La playa de Maruata, Michoacán. Visión de Chetumal. Primera generación de la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana.

La playa de Maruata y el sentimiento cósmico de la vida.
1995

SUMARIO: 1.Modernidad y naturaleza. 2. Técnica y relación con el mundo. 3. Maruata, lugar rústico. 4. Maruata, intento de reconciliación con la naturaleza. 5. Maruata, ocasión de sentimiento cósmico de la maravilla de la vida.

 

La reflexión sobre la modernidad fue una característica de los años finales de siglo XX, y sus conceptos alcanzan los comienzos de siglo XXI. Las consideraciones reflexivas sobre la sociedad son esfuerzos intelectuales para la explicación de los cambios y necesidad de la renovación de los rumbos del gobierno y formas sociales de convivencia, con el significado de la patria y soberanía nacional.

 

La revisión del devenir de la sociedad moderna deja entrever la idea del progreso en la civilización y el examen de componentes de la relación del hombre con la naturaleza. No resulta sorprendente que la modernidad comience con el planteamiento filosófico de la naturaleza como manifestación inmediata y objetiva del ser; con este planteamiento se fundó la racionalidad renacentista, y dio comienzo el portentoso desarrollo de las ciencias y un poco después, el desarrollo de la técnica del acero y máquina de vapor. Los daños infligidos a la naturaleza por el industrialismo capitalista, bajo el impulso del continuo perfeccionamiento de diferentes tecnologías, son condiciones que han obligado al pensamiento social, a la revisión de la relación de la civilización tecnológica con la naturaleza, frente a la evidencia del daño consumado contra el medio ambiente; semejante revisión aparece impregnada de religiosidad, manifiesta en la declaración de reservas ecológicas protegidas con una fuerza política que las hace sentir como sagradas. El daño hecho al medio del medio ambiente es grande, y parece irreversible; aparece degradado en casi todo el mundo; el aire, el agua y la tierra, considerados en la antigüedad como esencias primarias del ser, han sido envenenadas y envilecidas a lo largo de la época de la hegemonía de la técnica. Esto ha llegado a ser así por el predominio de la ilusión sagrada de la modernidad: la creencia en el hombre como dueño de la naturaleza, que le pertenecen los reinos del ser, bajo las formas de los océanos y la vida que los habita; de los bosques, ríos, lagos y riquezas minerales yacentes en las entrañas de cordilleras, subsuelos de los desiertos y lechos marinos.

 

1. Técnica y relación con el mundo.

 

El hombre se ha enseñoreado de los aires, orbita la Tierra, viajó a la Luna, explora los planetas y sueña sin necesidad, con llegar a otros mundos; el hombre moderno ha creído que le pertenecen las formas de los reinos del ser, que son sus propiedades, y que puede dominarlos y transformarlos; en realidad, lo que ha pasado es que el hombre ha profanado y destruido a la naturaleza. En esto consiste el origen de la callada y profunda incomodidad que causa el desasosiego de la modernidad, frente a la naturaleza y la historia, el trabajo y la sociedad, la eficacia técnica y la ineficacia política.

El pensamiento y la acción sociales propios de los inicios del siglo XXI, abrigan la duda sobre la certeza la posesión de los reinos del ser; esta incertidumbre cada día hace sentir su sombra sobre el pensamiento social; las civilizaciones más avanzadas se resisten a reconocer la irritación que han infringido a la naturaleza durante casi tres siglos, a partir del comienzo de la fase técnica de la civilización, conocida como revolución industrial, y que Lewis Mumford divide en las fases neotécnica (carbón), paleotécnica (petróleo) y eotécnica (electricidad), conceptos que ofrece en su libro Técnica y Civilización. No es aventurado expresar que, tal vez, es demasiado tarde para que el hombre intente reconfigurar su relación con la naturaleza; de igual manera, no es aventurado afirmar que, tal vez, no es demasiado tarde para intentarlo; el carácter hipotético de estas expresiones proviene de la resistencia social y política para aceptar la contradictoriedad que sustenta la relación del hombre técnico con la naturaleza.

La resistencia para aceptar esa contradicción, es igual a la resistencia para aceptar el carácter ilusorio del progreso, y mayor todavía, para aceptar los errores y peligros de la civilización fincada en la eficacia ciega de la tecnología, con la cual, inclusive, el hombre juega a ser Dios; esa resistencia es figura de la nebulosidad -o ausencia de claridad racional- en el devenir en que el hombre técnico ha asumido la naturaleza, de un modo que pareciera encontrarse entre la profanación y el crimen, la depredación y el pecado, la admiración y el desconcierto. Los gobiernos y sociedades de diferentes partes del mundo han demostrado ser capaces de reaccionar frente a los crímenes contra la naturaleza, de diferentes maneras; una de esas respuestas, es el caso de proyectos sencillos y austeros, sustentados en la voluntad de respeto a la vida natural. Proyectos de este carácter han aparecido en diversas partes del mundo; uno de ellos ha estado presente y activo en Maruata, aldea de pescadores que se encuentra en la costa de Michoacán, una región central y marginada; se trata de un proyecto dedicado a la conservación y protección de la tortuga marina.

