellas, la cuestión del yo, que ha sido examinada de manera exhaustiva en el idealismo de Descartes y que es central en la filosofía del idealismo alemán; esa cuestión adquiere renovada significación en las tesis fenomenológicas de Husserl, al igual que el planteamiento del mundo de la vida, del horizonte “infinito” de experiencias para la constitución del mundo y del saber del mundo y del hombre; esto es la conciencia, o plenitud del yo -por psicológico que parezca; el yo es función psicológica, pero no se reduce a lo psicológico; el yo como conciencia, también es yo trascendental: es aptitud de examinarse sí mismo, y modificarse con actitud liberadora y emancipadora mediante procesos renovadores de experiencia y de relaciones reconstituidas con el mundo.
La figura de la filosofía práctica es fiel a la cualidad contemplativa y descriptiva del pensar filosófico propuesta y defendida por Hegel; no busca, insinúa o propone transformación radical de nada, ni del mundo, ni del hombre; se atiene a los acontecimientos, a las objetividades, a las situaciones, a la libertad puesta y manifiesta en esas entidades reales; en ellas, la libertad es constitutiva de relaciones, procesos, contradicciones y acciones. Esta filosofía práctica “tiene como característica el no ir más allá de lo que ya es: no modifica nada. La constitución del mundo está siempre realizada antes de cualquier actuar fáustico del individuo”, dice Marcuse.20 Lo que quiere semejante pensar filosófico es conquistar el saber que sugiera la liberación de relaciones de alienación, opresión o represión; busca la liberación no- radical. El radicalismo político es una equivocación precisamente política, por notables que hayan sido sus teóricos y por populares que hayan sido sus agentes y operadores en algunas revoluciones.
El dolor infligido a la sociedad y el sufrimiento impuesto a miles y miles de hombres es una cuestión moral que escapa a la racionalidad revolucionaria que apuesta todo por el todo en la máxima “el fin justifica los medios”. Rubashov, personaje central de la novela de Koestler, representa la argumentación trágica de esa imposibilidad.21
La filosofía práctica cree en la misión de todo filosofar auténtico: la búsqueda desinteresada de la verdad. Dice Bertrand Russell que “un filósofo que usa su competencia profesional para algo que no sea una búsqueda desinteresada de la verdad es reo de una especie de traición”.22
La filosofía práctica respeta la revolución, la lucha de clases y el pensar político estratégico–revolucionario; acepta esas entidades como situaciones, no como compromiso que se torna obligatorio para el individuo involucrado con el estudio de la filosofía en general, y del marxismo en particular; comprende esas situaciones histórico-políticas como componentes del mundo del hombre y de la relación hombre-mundo, no como fatalidades. La preponderancia de la tesis de arma de la revolución, o brazo armado del proletariado fue una condición de la lucha comunista, construcción del socialismo en Rusia y propaganda de la Internacional Comunista; todo eso es histórico y tuvo enorme importancia histórica, tanta, que todavía parece no ponderada por el pensamiento europeo de manera suficiente, pero ya pasó, y tampoco el pensamiento occidental ha clarificado de manera convincente las causas de la caída del socialismo soviético ni el significado del pueblo ruso en las luchas históricas que libró entre 1905 y 1945, y más aún, supo evitar la guerra civil cuando cayó el régimen socialista soviético en 1991. Estamos en desacuerdo con la simbiosis entre filosofía y política -de izquierda o de derecha- en el examen de la misión o función de la filosofía; no hay derecho para hacer de la filosofía la sierva de la política, ni antes del marxismo, ni mucho menos, después de la desaparición del socialismo soviético. La filosofía es la filosofía; la política es la política; la revolución, en la revolución, y no es lícito hacer de lo primero, un recurso instrumental para lo segundo, y menos, en la época del mundo histórico-social posterior al colapso civilizatorio de la URSS y régimen soviético de Europa Central.
La figura de la filosofía práctica tiene validez; reconoce el significado y posibilidades de la democracia en el contexto de injusticia y confusiones ideológicas, morales y espirituales del orden mundial de la globalización y fijación de un solo orden civilizatorio en el planeta y para toda la especie humana.
La filosofía práctica es pensamiento que cree en la democracia humanista como posibilidad para la disminución de la injusticia, como forma racional de libertad del régimen político eficaz para la búsqueda de la verdad y gobierno mediante el derecho; cree en la democracia como ideal filosófico para el mejoramiento del mundo de la vida, disminución de la injusticia, denuncia de la opresión y sustitución de la represión mediante el derecho y eficacia de liberaciones que reclama la vida humana desde el surgimiento del capitalismo industrial.
La filosofía práctica cree en la modificación paulatina de la estructura económica mediante la política democrática de la sociedad y liderazgo de hombres fuertes y visionarios, y respetuosos de la ley y diálogo con los ciudadanos. No es una ideología de conveniencia; es congruente con “el ideal filosófico de un mundo mejor” como dice Marcuse,23 y confianza en la razón para conquista de la verdad. Es pensar que “forma parte del fin práctico de la humanidad combatiente. De esta manera recibe también su contenido humano”.24
La filosofía práctica es posición teórico-espiritual que defiende la misión del pensar reflexivo como búsqueda de la verdad, sus implicaciones y ramificaciones; es posición realista y crítica frente a la decadencia civil y política, frente a la degradación de la moral, poder y convivencia; no se engaña respecto de “lo realizable de la verdad”; la filosofía práctica quiere existir en la previsión del choque de la sociedad con los poderes de la alienación; es pensar que quiere existir porque tiene derecho de existencia en sus vínculos con la tradición filosófica, y tiene que cumplir su libertad como compromiso con la verdad del mundo y del hombre; cuando la conquistara y la realidad fuera hostil, peligrosa, intimidante o violenta contra el pensar, mejor callaría, y guardaría su verdad para tiempos diferentes y hombres menos alienados, menos oprimidos. Por lo general, la verdad filosófica de un presente está -casi por necesidad-, proyectada hacia un futuro que, con cierto grado de probabilidad, sabría acogerla.