 

2. Maruata, lugar rústico.

 

Para llegar al poblado de Maruata se pueden seguir tres rutas; la primera, por la supercarretera Morelia-ciudad Lázaro Cárdenas; antes de llegar a la ciudad, está la desviación que entronca con la carretera 200 -costera y regional, angosta y con muchas curvas-, que va en dirección norte-oeste; después de 207 kilómetros se llega a este pequeño pueblo;
la segunda, es la supercarretera mencionada; al llegar a la población de Nueva Italia, está el crucero de Cuatro Caminos; la glorieta tiene en su centro un monumento a Emiliano Zapata; al llegar a ese sitio, se tiene que seguir la carretera hasta Apatzingán, ciudad que fue el centro del desarrollo agrícola del valle que lleva el mismo nombre, regado por el gran río Tepalcatepec y sus afluentes, y que generó una gran riqueza social; ahora nada de eso existe; 80 kilómetros adelante, se llega a la población de Tepalcatepec; después se tiene que seguir por la carretera 120, que se dirige hacia el Sur, casi de manera recta; luego de recorrer 250 kilómetros -que atraviesan las montañas de la Sierra Madre Occidental- se llega al poblado de Aquila; cuarenta kilómetros después, la carretera 120 entronca con la carretera costera 200; al llegar a este crucero, se sigue por esta última carretera hacia el Sur, y 80 kilómetros después, está Maruata; esta ruta es la menos recomendable; de hecho, es mejor evitarla;
la tercera es la más cómoda, rápida y segura; consiste en tomar la autopista Morelia-Guadalajara, de 300 kilómetros, y después seguir por la autopista Guadalajara-Colima-Tecomán, con recorrido de 358 kilómetros; una vez en la ciudad costera de Tecomán -asentada algunos metros bajo el nivel del mar-, se sigue la carretera 200, en dirección al Sureste, y aproximadamente 175 kilómetros después, al fin, se llega a Maruata; este recorrido toma alrededor de 12 a 13 horas de viaje desde Morelia, sin descansos largos.

 

Maruata es un poblado muy rústico, sin servicio de agua potable, sin drenaje, sin trazo urbano alguno; con grandes resistencias, la población -que no llega a 500 habitantes-, indígena de la etnia náhuatl, aceptó, después de un buen tiempo de instalada, utilizar la línea eléctrica y la radiotelefonía rural. De manera regular los camiones repartidores de las compañías cerveceras llegan a Maruata, para hacer entrega de sus productos, al igual que los camiones de la compañía Coca-Cola, trasnacional que se enorgullece de estar presente en prácticamente todos los lugares del planeta Tierra, donde exista un asentamiento humano; su presencia en Maruata justifica el orgullo de esa trasnacional refresquera. En la década de los setenta, el gobierno federal construyó una pista aérea de corto alcance, y que casi no fue utilizada; en el año 2000, el Ejército Mexicano destruyó varios tramos de esta; en algunos sectores de ese sitio, es frecuente observar ejemplares de ganado bovino, nutriéndose de hierbas y pasto que crecen donde -tal vez-, aterrizaron y despegaron pequeñas aeronaves.

 

La población vive de la pesca y del turismo amante de la aventura, porque llegar a Maruata es toda una aventura; permanecer allí algunos días, es otra aventura de adaptación a un sitio que carece de casi todos los servicios básicos de salubridad y urbanismo. La playa de Maruata tiene una longitud aproximada de ochocientos metros y es mar abierto. En el extremo Norte de la playa desemboca el río Coire, que baja de las montañas de la Sierra Madre Occidental; el punto de unión del agua dulce con el agua salada, como puede inferirse, atrae diferentes especies marinas, que buscan nutrirse con los desechos orgánicos que el río baja de la sierra; como es de suponerse, las especies mayores se alimentan con las especies menores; con frecuencia, algunas familias se alimentan con la exquisita carne del pez dorado, un hermoso animal que llega a medir más de un metro, y un peso de hasta veinte kilos; recién pescado, es dorado, refleja la luz del Sol de manera esplendorosa; conserva este brillo solar pocos minutos después de haber sido extraído del mar; la maravilla desaparece por completo cuando muere; su belleza extraordinaria hace pensar que nunca debería ser sacado del océano; la carne de este pescado -sencillamente frito en aceite vegetal, ajo y sal- hace la delicia de habitantes del lugar, y visitantes ocasionales.

 

En Maruata hay una escuela primaria rural federal, donde los niños cursan la educación elemental, con la participación de maestros bilingües español-náhuatl; en este pequeño poblado no hay panteón, no porque no lo necesiten o porque casi nadie muera; no hay cementerio porque el lugar carece de autoridad civil y condiciones jurídicas para tener uno, puesto que no hay oficina del registro civil; entonces, cuando alguien muere es llevado al panteón municipal del pueblo de Coire, ubicado al Norte, y al que se llega por un camino rural rústico, brecha, de cuarenta kilómetros que va hacia el Norte, entre el río del mismo nombre, y el río Coalcomán. Los habitantes de Maruata pidieron el apoyo del gobierno para tender el asfalto sobre esta brecha, que en la época de lluvias de junio a septiembre, se convertía intransitable en algunos tramos; cuando alguien fallecía en la temporada lluviosa, llevarlo a enterrar se convertía en un suplicio para sus familiares, y agonía para los acompañantes; ese recorrido es el camino final que hacen los muertos de Maruata, de la playa hacia la montaña, en dirección opuesta a los ríos que bajan de la sierra hacia el mar.

 

El caserío de Maruata junto con la pista aérea, la escuela y la estación biológica del programa para la protección de la tortuga marina, se agrupan en las cercanías del puente del río Coire y de la carretera 200. Durante miles y miles de años, este río ha bajado de la sierra por el mismo cauce; de manera abrupta terminan las faldas de las montañas y entonces el río recorre un corto trecho, amplio y arenoso; luego, de manera suave y murmurante, el agua dulce que baja de las montañas se entrega a la majestad del mar. La desembocadura del río Coire tiene una longitud de trescientos o cuatrocientos metros; durante la mayor parte del año, corre por el medio del cauce un breve arroyo, figura del río que se entrega al océano; el límite Norte de esta desembocadura está marcado por altos peñascos, en verdad imponentes, que los lugareños llaman “morros”; el límite Sur de la misma, está marcado por grandes peñascos, no tan altos como los del lado Norte; unos y otros, han sido horadados por el incesante embate del mar, durante millones y millones de años; de ese modo, el mar ha logrado devorar la entraña del basalto, de tal manera, que ha labrado imponentes cuevas, a las que entra el oleaje enfurecido, en medio de un estruendo indescriptible, durante el día y la noche de todos los días y todas las noches; entre un límite y otro, están las pocas palmeras que hay en la playa del lugar.