La figura de filosofía práctica quiere vivir, y hacer vivir a otros hombres, ayudarlos a hacerlo; si no es posible, sería mejor guardar sus registros y ofrecerlos en tiempos posteriores y propicios para la emancipación de prejuicios, temores y fanatismos. Ninguna filosofía por sí misma cambia algo de la situación histórico-social en que aparece; jamás ha ocurrido; aparte de Platón, nadie ha vuelto a intentarlo en serio. Marx lo propuso, y pudo ver –por ejemplo, las consecuencias de la derrota de la llamada Comuna de París; después de esa experiencia, poco volvió a escribir.
La posición de la filosofía práctica es progresista: es progreso indudable contribuir a la preservación de la filosofía; no sería cobardía callar la verdad en lugar de gritarla a un mundo sordo a ella, a hombres que no quieren saber nada de la verdad. Por el contrario, es una valentía verdadera el silencio del filósofo que otorga prioridad a la preservación de la filosofía: El mundo de la alienación contemporánea un día desaparecerá; el hombre complaciente con las atrocidades del presente contra la naturaleza, cultura y sociedad, un día cambiará, desparecerá o será destruido, pero la filosofía prevalecerá, y la buena literatura de la época, también, precisamente aquella que asume el reconocimiento de la importancia de la filosofía para la determinación de sus fundamentos y construcción de tramas y personajes.
La filosofía práctica cree que en la democracia eficaz y eficiente subyace la posibilidad de superación de la injusticia y represión de la libertad, y que ella es, como régimen político y forma de convivencia, –en palabras de Marcuse-, posibilidad de “superación de las actuales relaciones materiales de la existencia”, y condición para que “la existencia se libere”, y también “la totalidad de las relaciones humanas”.25 No insinuamos que la teoría crítica de Marcuse consistiera en examen y proclama de la democracia; en cambio, sí afirmamos que aporta conceptos y planteamientos con el significado de liberación mediante la democracia; su teoría crítica es una teoría filosófica de la liberación del hombre y sociedad, de la naturaleza, cultura y civilización.
El planteamiento de la filosofía práctica es coincidente con la teoría crítica de Marcuse en la falta de razón suficiente de la pretensión para hacer de la filosofía el recurso instrumental para la transformación del hombre y mundo; no la tenía antes de Marx; no puede sostenerse como obligación del pensamiento filosófico después de la desaparición del socialismo soviético.
La filosofía práctica está de acuerdo con la afirmación de Herbert Marcuse que dice “la transformación de un status dado no es asunto de la filosofía. El filósofo puede participar en las luchas sociales sólo en la medida en que no es filósofo profesional: esta <<división del trabajo>> es también el resultado de la separación entre los medios materiales y espirituales de producción. La filosofía no puede superar esta división. El hecho de que el trabajo filosófico haya sido y sigue siendo un trabajo abstracto, está basado en las relaciones sociales de la existencia. La perseverancia en el carácter abstracto de la filosofía responde más a la situación objetiva y está más cerca de la verdad que aquella concreción seudofilosófica que se digna ocuparse de las luchas sociales. Lo que hay de verdad en los conceptos filosóficos ha sido obtenido mediante abstracción del status concreto del hombre y es sólo verdad como abstracción. Razón, espíritu, moralidad, conocimiento, felicidad, son no sólo categorías de la filosofía burguesa, sino también asuntos de la humanidad. En tanto tales deben ser conservados y redescubiertos. Cuando la teoría crítica se refiere a las doctrinas filosóficas y aún se ocupan del hombre, se refiere en primer lugar a los conceptos que ocultaban y malinterpretaban al hombre durante el periodo burgués”.26
“Todo aquel que quiere existir en esta sociedad debe tener un nivel de vida predeterminado por la situación (…) debe mantener en condiciones, renovar, completar, etc., sus medios de producción <> (…) sólo con la formación de un sujeto que disponga [modificar la situación] estaría puesta la libertad y la necesidad”. —Max Horkheimer.27
El pensar filosófico práctico examina al hombre en su status, asume la crítica de la problemática de situaciones concretas; es reflexión que realiza en extremo la renuncia a la utopía y asume la concreción de situaciones; renuncia a la utopía porque la historia es sumamente compleja, y la sociedad aparece totalmente estructurada en unos aspectos, y vacía de orden y principios en otros; más que imaginarlas en su perfección ideal, la filosofía práctica es pensamiento crítico-dialéctico y fenomenológico-estructuralista que asume el examen de situaciones concretas de la sociedad y la historia en la ponderación de su devenir en el mediano o largo plazo; no aspira a la comprensión de la totalidad de su complejidad, y menos aún, a la programación del cambio histórico, o transformación de la sociedad mediante proyectos de renovación estructural de manera radical del orden y funciones de grupos, comunidades, instituciones, o relaciones políticas imperfectas o injustas; menos aún, la filosofía práctica aceptaría la vinculación con la promoción de la lucha de clases o responsabilidad de constitución de la conciencia de clase histórica y revolucionaria; sólo acepta conceptualizar lo uno y lo otro; punto menos que imposible resultaría aceptar el compromiso con la “lucha de clases histórica”; ese ideal pertenece a la época en que apareció y era posible creer en ello; esa creencia tenía lógica, porque existían la Unión Soviética y el Partido Comunista de la Unión Soviética, y el marxismo-leninismo era una ideología activa, una estrategia política cuya vigencia aparecía mostrada en el desarrollo y poderío de la URSS. Aquel mundo histórico no existe más; ha surgido un nuevo orden mundial, que ciertamente es injusto y poco convincente; pero es el único que hay; es necesario mejorarlo, y más importante aún, luchar por la conservación del planeta. El siglo XX fue época de horrores y espanto, de alienación y crueldad, y de magníficos desarrollos científicos y avances tecnológicos; el trasfondo común a todos los acontecimientos y períodos del mismo fue la infelicidad humana y abuso de los recursos naturales.