 

3. Maruata, intento de reconciliación con la naturaleza.

 

La importancia de la playa y poblado de Maruata se debe, en gran parte, a las actividades que ha cumplido el programa para la protección de la tortuga marina, que se sostiene con un reducido presupuesto aportado por la Universidad michoacana de san Nicolás de Hidalgo; el programa recibe ayuda económica del Departamento de pesca y vida silvestre de los Estados Unidos de América; ha merecido algunos premios internacionales, por el prestigio que tienen sus modelos de trabajo conservacionista, y por esto, el lugar es visitado por biólogos y turistas Europa, Canadá y Estados Unidos, principalmente. Las instalaciones físicas del programa son tan rústicas y austeras como el poblado de Maruata; constan de una casa habitación para los biólogos, unos terrenos de playa -aproximadamente de cien metros cuadrados- donde son depositados y vigilados los huevos de tortuga recuperados, y un galerón, que sirve de almacén y laboratorio, donde permanecen durante pocos días las tortugas recién nacidas, guardadas en tinas de lámina y cubetas de plástico.

 

A la playa de Maruata llegan a desovar tres especies de tortuga: la golfina, la laúd y la negra; los biólogos afirman que esta última se encuentra en peligro de extinción, y que deposita sus huevos solamente en esa playa; de hecho, ese programa surgió con el propósito de proteger a la tortuga negra, por la razón señalada, además de que durante siglos, la población de este lugar, al igual que la de muchos otros lugares de la costa michoacana, han sobrevivido de la captura, consumo y comercialización de las tortugas marinas. Durante décadas y décadas, practicaron la venta de huevos de tortuga, famosos por la creencia en sus propiedades afrodisíacas, proveniente de la creencia absurda en la extirpación del órgano reproductor de la tortuga macho, cuando tiene el primero apareamiento, por parte de la tortuga hembra, y que en ella permanece, “fecundándola de por vida” (¿?); esa es la creencia popular; más que creencia, es un prejuicio, y más que esto, una fantasía sustituyente del anhelo secreto y reprimido por una “virilidad inagotable”.

 

Con el propósito de contribuir a la protección de especies de tortuga marina en peligro de extinción, el gobierno promulgó una ley que castiga la explotación de tortugas y comercialización de huevos, actividades calificadas como delito federal; para la observación de esta ley es que permanece una base de marinos de la Armada de México, quienes, de manera ocasional, colaboran con las actividades del programa conservacionista.

 

En la playa de Maruata se tienen registrados aproximadamente mil doscientos sitios de anidación de tortugas marinas, donde depositan entre setenta y ochenta huevos en cada uno; el 80% de nidos son de tortuga golfina; el 20%, de tortuga negra, y unos cuantos se deben al arribo ocasional de la tortuga laúd, la de mayor tamaño. La primera actividad del programa es la labor nocturna, que consiste en esperar que las tortugas hembras salgan a la playa, recorran de veinte a treinta metros de playa, y esperar que caven el nido con sus aletas, que remueven la arena, hasta una profundidad de ochenta centímetros; después de esto comienza el desove; entonces es el momento en que entran en actividad los biólogos y sus ayudantes, que son estudiantes de biología, y jóvenes y adultos pertenecientes a la población del lugar, quienes perciben un raquítico salario por la labor de recoger los huevos recién depositados, colocarlos en cubetas y trasladarlos a los terrenos contiguos a las instalaciones del programa de protección, donde excavan un nido, con medidas similares al que hizo la tortuga; se toma nota de la fecha y cantidad de huevos sembrados, y se asigna un registro, con la fecha aproximada de eclosión y salida de la nueva generación de tortugas.

 

La tortuga que sale a desovar tarda entre treinta y cuarenta minutos en excavar el nido; durante cuarenta y cinco o sesenta minutos, deposita los huevos, y requiere más o menos treinta minutos… para rellenar el nido vacío; después apisona la arena, con la concha de su cuerpo, apoyándose en sus aletas. La mayoría de las tortugas, tienen adheridos a sus caparazones unos moluscos pequeños, protegidos por duras conchas, que los lugareños llaman ” balanos “; son parásitos que las acompañan siempre, en sus largos recorridos por el Océano Pacífico, desde Michoacán hasta las costas de Colombia; en el litoral de ese país, se han capturado ejemplares marcados en Maruata, al igual que en playas de Costa Rica.

 

Las tortugas salen a la playa a desovar, entre los meses de octubre y diciembre; las tortugas macho nunca dejan el mar. El caso que más llama la atención, es la tortuga negra; al decir de los biólogos, solamente se reproduce en la playa de Maruata, a donde regresan las hembras dicen-, treinta años después de que nacieron; afirman que no hay una explicación satisfactoria de su regreso a este lugar, que logran identificar en sus recorridos entre las corrientes marinas, desde las costas de Colombia hasta la península de Baja California; dicen que es asombroso que encuentren, en ese recorrido de miles y miles de kilómetros de playas, una que apenas mide ochocientos metros; suponen que se debe a un fenómeno de asociación magnética entre minerales ferrosos de la arena de la playa de Maruata, y los instintos de la tortuga, gobernados por misteriosos impulsos cerebrales, que se activan en las tortugas recién nacidas; suponen que de esa manera, se establecería un “circuito electromagnético” entre el cerebro de la tortuga y la playa del lugar. Esa débil hipótesis es más figura poética que recurso científico. Lo primero, es más atractivo y sugerente de imágenes sensibles de belleza: representaría uno de los códigos cósmicos de la vida, que tal vez, un día, revelaría la teoría del campo unificado, que Einstein trató de trabajar los últimos años de su existencia, marcada por los bombardeos atómicos de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

 

Los biólogos suponen “altamente probable”, la “activación” de ese circuito cósmico-electromagnético; dicen haber observado casos de tortugas recién nacidas, que muerden algunos granos de arena, como primer acto, cuando salen a la superficie; esta “observación”, también está cargada más de sentimiento y subjetividad, que de argumentación probabilística sólida. De cada cien tortugas que liberan al mar, dos o tres alcanzarán la adultez, vivirán la fecundación, y treinta años después, una o dos hembras, volverán a desovar a ese lugar; el resto de ellas es devorado por peces, pulpos y crustáceos, que las aguardan pocos metros mar adentro, cuando son liberadas por la noche; el programa no libera tortugas recién nacidas durante el día, porque las aves marinas las atraparían antes de llegar al agua marina. Sin embargo, los nidos no registrados y anidamientos que tienen lugar en playas cercanas, cuando los huevos hacen eclosión, satisfacen los propósitos de las gaviotas.

 

El marcaje de tortugas, recolección de huevos y siembra de mismos en nidos registrados, ocurre por la noche, y con un mínimo de la iluminación que proporcionan las linternas; en esa actividad participan los biólogos y algunos habitantes del lugar, junto con grupos de niños, adolescentes y jóvenes visitantes de escuelas primarias, secundarias y preparatorias que llegan de ciudades, principalmente de Michoacán.

 

4. Maruata, ocasión de sentimiento cósmico de la eternidad de la vida.

 

Durante el período de desove, puede observarse cuatro veces en cada mes, el espectáculo cósmico de la Luna llena, que aparece por el Este, al caer la tarde, y el disco gigante rojizo del Sol, que se pone en el Oeste, tocando la línea del horizonte marino, que por instantes, parece un manto de luz acuática y anaranjada; y el arco del cielo entre la Luna y el Sol, parece el telón que se levanta, para que el firmamento de estrellas sirva de fondo para el resplandor de la vida, en acción confirmatoria de su eternidad, que se cumple con la cita de las tortugas que dejan el mar, dirigidas por un sistema de instintos cifrado entre las fuerzas que dieron origen a la vida, en un tiempo inmemorial, y que no puede explicarse, tan sólo admirarse, en el acto de su acontecimiento. 

El momento en que las tortugas salen del mar, tal vez sea el mensaje que una forma particular de vida lleve a todas las demás formas vivientes, y en el que -podría decirse- vibra la resonancia de las fuerzas primigenias que dieron origen a la vida, y que la conciencia percibe en el estruendo de las olas, en la indiferencia absoluta de las tortugas frente a sus observadores, y la precisión rítmica de sus movimientos para cavar sus nidos, desovar, cubrirlo y apisonarlo, y regresar al mar. La fría suavidad de sus aletas, la perfección milimétrica de las placas de los caparazones, y la indiferencia de la mirada fija de la tortuga, en algo que sólo puede ser el infinito del todo de la vida y la nada de la muerte, algo pueden significar, algo pueden expresar, sobre la armonía necesaria entre todas las cosas inertes y vivientes, que son la unidad de la naturaleza. 

Es la armonía que parece mostrarse entre la puesta del Sol y la aparición de la Luna. Lo uno y lo otro, parecen instantes que marcarían el momento en que la vida natural se prolonga a sí misma, y que la conciencia capta, como un signo de la perpetuidad que la vida quiere para sí misma, de manera eterna, y por supuesto, con la mediación necesaria de la muerte de la vida, que debe terminar, que ya dejó sembrada la posibilidad para que continúe el oleaje cósmico del nacer y morir, del morir y nacer de la vida, intensa y poderosa, superior a la culpa que deja destruirla, y que es el signo de la relación del hombre con la naturaleza, en la época de la civilización técnico-industrial.

 

Visión de Chetumal.
1992

Aeropuerto.

 

En pocos minutos el poderoso avión de pasajeros desciende de diez mil metros de altura, al nivel del mar. Luego de una perfecta maniobra de aterrizaje se detiene por completo. Disfruta uno de los últimos segundos del bienestar ambiental de la cabina y todos los ocupantes nos disponemos a abandonarla. Son las siete y treinta de la noche. Recojo mis dos maletas de viaje, y me aproximo a la puerta de salida. Llego ahí y me detengo unos instantes. Treinta y dos grados centígrados de temperatura ambiental nos reciben, nos envuelven, nos atrapan; se apoderan de nosotros en un instante y se siente como un cálido abrazo de bienvenida que da la naturaleza, en un lugar donde se unen la selva y el mar. Desde ese momento entendemos que en esta parte del mundo el calor es el supremo poder, la sustancia cósmica que fecunda su propio reino; desde ese instante reconocemos la inútil imposibilidad de resistirse a la seducción de lo invencible, de lo imperial. A partir de entonces, el calor es compañero inseparable y guía que no conoce la fatiga; se define como el ambiente generoso, y pareciera darnos una nueva piel para sentir cada uno de los poros del rostro cautivado por una noche saturada de sofocación y humedad que todo lo envuelven, que todo lo abarcan… Instantes después se siente la sed, pero no como una sequedad que desespera, al contrario, se siente una sed que agita como la emoción del deleite que aguarda con la llegada del primer trago de agua, la compañera eterna del calor, porque ahí no se siente como su opuesto, sino como su complemento.

 

La ciudad.

 

La ciudad de Chetumal vive en un continuo baño de luz. La densa nubosidad ocasional nunca demerita el resplandor imperial del cielo de este extremo de México. La noche no es su rival, es el lecho donde reposa la luz que se atenúa sin extinguirse jamás.