Mas que la promoción de la lucha de clases, se impone el compromiso con el hombre y el mundo en favor de la reconstitución de la condición humana en la historia y sociedad, en el pensamiento y creación artística mediante la eficacia de la política democrática. La subordinación del pensar y comprensión del mundo a la “lucha de clases histórica” es una crueldad, una renuncia a la vida, una negación del hombre en situación concreta. Frente a esas determinaciones de la vida humana, “Cultivemos este planeta, que es nuestro jardín; hagamos progresar las ciencias humanas y no nos ocupemos del Universo, que es un absurdo (…) Este mundo no es el mejor ni el peor de los mundos posibles; es el único, y tenemos que estudiarlo lo mejor que podamos para conseguir que las sociedades humanas que lo habitan sean algo menos desgraciadas,” dice el escritor francés André Maurois (1885-1967).28 Estamos aquí –dice Pasternak, “para tratar de comprender la terrible belleza del mundo y conocer el nombre de las cosas”; también, para exclamar la misma protesta que el poeta protagónico de Doctor Jivago: “Qué bello es el mundo! (…) Pero ¿por qué está siempre lleno de dolor?”29
El futuro en el corto o largo plazos resulta casi indescriptible para cualquiera de las ciencias sociales, para la misma filosofía, incluso para el pensamiento utópico. La figura reflexiva de la filosofía práctica, sabe que la reinstalación de la lucha de clases en el escenario del mundo y en la conciencia de los hombres, sería su salida del interés que pudiera ofrecer al pensamiento y vida humana; pero eso no es un riesgo temido o rehuido; es determinación de su situación concreta en la época de la aterradora alienación, los hombres saben de ella, y también saben que no hay lucha político-revolucionaria que acabaría con ella; saben que la alienación es la sombra de la humanidad que siempre la acompañará. Eso es el fundamento de la filosofía práctica como situación del pensar; con el reconocimiento de su ámbito originario, adquiere la figura de filosofía práctico-concreta. La conceptualización de Marcuse la define casi por completo, cuando dice que “Los conceptos filosóficos se forman y desarrollan dentro de la conciencia de una condición general en una continuidad histórica; se elaboran desde una posición individual dentro de una sociedad específica. El material del pensamiento es material histórico; no importa cuán abstracto, general o puro pueda llegar a ser en la teoría filosófica o científica”.30
Los planteamientos y consideraciones de la filosofía práctico-concreta se forman en la conciencia individual que reconoce las condiciones histórico-sociales y espirituales a las que pertenece y le dan origen en cuanto cumple el esfuerzo de expresarlas mediante conceptos filosóficos. El fundamento de la filosofía práctico-concreta es la tradición filosófica de Occidente; se asume como inmersa en ella y proveniente de ella, y, además, como deudora de su forma y existencia; en la justa y honesta medida, quiere dar continuidad a la misma tradición.
El pensar práctico-concreto reconocer su no-originalidad; acepta que su figura proviene de momentos y pensadores de la gran tradición filosófica occidental, y que son refulgentes en el cielo de la filosofía, tienen brillo propio. Max Horkheimer (1898-1973) es representativo de ese espíritu: pensó la totalidad del mundo y del hombre, de la cultura y civilización en una sociedad específica desde una posición individual. También pertenecen a diferentes regiones del mismo cielo, Eduard Bernstein, Gustave LeBon, Víctor Serge, Boris Pasternak, Albert Camus, Konrad Lorenz, Arthur Koestler.
“sé que, en general, el hombre cambia poco, aun cuando las ideas en boga le hagan aparecer bajo una luz muy diferente en las distintas épocas y aun cuando tendencias generales como las actuales le deparen inimaginable aflicción”.—Albert Einstein.31
Los significados, limitaciones o aportaciones de una filosofía práctico-concreta son imponderables para el momento histórico-social en la época inicial del siglo XXI; pero a diferencia de Marx y el marxismo, no pretende la transformación del mundo o refundación del hombre; es difícil creer en la construcción o constitución de un hombre nuevo de manera radical. La sociedad progresa o retrocede, pero no se transforma; igual sucede con el hombre: la conciencia de libertad lo hace avanzar o retroceder, pero no lo cambia de manera total desde dentro y desde abajo, y menos, de un solo golpe, y todavía mucho menos, con la decisión o proyecto de cortar de tajo con el pasado, o con las condiciones del pasado, como lo pretendió Lenin luego del triunfo de la revolución resultante del golpe de cálculo y astucia que Trotsky dio en San Petersburgo de acuerdo al plan diseñado por el primero.
El socialismo soviético creyó en la refundación del mundo y construcción de un hombre nuevo, y fracasó; toda proporción establecida y diferencia correctamente guardada, y de manera horrorosa, el nazismo también lo intentó, incluso la condición biológica del ser humano. La Revolución Francesa pretendió la reformulación de medida del tiempo histórico y la síntesis social del ser. Marx y el marxismo no quisieron ver o reconocer que hay un trasfondo profundo y arraigadísimo en el mundo y en la sociedad, con el que no es posible cortar, y menos, destruir; es algo así como la fijeza del tiempo en la historia, con la ‘esencia’ del “tiempo histórico”. Cuando se ha intentado el rompimiento revolucionario con ese trasfondo, sus hilos finísimos y sutiles reaparecen más tarde de manera misteriosa; y de manera más misteriosa aún, refundan o restablecen figuras del mundo histórico que la actividad revolucionaria pretendió cortar, superar o destruir; las figuras del pasado creído superado con rigor dialéctico resurgen de manera tenue y discreta, o arrolladora y contundente. El imperio napoleónico –en el caso de la Revolución Francesa, y la restauración del capitalismo en Rusia y Europa Central en el caso del socialismo soviético-, son ejemplos de la existencia y “movimiento propio” de ese trasfondo transtemporal del mundo y de la historia. Sin lugar a duda, un gran tema para la especulación rigurosa de una nueva etapa y nuevo momento de la filosofía de la historia, que ya reclama la complejidad del mundo y estructuración-desestructuración de la realidad social. La sociedad progresa o retrocede, pero no se transforma; igual sucede con el hombre: la libertad lo hace avanzar o retroceder, pero no lo cambia desde dentro y desde abajo, aun cuando tenga la voluntad y el poder para hacerlo; algo –desde dentro del mundo- impide hacerlo con eficacia total, aunque fuera un mundo condenado a la destrucción y desaparición.
La figura de la filosofía práctico-concreta es teoría filosófica que cumple exámenes crítico-dialécticos del hombre y mundo que aparecen en las posibilidades y limitaciones de la condición humana, o situación del hombre en el mundo y tiempo históricos sin soslayar la crítica de consecuencias y responsabilidades de la actividad humana en la sociedad y naturaleza; es pensar que admite que la acción no es infinita -dijo Hegel-, que la historia no depende sólo del desarrollo de fuerzas productivas; no cree en el “derecho” del individuo para la reproducción irresponsable de la especie humana. Es pensar que admite la injusticia del desempleo, ignorancia, degradación moral, envilecimiento de la vida humana; es pensar que admite la injusticia extrema que es la concentración de la riqueza que produce la sociedad; es pensar configurado en caja resonante de la sentencia condenatoria de Hegel sobre la relación pragmática y egoísta del hombre con la naturaleza, y que Marx soslaya; pudo desconocer el texto donde Hegel lo dice, pero sí pudo ver el hecho que refleja esa relación destructiva mediante el trabajo. Dijo Hegel: “La tendencia desordenada de sacar provecho de los objetos de la naturaleza va unida con su destrucción”.32
La mencionada figura de teoría filosófica es pensar que prefiere no creer en la transformación revolucionaria; la caída de la URSS y supresión de PCUS, fueron terribles lecciones histórico-políticas; la restauración del capitalismo y liberación de las fuerzas capitalistas luego del fin de la guerra fría, han sido lecciones iguales o más aterradoras. La teoría filosófica práctico-concreta no cree en la transformación revolucionaria; han sido muchos los individuos y grupos que creyeron en ella murieron por ella y la pregonaron de manera racional o violenta en diferentes regiones del mundo a lo largo del siglo XX; merecen respeto y valoración crítica de su temeridad; se atrevieron a chocar de frente con la macicez del ser del capitalismo. La obra que lograron se derrumbó; el ‘mundo diferente’ y ‘hombre nuevo’ que soñaron, difícilmente sería el “sueño” del siglo XXI. Ha aparecido una extraña mixtura entre el orden del mundo y actividades colectivas y aspiraciones sociales. La teoría filosófica de que hablamos cree más en la democracia que en el socialismo racionalista y científico; cree en la democracia como deducción de la historia, como un resultado del devenir de la relación del hombre con el mundo y de la política realmente existente, decidida por el sistema de corporaciones que trazan el rumbo de la civilización, y que opera mediante los organismos políticos pertinentes.
Marx creyó en la supresión de la propiedad privada de los medios de producción; Lenin lo hizo realidad en Rusia. Sin embargo, la civilización –desde siempre- ha descansado en ese carácter de propiedad; nunca ha sido posible prescindir de la propiedad, y tal vez así sería para siempre; no es el caso ahondar en las condiciones de esa necesidad no obstante la conciencia de la libertad; bastante se ha argumentado sobre su necesidad. Más bien, lo que procede es la consideración de la medida de ella mediante la ley y el derecho que sólo la democracia sustenta y puede fortalecer; El Estado democrático avanzado aún es capaz de sobrevivir como tal, y negociar con el capital. El capitalismo no va a suicidarse por no ceder, y el Estado no va a desaparecer por negociar o no hacerlo.
La democracia no es el peor régimen político; tampoco es el mejor; en la actualidad, es el único posible, y perfeccionarlo es posible, poco a poco, paso a paso. “El gobierno más razonable promulga oportunos decretos ahí donde son pertinentes, y se mantiene alejado de las cuestiones referentes a las creencias y la instrucción. Surgirá allí donde haya una clase privilegiada y políticamente responsable, sobre la base de la propiedad. Bajo semejante gobierno, los hombres tienen las mejores oportunidades para poner en práctica su potencialidad intelectual, (…) y eso (…) es aquello a que los seres humanos aspiran de manera natural”,33 Dice Bertrand Russell en relación a las valoraciones de Spinoza y Hobbes referentes a la democracia; resulta poco agradable la necesidad de una “ clase privilegiada y políticamente aceptable”, que es la de los propietarios; pero es necesaria, es necesario que haya quienes manden y quienes obedezcan; lo grandioso de la democracia es la medida justa para una y otra de esas acciones; y más aún, la renovación de los encargados de cumplir los mandatos para el bien general. Así es Inglaterra, por ejemplo. Aún en la idea, resulta complicado imaginar una sociedad donde todos mandaran; no habría quién obedeciera para trabajar y producir lo necesario para la subsistencia. El ideal de una sociedad de justicia radical igualitaria es atractivo, pero políticamente incorrecto. Los derechos humanos, una sociedad menos injusta y la salvación del planeta y preservación de la vida, aún son posibles; de ocurrir la catástrofe ecológica y demográfica, los iniciadores de una nueva era pertenecerían a las sociedades democráticas con políticas conservacionistas avanzadas; después de varios siglos, aparecería una nueva civilización sobre algunas de las bases generales que tiene en la actualidad. El carácter de la propiedad, por ejemplo.
La época de transición entre milenios parece arraigada en el orden que sustenta las dinámicas del capital en toda clase de países; es el orden que volvió obsoleta la vieja expresión de distinguir entre Oriente y Occidente, y más aún, de “bloque capitalista” y “bloque comunista”, no obstante la denominación oficial del gigante asiático: República Popular de China.
La fijeza del orden capitalista reforzado mediante el equilibrio de sus fuerzas, y desarrollo de otras que de inmediato cumplen su incorporación al orden constituido, también diseña los límites y marca las diferencias entre las fuerzas, y también entre individuos, clases y estratos o grupos; las fuerzas, instituciones y agencias operativos de mandatos del poder respetan ese orden. Es innegable que en muchas ocasiones y en toda clase de países, ese orden es respetado con resignación; los individuos menos resignados luchan contra ese orden mediante la inmigración del Sur hacia el Norte, del Este hacia el Oeste. En la segunda década del siglo XXI, la tolerancia y recepción del Norte-Oeste a la rebelión contra la resignación, parece haber llegado a su límite; es evidente la voluntad política de países poderosos para hacer de la fuerza de la diferencia, un fundamento de la política de inmigración. Es innegable que en muchas ocasiones y en toda clase de países hay individuos, grupos sociales, partidos y regímenes políticos que intentan combatir ese orden mediante la violencia ideológica y material. Los menos violentos luchan con conocimiento de sus limitaciones y escasez de recursos; no pueden romperlo; los más violentos, atacan el orden con virulencia, de manera terrorista y con disposición de pagar el precio del atentado con la vida propia. Es el caso del extremismo fundamentalista que tuvo manifestación aterradora el once de setiembre de 2001, en algunos atentados anteriores y en otros posteriores, en Londres, Madrid y París. El resultado está a la vista: luego de cada uno de esos golpes, el orden predominante ha fortalecido su seguridad, aún a costa de restricciones –aun temporales- de ciertos derechos humanos. Que nadie se engañe: mediante las tecnologías digitales, el orden establecido se autorregula, y tiene el poder de vigilar a quien fuere necesario.