 

La ubicación de la ciudad es a la vez que su gloria y orgullo, la condición de su tormento, por su origen y dolor, por su historia. Es una ciudad que brotó en el corazón de la naturaleza, entre la selva y el mar y bajo el trono soberano del calor; la cobija un cielo radiante y muy cerca la ciñe uno de los ríos más esplendorosos, que abriga en sí la frescura acumulada a su paso entre los bosques tropicales.

 

Chetumal es una rebosante orilla de México, es como su último borde, entre la selva y el mar, porque más allá, sólo un poco más allá, están otros países, dos subcontinentes que parecen el prolongado fondo de una América que se alarga y alarga, hasta penetrar entre dos océanos, para casi tocar las proximidades antárticas, donde el calor de Chetumal no es imaginable, como en Chetumal no es concebible la helada soledad de la blancura de la eternidad.

 

El calor vigoroso y húmedo es el orgullo de la vida que concentra y extiende Chetumal. También es la causa de su cicatriz, sensiblemente dolorosa. Es una cuidad con un pecado original, cubierto por la selva y que el mar trata infructuosamente de lavar con sus verdes aguas. Es curioso que casi nadie hable de los orígenes de la ciudad, parece que no importa. Pero esto no puede ser posible. En el aterrador libro de John Kenneth Turner, escrito en 1908, queda para la historia de siempre; ahí hay referencias sobre el pavoroso penal de Payo de Obispo, fundado en el porfiriato como lugar de destierro y exilio para los desgraciados que caían en la tentación sin nombre ni remedio, de convertirse en opositores políticos de aquel régimen. Es mejor no preguntarse cuántos de aquellos que llegaron a esa colonia penal, lograron salir con vida de esta región en aquel entonces, réplica contraria de la Siberia zarista.

 

El mar todo lo purifica, pero no todo lo perdona, aunque sólo él sabe el tiempo que le tomará hacerlo, y sólo los hombres de esta región pueden saber las acciones que son necesarias para alcanzar el perdón del pecado original. Tal vez por esto en la memoria colectiva de la ciudad parece no existir el rencor, sino más bien el respetuoso temor hacia el mar, por lo general dormitante en la placidez de su extensa bahía. Pero en varias ocasiones se ha erguido con majestad enfurecida, atronadora y justiciera sobre la tímida doncellez de la ciudad, para estrujarla con terribles vientos, para invadirla con poderosísimos oleajes que se han llevado al fondo del océano construcciones y vegetación, habitantes vivos y muertos, huellas del pecado y voluptuosidad, arrepentimientos tardíos y vidas soberanas. Luego del miedo indescriptible y sin nombre que se retuerce en las entrañas por el anuncio y presencia de los ciclones, siempre ha vuelto la calma y con ella, la voluntad indestructible de sus habitantes para reconstruirla una vez más. Con temor y temblor, la gente toda, jóvenes y viejos, recuerdan porque lo vivieron o lo han oído, los ciclones de 1930 y 1952, que parecieron un fin del mundo más negro y atronador que el mismo diluvio universal. Varias veces la ciudad ha renacido entre las arenas que el oleaje enfurecido exhumó del sudario del océano, donde reposaron por millones de años, para dejarlas luego a la vista de la mirada atónita de los hombres, que con incredulidad las han contemplado como destino final de todo lo que existe. La ciudad siempre ha renacido al amparo del calor tropical y con la ayuda generosa de los bosques selváticos que la rodean hacia el norte, oeste y sur porque al este se encuentra el mar, siempre el mar.

 

La ciudad es orgullosa y temeraria, como desafiante de su tragedia original. Como muestra de esto, ha definido su cintura de este a oeste, impregnada de incitación y voluptuosidad y en la forma de un espléndido boulevard, que la separa y une con el mar. Se construyó sobre la playa, y por ello, el mar fue empujado hacia dentro de sí mismo, por lo que este magnífico paseo es un prolongado malecón que parece cortejar con caricias acuáticas la cintura de la moderna ciudad, aunque nadie podrá saber jamás si el mar habrá renunciado a la playa que le fue expropiada. Por lo pronto, no dejan de parecer caricias resignadas a su perpetuo encrespamiento.

 

Cenote Azul.

 

La ciudad de Chetumal tiene dos salidas por carretera. Una parte hacia el norte, y llega a todas las poblaciones y sitios importantes de Yucatán. La otra va hacia el oeste. Salir por esta segunda vía es una sorpresa impactante, por varias razones. Al salir del área urbana la carretera cruza por el área reservada a las instalaciones industriales, y que aún no existen. Hasta ahora ahí sólo destacan una congeladora y almacenes, así como el cárcamo de bombeo que abastece de agua potable a los habitantes de la ciudad, que parece brotada del agua y construida sobre el agua, que depende del agua, y que recibe el agua de la lluvia desde septiembre hasta marzo.

 

Al continuar el tránsito hacia el oeste se pasa por poblaciones con nombres como Ucum, Huay Pix y Sacxan. Es casi imposible resistir la tentación de referir estos nombres enigmáticos y melodiosos a la grandeza misteriosa de quienes habitaron esta región hace mil años y que desaparecieron de la historia con toda dignidad, junto con sus solemnidades sacerdotales y significado original de los nombres de sus dioses, sin dejar mayores rastros de su vida cotidiana, de la que sólo quedan sus testimonios de piedra calcárea, que desafían con su arquitectura, tanto al tiempo y el clima, como a la inteligencia de la arqueología y antropología juntas. Esta súbita meditación cede el paso a la fascinación por el paisaje del bosque tropical que bordea ambos lados de la carretera; con esto surge el impacto visual de la vegetación lujuriosa que parece pugnar por unirse otra vez, por encima de la carretera, incrustada como un dardo en el palpitar de la vida vegetal.