La teoría filosófica de la situación concreta-condición humana, no cree en la resignación, porque es sumisión al sufrimiento; no acepta la violencia política porque los verdaderos culpables quedan eximidos, logran escapar de la justicia; quienes sufren los peores efectos de sus crímenes son las víctimas civiles, los civiles inermes, desprotegidos; son ellos, ciudadanos ordinarios, quienes resultan más afectados durante las conflagraciones políticas y rebeliones sociales; son víctimas de la destrucción que no causaron; son los principales trabajadores forzados a la reconstrucción social frente a la disyuntiva política entre resignación o violencia. La teoría filosófica de la situación concreta pugna en favor de la democracia; resignación y violencia no son opciones irrecusables. Las vías de la transformación revolucionaria han sido canceladas o restringidas por la actitud de la clase trabajadora y desaparición del movimiento obrero revolucionario; se han integrado al orden del capital; se desempeñan más como funciones, que antagónicos suyos; no se comportan como lo que son: sus contradicciones; han aceptado su conversión en piezas del engranaje del orden capitalista.
Nadie está obligado a asumir la democracia; todos están invitados a hacer de ella figura de acción propia y modo de participación en el orden social; la injusticia es atroz, las desigualdades sociales, evidentes. La crítica de la vida histórica de los dos últimos siglos muestra que esos problemas y contradicciones han sido enfrentados ideológicamente y combatidos de manera político-revolucionaria y no fue posible superarlos. En el corto y mediano plazos, esa situación continuará con diferente medida, en toda clase de países. Pero no se debe renunciar a regularlos. El capitalismo no va a cometer suicidio, y no hay quién le ayudara a morir. Salvo una catástrofe proveniente del cosmos, o una imponderable reacción del planeta contra una especie abundante y demasiado depredadora que lo enferma, el orden histórico posterior a la caída de la URSS prevalecería.
Después de los totalitarismos padecidos en el siglo XX en diferentes clases de países, las agencias directivas del orden de la civilización están alerta frente a indicios o amenazas de su resurgimiento. Es asombroso que el régimen socialista soviético haya sucumbido sin provocar una espantosa matanza de inocentes o choque de fuerzas políticas; la dirigencia de la reorganización de Rusia supo dar cauce político a los intentos separatistas y nacionalistas que pudieron suscitar la guerra civil descomunal y monstruosa y la lucha armada por el poder.
Los habitantes de los países democráticos avanzados y consolidados saben que los medios de comunicación y redes sociales son la fortaleza de los ciudadanos para la preservación de la democracia y freno del abuso del poder y tendencias del autoritarismo de los gobernantes; desde el punto de vista de la política de emancipación y liberación, es una responsabilidad “casi universal”, la consolidación y vigencia del Estado democrático; es la garantía segura y funcional para impedir la barbarie, la atrocidad de la guerra, la irresponsabilidad de los vicios, la caída de los hombres en fundamentalismos funestos y extremismos opresivos y destructores.
Pocos años después de la muerte de Stalin, y algunos previos a la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, Max Horkheimer escribió acerca de democracia y medios de comunicación: “La democracia (…) debe caer víctima finalmente de los propagandistas más inescrupulosos. El desarrollo de los medios de influencia sobre las masas como diarios, radio, televisión, encuestas, ligado a la influencia recíproca con el retroceso de a instrucción, deben llevar necesariamente a la dictadura y al retroceso de la humanidad”.34 La visión de Horkheimer del nexo medios de comunicación y democracia en la época en que fue consignada, parece fatalista, dictado de un destino ineluctable, reflejo de la situación de Alemania en la postguerra, y que tal vez observó en Estados Unidos. En la actualidad, esa frase es significativa de advertencia y exhortación, de sugerencia política de prevención de barbarie y protección de la civilización; con todos sus defectos y carencias, ese orden es lo único que el hombre tiene para protegerse del salvajismo y barbarie de que es capaz de desatar contra sí mismo.
Es un deber moral y político de lo más importante, cumplir acciones eficaces para que la democracia no caiga víctima de propagandistas, periodistas y reporteros sin escrúpulos; que la democracia no caiga por efecto del engaño, manipulación y autoengaño de las multitudes; que la democracia no resulte debilitada como consecuencia de la mediocridad de la educación de las nuevas generaciones; es deber moral la no-renuncia al rigor, disciplina y formación de la responsabilidad de las nuevas generaciones; merecen el rechazo los falsos discursos de protección de supuestos derechos de jóvenes y adolescentes rebeldes a todo principio de autoridad; esa pretensión injustificada forma parte de los pecados mortales de la humanidad civilizada que menciona Konrad Lorenz.35
Sólo la democracia puede impedir que la democracia desapareciera bajo el empuje de las masas manipuladas o tendencias a la dictadura; sólo la democracia es condición que impide el retroceso de la humanidad. Es un deber moral y político proteger el orden democrático mediante la educación democrática verdadera y eficaz; mediante la consolidación de ella con la conciencia rigurosa, profunda y extensa de la dinámica que fortalece los derechos democráticos mediante el cumplimiento de responsabilidades democráticas; es importante el reclamo de ejercicio de libertades democráticas, y más importante es el cumplimiento voluntario de responsabilidades del ciudadano. Es fundamental la puntualización de que los derechos democráticos no son irrestrictos, ilimitados en absoluto. Occidente ha pagado el precio por la falta de respeto a creencias religiosas no-cristianas. Esto es el límite de la soberanía democrática: el respeto a lo que es sagrado para otros pueblos y religiones. Es errónea la creencia occidental en que sólo lo religioso-cristiano es sagrado, supremo y verdadero. Bajo ese criterio ocurrió la destrucción de las culturas mesoamericanas; la aniquilación de tribus aborígenes, desde la zona semi-desértica mexicana, hasta la tundra canadiense, y hacia el sur, con las civilizaciones andinas; por igual, en regiones de Africa. El expansionismo de la civilización occidental intentó comportarse de igual manera en el Extremo Oriente y con el islam; fracasó, y no ha querido aprender la lección. Los efectos han sido padecidos en algunas de las más importantes y hermosas ciudades occidentales. Es deseable que se aprenda la lección: el respeto a lo sagrado de unos es el límite de la libertad de creencia en lo sagrado propio. En China no hay democracia y el islam es casi ajeno a ella; la historicidad de esos pueblos no lo propicia. La aparición o no aparición de la democracia en esas culturas ocurriría a su manera, de acuerdo con sus condiciones y situaciones, y no tendría que constituirse necesariamente a la manera occidental, más bien, de acuerdo con sus tradiciones y religiosidad. Sería mejor que Occidente no tratase nunca de propiciar ese cambio, o forzar esa innovación.
Dice Leszek Kolakowski (1927-2009) que “los valores políticos y sociales de la tradición europea se vaciarían de contenido si el principio de mayoría no tuviese por límites los derechos humanos individuales e imposibles de abolir”;36 sin duda, el devenir de la civilización de Occidente ha tenido en la tradición de los valores la referencia de su continuidad y orientación para el avance histórico; los valores son la tradición imprescriptible de Europa. En la época de transición entre milenios, ha ocurrido la fricción de Occidente con el mundo del islam, y el enlace con China y sus manufacturas; lo uno y lo otro, ha acontecido con el trasfondo de las diferencias religiosas y la voluntad expansionista occidental de introducción de la democracia y política de los derechos humanos en esas civilizaciones, junto con el cristianismo. En Occidente es permanente la atención a la vigencia y respeto de los derechos humanos; de inmediato surge la protesta frente a intentos de suspensión de estos, la violencia política y tortura física y psicológica de individuos que agreden el orden social en cualquier parte del mundo. Creemos que la aproximación y enlazamiento entre Occidente, Oriente y el islam configuraría uno solo orden civilizatorio mundial fundado en el reconocimiento de que el único límite a los derechos humanos es el respeto a la diferencia religiosa, el respeto de lo sagrado que sustenta a las civilizaciones no-occidentales, que, por cierto, jamás han intentado la ‘argumentación de falsedad’ de la fe cristiana.
Durante siglos, Occidente ha triunfado y dominado en casi todas las regiones geo-políticas del planeta; el mundo está cada vez más occidentalizado; ese triunfo ha sido posible por la fuerza de la razón, capital y tecnología; también es efecto del vigor espiritual impelido por el cristianismo. Los triunfos occidentales resultaron rápidos y hasta fáciles frente a la debilidad de los autóctonos y su bajo nivel de desarrollo tecnológico; donde hubo resistencia político-militar organizada y bien dirigida –como Japón, Occidente impuso la apertura y negociación mediante la fuerza militar y tecnológica. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó casi aniquilada espiritualmente, sin fuerza material para el sostenimiento de dominios imperiales; y lo entendió y aceptó, y el mundo cambió de manera rápida; con mayor prestancia aconteció el surgimiento de un nuevo orden bajo la hegemonía indiscutible de Estados Unidos. Fue el nuevo orden que enarbolaba la democracia como estandarte civilizatorio y reconstrucción de Europa.
Luego de horripilantes experiencias político-militares padecidas a lo largo del siglo XX, Occidente ve en la democracia un objetivo justo para toda clase de países, occidentales, occidentalizados, y los que rechazan la civilización occidental, como los musulmanes; el desafío para todos, es comprender y evitar “la peor maldición” mencionada por Arthur Koestler (1905-1983): “que el hombre debe andar por la senda del mal para alcanzar el bien y la justicia, que debe tomar desafíos y caminar por rutas torcidas para alcanzar un objetivo justo”37; con esas palabras ofrece un retrato fiel de la alienación, no la peor, sino sencillamente, la maldición del hombre. Para lidiar con ella -que no para destruirla, el hombre sólo tiene la libertad y razón. Es la contraposición que existe desde los homínidos. Los griegos fueron el primero y único pueblo de la Antigüedad que la reconoció y expresó en el arte trágico, la política y reflexión filosófica.38
Libertad y razón prevalecen en la pugna en favor del bien y felicidad y resistencia a la alienación, en la pugna contra el mal; no siempre triunfan, pero a pesar de la derrota o exilio, prevalecen; han sobrevivido a etapas atroces y espeluznantes del propio Occidente. Dice Anthony Burgess que “Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral (…) La vida se sostiene gracias a la enconada posición de entidades morales (…) Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear”.39