 

El verde clorofílico rivaliza en ¡”rvor’y exuberancia con los bancos de nubes y destellos atmosféricos. Un letrero del lado derecho indica la breve desviación hacia un lugar llamado Cenote Azul. Desde la brecha de la desviación se aprecia el panorama del encanto. Para llegar a la orilla de este se desciende por un corto tramo de escalones y se cruza un inmenso restaurante, que tiene la forma y techo de las antiquísimas chozas de los orgullosos mayas, dueños eternos del espíritu de estos lugares.

 

La visión del agua atrae, hace concebir al cuerpo por un instante como labrado en el más noble y puro metal que se doblega sumiso a la fascinación magnética de la fuente que promete los placeres más sublimes. Ahí, en el restaurante, colgada en un soporte de madera, una coraza de tortuga de tamaño extraordinario atrapa la mirada. Y ahí está, no fue posible saber desde cuándo, ese resto esquelético como testimonio de la majestad de la vida sobre las regiones submarinas; ahí está ese viejo caparazón que encierra entre sus placas las claves indescifrables de la evolución de la vida inacabable. La percepción sobre este resto calcificado, que parece encerrar la esencia del mar, sólo dura unos instantes: un poco más allá está el agua refulgente de luz.

 

El Cenote Azul es como un espejo que simultáneamente refleja y transparenta el cielo, pero no es sólo esto. Tiene su identidad propia, y consiste tanto en la seducción del azul transparente que se extiende hacia los horizontes aéreos y acuosos, como hacia dentro de sí. La luz penetra y penetra en el azul del agua y este cristal líquido la abriga y se abre a ella. Es evidente la sensación de que ahí el agua y la luz son una sola onda que incita a los cuerpos magnetizados a la unión inmediata y sin condiciones con esa agua y con esa luz, que se ofrecen como a la entrega de un beso supremo capaz de disolver todos los temores y fantasmas de la vida entristecida. Es la incitación para abrigarse en la caricia que guarda el vientre de la tierra y la esencia del agua, depositada desde el principio de los tiempos en el fondo del abismo calcáreo de noventa metros. Hasta ahí han tenido que llegar experimentados buceadores para rescatar a los ahogados, que tal vez sucumbieron por el deleite extenuante del beso de los minerales primarios y contacto suave con las sustancias primigenias.

 

El Cenote Azul es un espejo donde la mirada no busca su propio reflejo en la superficie; la pupila se contrae en el esfuerzo por concentrar toda la luminosidad que es capaz de resistir, gloria estallante de la naturaleza que ahí parece olvidar todas las afrentas y agravios, aunque esto sólo es una ilusión que vanamente pretende ser un sustituto del acto de pedir perdón.

 

Con toda intención, y sabedor de la leyenda, el cuerpo se adentra con cautela y respeto en el cobijo de esa agua tibia y acariciante, con el ferviente anhelo de que se cumpla la tradición, que dice lo siguiente: “quien ve las aguas del Cenote Azul, y se moja en ellas, un día volverá”, inclusive para morir ahí, agregaríamos, aunque morir en tal lugar parecería la promesa del tránsito hacia el regazo de las divinidades eternas a las que se consagraron los mayas. El gozo del cuerpo es supremo cuando en él parecen confluir la intensidad del cielo, la pureza del aire, la dulcificante tibieza del agua, la firme seguridad de la sigilosa tierra quienes, como potencias cósmicas, se anudan alrededor de un cuerpo estremecido por la dicha de palpar las esencias del Ser.

 

Zona arqueológica.

 

Cincuenta y dos kilómetros más adelante hay un crucero, cuya corta desviación hacia el sur llega a la zona arqueológica de Kohunlich. Durante la travesía de ese breve camino asfaltado es posible mirar la vida invencible del bosque tropical, con el que sólo el campesino maya sabe conciliarse y arrancarle un trozo de tierra labrantía como gracia que ese poder le concede para cultivar maíz. Sólo quemando se despeja la vegetación y el campesino debe empezar su trabajo de inmediato, entre las cenizas aún humeantes, antes que la selva recupere su vigor aletargado por el fuego.

 

Está prohibido el acceso de vehículos a la zona arqueológica. Estos deben ser estacionados en las inmediaciones, a la orilla de la selva. Al descender de los autos llega a uno de manera tan inmediata como súbita el rumor de la vida dueña de la selva. Nada de grandes animales; llega el rumor de millones y millones de insectos, muy parecido al de las cigarras y que comienza justo después del estampido de un relámpago y así continúa por unos minutos. Luego, como si recibieran una orden proveniente de la célula primigenia de la vida selvática, callan todas, absolutamente todas, tan de súbito como empezaron. Esto no deja de surtir cierto efecto hipnótico y entonces algo arcaico y profundo se remueve en el sustrato más íntimo del ser conciente, porque poco a poco uno pretende encaminarse hacia el bosque estallante de verdor y humedad, como atraído por un llamado inaudible de la selva, pero que se capta por algún sentido primitivo, porque en los bosques selváticos se forjó la especie humana primigenia. La prudencia que siempre acompaña a la razón advierte del peligro que encierran los enigmas aún inaccesibles del comportamiento de la vida ponzoñosa de los bosques tropicales. Entonces es mejor optar por la visita a la zona arqueológica.

 

Como cualquiera otro lugar maya, Kohunlich está impregnado del misterio que envuelve a esta cultura que vivió obsesionada por el encanto del tiempo y en la fascinación matemático-astrológica para calcular los ciclos celestes hacia el pasado remoto, como en búsqueda del origen cero del cero y también hacia delante, hacia un futuro solamente sondable a través de intrincados sistemas numéricos sexadecimales, a donde sólo podía penetrar el pensamiento sacerdotal, con su mezcla inseparable de magia y ciencia, de terror ante lo infinito del tiempo y de los números, y de serenidad por la arrogancia que les dejaba saberse poseedores de la clave para moverse en el pensamiento de las divinidades.