Conciencia de la libertad y validez de la razón son componentes del espíritu, de la aptitud de pensar. Horkheimer, testigo de la derrota de la razón occidental y de esfuerzos de renacimiento luminoso de la racionalidad, piensa el amor como componente discreto y silencioso del espíritu. Ve en el amor el destello de esperanza –de libertad y razón- en la sociedad tecnificada y propensa a la alienación-deshumanización; ve en el amor la promesa de producción de “lo totalmente nuevo”.40 Dice que en la época griega se “pensaba que los elementos, los átomos, eran movidos por el amor y el odio, atraídos y repelidos, y que ninguna partícula de la materia se hallaba sola. Pero de la unificación nace la vida. Hoy, al término de la civilización cuyo comienzo marca aquella filosofía, hasta los hombres se han convertido en átomos, y no hay amor que los unifique. Cada cual está solo en la naturaleza inorgánica, despojada desde hace mucho de los instintos por la ciencia. Más aún, sus inacabables deseos de dominación se desintegran, cuando alguna vez se los consideraba lo último, natural y eterno. Al aprender a fisionar el átomo, se abre la perspectiva –como una suerte de consuelo- de que los hombres, que en su sociedad han descendido hasta una existencia controlada, dominada hasta lo último, cierren el círculo y vuelvan a convertirse en mera materia. En alguna parte de ella acaso se inicie de nuevo un movimiento que merezca el nombre de amor”.41
Hacer realidad lo absoluto, signifique lo que significare esta expresión, ella dice para Horkheimer, el sentido íntimo, lo oculto y luminoso, lo bello y discreto del amor; en la civilización decadente y sociedad tecnificada, administrada y controlada, parece acto de producción de “lo totalmente nuevo”; por ese significado en semejante situación, el amor –dice- es “el sacrilegio”; podemos interpretar que es desafío a los mitos y control, a la amenaza de barbarie y casi certeza de infelicidad que avasalla a la mayoría de los hombres –por no decir que a todos- en cualquier clase de sociedad. La teoría de la filosofía práctico-concreta se asume seguidora del amor que Horkheimer menciona, más aún cuando dice: “La tentación que ejerce una mujer sobre el hombre y viceversa siempre es tal como si en ese abrazo el mundo se transformase y se hiciese realidad lo absoluto. Nunca se sabe si en esa unión no se produce lo totalmente nuevo. El amor es siempre eso: el sacrilegio”.42 Despojado el apunte de todo contenido íntimo de maternidad y acto sexual, aparece como la forma de pensar crítico-dialéctico que presenta el amor como impugnación de la deshumanización y denuncia de la alienación, de situaciones en que predominan y manera como lo hacen. Cumplido ese despejamiento, aparece la figura del amor filosófico, del amor a la filosofía que constituyeron los griegos y que pareció haber muerto en los campos de exterminio, junto con la belleza del hombre y en otras atrocidades del hombre contra el hombre en el siglo XX. Hay que “reinventar el conocimiento y poesía”, dijo Rimbaud; hay que otorgar reconstitución al amor a la filosofía, dice la filosofía práctica concreta, volver a introducir en la sociedad la fe en la filosofía, la relación del hombre con la tradición filosófica para que se extiendan las posibilidades de humanización y desalienación o limitación y reconocimiento de la alienación mediante la conciencia de la libertad y el pensamiento crítico, luego que hombres, regímenes políticos y sociedades en descomposición han mostrado lo peor y más retorcido que hay en ellos: la proclividad al mal. Sin embargo, corrupción y degradación no tienen que ser absolutas. La filosofía, el amor a ella, es el comienzo de resistencia y mantenimiento de esas tendencias bajo el control de la lucidez racional de la libertad y valores, en la mediación de las leyes del Estado democrático.
De manera no tan alegórica, tiene resonancia la frase del Nietzsche odiado y temido, pero imprescindible: “Todo es un eterno retorno”; esa frase no es incongruente con el “Todo fluye”, de Heráclito. Estructura sincrónica y diacrónica, y dialéctica, tienen puntos de encuentro, de dialogo conceptual y coincidencia categorial; son intersticios del pensar reflexivo-especulativo, que no es continuo, porque no está cerrado a la libertad de pensar más y mejor, o de modo diferente; esos intersticios son actos de disyunción por reciprocidad –o interacción constituyente mutua- entre pensar y mundo, entre situaciones y libertad. De esos actos brotan pensamientos clarificadores y luminosos que refieren o ven lo que cualquier pensamiento ve o puede considerar, pero no cualquiera lo dice; son puntos de contacto y coincidencias cognoscitivas, unidad de perspectiva de problemas del mundo y condición humana; son actos que tienen figura magistral en la hermosa frase de Schrödinger (1887-1961), que dice: “La tarea no es tanto ver lo que ninguno ha visto aún, sino pensar lo que nadie ha pensado aún acerca de lo que cualquiera ve”. Pensar acerca de lo que cualquiera ve, bien podría ser la “divisa” de la teoría filosófica que propugnamos: una filosofía de determinaciones concretas de situaciones específicas del mundo histórico-social, o actualidad; no más. Una filosofía que no propone la utopía, o creencias doctrinarias opresivas del pensar y sensibilidad por el hecho de sustentarse en la dialéctica de fuerzas productivas y relaciones de producción que -ciertamente, son fundamento de todo el edificio social; pero el hecho de comprenderlo, no es razón suficiente para creer en el compromiso de su demolición hasta sus cimientos y levantar otro nuevo y diferente; no, la verdad no es compulsiva, no se tiene derecho a proclamar la destrucción total para la transformación radical por el hecho de alcanzar conocimiento político-social y sabiduría histórica. En cambio, creemos en las posibilidades analíticas y conceptuales de la reflexión crítico-dialéctica; creemos en el marxismo, no como doctrina radical y fundamentalista, sino como un método dialéctico y crítico despojado de toda doctrina revolucionaria convertida en fetiche de sí misma; creemos en la develación del trasfondo misterioso del mundo histórico-social que sustenta la civilización, que es el movimiento de las fuerzas productivas y relaciones de producción; no se trata de creer en una mistificación, sino de afirmación de la sabiduría de la filosofía de la cultura y de la historia, de la antropología filosófica. El marxismo –o neomarxismo- puede convertirse en método formidable para pensar lo que no se ha pensado acerca de lo que cualquiera puede ver.
La perspectiva del pensar filosófico práctico-concreto es continuidad de la gran tradición filosófica occidental, a la que pertenece el marxismo, que bajo esta óptica puede prestar grandes servicios al examen de las preguntas que siempre ha formulado la filosofía, y tal vez, ofrecer nuevas respuestas a ellas, nuevas formas de plantear las mismas preguntas a las que “se les ha dado en el pasado algunas respuestas inteligentes”, dice Bertrand Russell. La inteligencia del marxismo podría adquirir nuevo brillo propio, luego del colapso soviético, leninista, trotskista y castrista. Sería bienvenida la forma del marxismo como método de comprensión histórico-social y filosófica de la trama de la relación del hombre con el mundo.