 

Hay ahí pirámides, una totalmente descubiertas y reconstruidas, otras semi-reconstruidas y otras que se adivinan en los montículos aún cubiertos de arbustos y árboles. También hay un juego de pelota, en medio de cuyo patio de césped se yergue arrogante una variedad de palmera que no tiene tronco, sus grandes ramas lanceoladas brotan inmediatamente de la raíz. Al fondo de la zona arqueológica está el monumento principal: la gran pirámide con su majestuosa escalinata. Autoridades competentes han colocado un techo de vegetal deshidratado sobre la escalinata, que cubre a la vez la parte superior de este edificio. Este anexo tiene el propósito de proteger los imponentes y enigmáticos mascarones adosados a las paredes de cada uno de los tres cuerpos de la pirámide así escalonada. Kohunlich da la impresión de haber sido un gran centro ceremonial perteneciente al llamado periodo preclásico maya y que fue abandonado largo tiempo; asimismo, sugiere la idea de que, en el auge de su periodo clásico, la cuidad ceremonial fue recuperada y conservada como recuerdo para honrar a los antepasados que hicieron posible su glorioso esplendor de aquel presente, tan magnífico como irrecuperable. Esta idea proviene de la marcada diferencia que existe entre el estilo rústico de todas las construcciones y la finura preñada de símbolos y expresiones que caracterizan a los imponentes mascarones, que no pueden menos que representar divinidades del agua y del tiempo, de la lluvia y de los números o tal vez, a soberbios sacerdotes que signaban en sus personas la magnificencia de la sociedad maya. Subir a la cúspide de la pirámide encierra la emoción superior del panorama de la selva inabarcable que rodea a este lugar; se agota el poder de la mirada y el esplendor del bosque tropical sigue y sigue, entre breves ondulaciones de un terreno marcadamente plano. La percepción de esto da ocasión para tratar de reconstruir un poco los pensamientos de los hombres sagrados que presidían esta cultura, cuando contemplaban el verdor de la vida extendiéndose en todas direcciones, bajo el patrocinio del tiempo y según el gobierno de los números, que tal vez les parecieron como repitiéndose en ciclos eternos. Al contemplar con respeto y admiración semejante exposición del furor lujurioso y voluptuosidad de la naturaleza, se hace presente la leyenda de la X-Tabay. Antes de decir algo a este respecto, es oportuno anotar que la “x” del idioma español simboliza el fonema maya equivalente a la unión de la “s” con la “ch”, de tal modo entonces que la pronunciación del nombre de esta leyenda, que“a”lo mejor“no es tanto, es algo así como “schtabay.” Hay quienes quieren ver en esta tradición oral el equivalente de la leyenda de la Llorona, predominante en el altiplano de México. Es una tradición que se refiere a una mujer habitante del bosque tropical que se deja ver y atrae a los hombres, los seduce hacia el interior y ahí los estruja contra la hermosura de su pecho, y no se vuelve a saber de ellos. Dadas estas características, no parece haber mucha semejanza entre ambas tradiciones orales. La de X-Tabay guarda en sí el símbolo de la selva como la feminidad que no puede ser vencida ni conquistada; contiene la idea de que a la selva se le domina ob¡”ecié’dola, sin violentarla jamás; si esta condición se cumple, entonces la selva se abre a la revelación de sus misterios y poderes y esto no puede menos que significar el deleite ante la contemplación de la verdad, lo mismo de un concepto que de un cuerpo.

 

Ni duda cabe que el estudio integral de Kohunlich es la promesa de trabajo acucioso y tal vez inagotable, para inminentes generaciones de arqueólogos y antropólogos decididos a destinar la parte más vigorosa de sus vidas al intento de descifrar los enigmas laberínticos de los mayas. En tanto esto sucede, ahí reposarán por siempre los testimonios de piedra de la grandeza milenaria de una sociedad que no sobrevivió a sus propias concepciones del tiempo.

 

Bacalar.

 

La belleza del trópico en Chetumal y sus alrededores se capta en una intuición que, a pesar de quererlo, no logra abarcarla en su totalidad, de manera inmediata. Sólo logra percibirla como una voluptuosidad cubierta por finísimos velos que transportan la promesa de un deleite insospechado. Es una belleza que encierra la magia y el misterio, la bondad y la muerte que la naturaleza abriga en sí misma, con el propósito de hacerla durar mientras la tierra y la selva sean la tierra y la selva, en medio del calor húmedo y del viento que sopla desde el mar. Es como el encanto de la X-Tabay.

 

La mirada aprende con rapidez que los velos que cubren la hermosura caen por sí mismos, si se sabe tener la paciencia suficiente para aceptar el ritmo propio de las caricias seductoras del agua y calor, de la luz y vegetación.

 

Después de diecinueve kilómetros sobre la carretera ciento ochenta y seis, está el crucero con la carretera que va hacia el norte de la península, y que corre pegada a la costa del Caribe. Entonces es la carretera trescientos siete. Veinte kilómetros adelante están el pueblo y la laguna de Bacalar. Es único en el mundo el espectáculo que ofrecen las tonalidades transparentes del azul. Parece que en ellas se quedó atrapada para siempre un rasgo de la luz primigenia del universo; evoca el primer suspiro de la vida al inhalar el agua y el viento. Las diversas teorías cromáticas palidecen humildes ahí, donde la luz se hace agua y el agua se hace tiempo que desborda una belleza que perfuma la mirada. Los mayas conocieron este lugar, que debió ser sagrado, hace mil años. Es seguro que, así como lo veneraron, igual lo amaron, desde la silenciosa profundidad de sus corazones cautivados por el estado líquido del tiempo. Quizás esta fascinación despertó en ellos un prístino amor por lo que tal vez consideraron era el color del tiempo.