El agente de la teoría filosófica práctico-concreta es el pensador humanista. Es filósofo humanista el pensador que sabe ver totalidades de hechos, que inquiere por los fundamentos de los hechos, sin permanencia innecesaria o prolongada en esa indagación; no se trata de llegar al fondo íntimo de lo último-profundo, o excesivo rigorismo: de lo contrario, podría no salir nunca de ella, o perder de vista el objeto, o propósito de examen de los hechos. Semejante teoría filosófica no busca lo universal, lo apodíctico-irrecusable o irrebatible; más bien, aspira a la determinación del devenir o estructura de hechos particulares o acontecimientos generales mediante el rigor lógico de las categorías y sentido de humanidad de manifiesto en esas facticidades, o situaciones del hombre, reconocidas como actos de permanencia o trascendencia de la condición humana; es pensar filosófico que aspira a la comprensión de la relación del hombre con el mundo.
El filósofo es agente del humanismo crítico; es pensador que examina condiciones y determinaciones de los hechos del hombre y acontecimientos del mundo mediante las categorías formales, dialécticas, estructuralistas y trascendentales, con medida; no exagera sus indagaciones, no saca el objeto de su contexto, no le pide lo que no puede dar; mucho menos, asume los resultados de la reflexión como conceptos radicales y fundamentalistas. El pensador humanista no busca “hipótesis inmanentemente generales”; en lugar de esto, observa los hechos, examina su devenir, constituye conceptos y los refiere –mediante las categorías- a la condición humana, o unidad de verdad, belleza, libertad y justicia con medida; poco importa que la exposición de semejantes conceptos pareciera más literaria que abstracto-reflexiva; mejor aún, se habría conquistado la unidad de verdad de investigación con la belleza de la exposición. Sería la unidad expresiva de diagnósticos de situaciones sometidos a la reflexión del pensar práctico-concreto. Es unidad de intelecto-objeto que ofrece Karl Mannheim (1893-1947) en la magnificencia de sus planteamientos de planificación democrática. Pocos pensadores de la primera mitad del siglo XX ofrecieron propuestas tan bien logradas para el mejoramiento de la sociedad, fortalecimiento de la democracia y formación de los pueblos frente a los estragos de guerras y dictaduras emanados del triunfo o fracaso de movimientos revolucionarios. La planificación democrática es figura ética y realista de la filosofía práctico-concreta; es esfuerzo intelectual logrado de manera magnífica para el equilibrio, avance y perfeccionamiento del orden social democrático mediante el perfeccionamiento de la democracia. Además, enseña que no hay razón suficiente para abrigar temor frente a la autorregulación del orden social de esa manera; ya no es prioridad que el hombre impulse la historia. La filosofía práctico-concreta asume las tesis de Mannheim, en unidad del interés en la formación del hombre. Es el mismo interés en la comprensión de procesos constituyentes del mundo, incluyentes de las contradicciones de clase y sociedad. La filosofía práctico-concreta no cree en la transformación revolucionaria del mundo. Es teoría filosófica del cambio democrático y formación democrática de la sociedad mediante la planificación democrática dirigida mediante acciones colectivas democráticas con líderes visionarios y realistas, humanistas y racionales.
El colapso de la URSS y supresión del PCUS –obras portentosas del talento político de Lenin, y el capitalismo de la falsa promesa de prosperidad para todos, son amargas lecciones demostrativas de que el hombre no controla la historia; la construye, pero no la dirige; las condiciones del mundo se mueven por sí mismas, tienen lógica propia, y el hombre –o civilización- sólo mira ese acontecer, y hace esfuerzos para aproximarse a la comprensión de su devenir y tomarle el pulso, medirlo de alguna manera, hacer diagnósticos y asumir decisiones para la operatividad del orden social sustentado en la complejidad del mundo histórico-social y en estructuraciones, reestructuraciones y vacíos o excesos de estructuración de la sociedad. El orden social es espejo de la constitución del mundo mediante la actividad humana, y de la formación del hombre bajo las condiciones del mundo histórico-social. Lo primero, no está bajo su control; lo segundo, está a punto de ser devorado por la acción tecnológica y sus fines de control y administración de toda acción social y formas de convivencia social, como señaló Max Horkheimer. Es enorme la densidad o peso de la historia sobre la humanidad, pero muchos hombres -generaciones enteras- viven en la adaptación a esas exigencias y bastantes individuos hasta las disfrutan.
El filósofo humanista es un hombre ilustrado que abriga la confianza en la razón y esperanza en que libertad y dignidad no desaparecerán; cree con firmeza que la condición humana no sucumbirá del todo finalmente, entre los engranajes trituradores de la alienación, deshumanización y carencia de espíritu, o renuncia a los valores; cree que no ocurrirá la abdicación de la libertad ni la tragedia de la civilización.
La filosofía práctica concreta quiere dejar testimonio del mundo y de la época; por atroz que sea el primero; por espantosa que parezca la segunda, no rehúye su misión; es pensar que abriga la fe en la existencia de un fondo de libertad común al mundo y la época; sabe bien que mundo y época pueden llegar a convertirse en amenazas para el pensar, que -de hecho, son condiciones de peligro para el pensar humanista, ilustrado y libre que sólo quiere pensar en la emancipación y detectar las posibilidades o coyunturas de liberación mediante la democracia. Es filosofía que sabe que en una época de degradación y un mundo corrompido que tiende al desorden, la rondan peligros letales y asechanzas destructivas del espíritu. Es filosofía que sabe de sus posibilidades y limitaciones para “contender con hombres embriagados con la perspectiva de un poder casi ilimitado, y también con la apatía de los impotentes”.43
La filosofía sabe de peligros de violencia de todo género contra cualquier individuo en sociedades gobernadas por la avaricia de dinero y codicia del poder para el enriquecimiento; sabe que esas acciones sólo abonan la germinación del mal que devora todo. En señal de respeto y comprensión de la gran tradición filosófica occidental, la filosofía sabe bien guardar silencio y preservarse, sabe de buscar el amparo de la democracia para continuar su labor con la fe en la ayuda que sus conceptos pudieran ofrecer a otros hombres, de otros lugares, tiempos o situaciones, y hacerlos vivir, y vivir para ayudar a vivir, como dijo Albert Camus.
Bibliografía