 

La laguna de Bacalar debe tener una longitud aproximada de sesenta o setenta kilómetros, por unos dos o tres de anchura y se extiende de suroeste a noreste, en medio del bosque tropical y su extremo norte queda a una distancia muy corta de la intrincada bahía de Chetumal, que se adentra quisquillosamente en la tierra, como un erizado canal. Casi nada de tierra firme separa el agua del verde mar del agua epta-azulada de la laguna. Tal parece que, en un pasado no lejano, la laguna de Bacalar era un amoroso brazo de mar que estrechaba la cintura de la selva y el dorso de la tierra. De otro modo no es explicable que, en el pueblo del mismo nombre, distante como cincuenta kilómetros de la playa, se haya construido el Fuerte de San Felipe, que, por su ubicación, tenía el claro propósito de contener y rechazar las incursiones de buques piratas y mercenarios que se adentraban por el canal caribeño para aprovecharse de la riqueza acumulada por las encomiendas españolas.

 

En el pueblo y a orillas de la laguna más hermosa del mundo, se encuentra la escuela oficial más privilegiada de México, por su agua y su cielo. En ella se forman licenciados en educación especial, preescolar y primaria y es la única escuela del mundo entero que posee un cenote como patrimonio. Calle empedrada de por medio está la Casa del Escritor, muy cerca del fuerte que protegía a la explotación colonialista.

 

La Casa del Escritor es como una utopía literaria. En un lugar establecido en la única finalidad de dar albergue a quienes viven la pasión por la escritura, ya sean mexicanos, del Caribe o Centroamérica. Previos arreglos con las autoridades del Instituto Quintanarroense de Cultura, se puede permanecer ahí casi todo el tiempo necesario para escribir un poema, una novela corta, como las de Balzac, o larga, como las de Tolstoi; obras de teatro, o un tratado filosófico, como los fragmentos de los presocráticos, o los intrincados escritos de Heidegger y Sartre sobre la impenetrabilidad del Ser y la tortuosa lucha incesante del pensamiento para recuperar la esencia del ente supremo, que una vez contempló la conciencia de la humanidad a través de la mirada de los filósofos jonios, algo que tal vez también vivieron los mayas, durante el milenio de su permanencia en armonía con el Ser y comunicación con el Tiempo, con la selva y los periodos estelares.

 

La belleza perfecta sí existe, pero ni la comprendemos ni podemos penetrar a ella, porque entre sus velos guarda resquicios de misterios indescifrables y enigmas de alcances insospechados. La laguna de Bacalar es así. En este lugar, uno de los más sublimes del planeta, se ha desarrollado entre los pliegues del agua epta-azulada, una especie de hongo microscópico que daña la piel humana. Esto hace de Bacalar una belleza ambigua, porque sólo debe mirarse y si se quiere, sufrir el deseo de la posesión imposible. La belleza es así y la de Bacalar es peculiar: ahí se debe de refrenar con toda la fuerza de la voluntad natural y racional, la exigencia del cuerpo y el clamor de la piel; se debe vencer con el anti-deseo, que es una ilusión ficticia, el deseo del cuerpo todo por sumergirse en la ondulante voluptuosidad del Ser. Este es un deseo que crece frente a la invitación seductora de la profundidad azulada del cenote enclavado en la margen derecha de la escuela normal y que es su patrimonio. Este es uno de los momentos más extraños; es algo que implica la sugerencia del autosacrificio como vía para llegar al regazo de divinidades, tan míticas como indescriptibles, casi olvidadas, pero eternas, y que atestiguaron el nacimiento del mundo y belleza original.

 

Aeropuerto.

 

La visita a Chetumal llega a su fin. Los pasajeros esperan abordar el poderoso avión que los regresará al centro de México; una vez en cabina, brota la emoción de la despedida y la gratitud por los momentos vividos en contacto con lo maravilloso y mágico de una región donde se acaba un mundo y comienza otro, donde flota el aroma de las esencias primarias y se capta la silenciosa majestad de las potencias que todo lo generan y abrigan. El avión comienza a rodar para dirigirse a la pista principal y luego de llegar ahí, acelera a fondo los motores a reacción y se levanta de la pista. Es el momento de decir:

 

Adiós, sol de Chetumal;
Adiós, brisa del mar;
Adiós, luz de Bacalar,
Adiós, calor tropical.

 

Son las palabras de la despedida; también son el símbolo de las experiencias que el viajero llevará por siempre en el corazón de su mente, porque el sol y el mar, el calor y el bosque tropical, son recuerdos inmortales que quedan en un pensamiento solitario como signos cósmicos del amor purificado de todo deseo, como imagen de la belleza perfecta.

 

Sobre la generación 1973-1977,
Primera promoción de la Escuela de Filosofía
De la Universidad Michoacana.

Nota previa.


El punto de vista de la temporalidad transcurrida desde el término de los estudios de licenciatura en filosofía en julio de 1977, hasta los primeros días de diciembre de 1979, es fundamento de la redacción escrita en los días finales de aquel año, y que consideré oportuna para el examen reflexivo del proceso de formación filosófica adquirida entre 1973 y 1977, y que creí académicamente culminado, con la presentación de mi tesis profesional para obtener el grado académico de licenciado de filosofía. Sin lugar a duda, la época de estudios en la escuela de filosofía fue el momento más importante, decisivo y valioso de mi juventud, determinado por la relación verdadera con la filosofía, y también, por la lucha estudiantil cumplida en 1976, en defensa de la filosofía y de la escuela de filosofía. Fue la época en que viví la experiencia magnífica y constituyente de la conexión con la sabiduría filosófica. Mi primer encuentro con esa sabiduría fue en 1967, con mi ingreso a la Escuela Normal Urbana Federal de Morelia, en las respectivas clases de lógica y lecciones de ética. En octubre de 2009 recuperé las notas escritas en diciembre de 1979; en aquella ocasión, tuvieron el propósito de clarificación del significado de haber cursado estudios profesionales de filosofía; el acto de recuperarlas varios años después tiene el propósito de examinar la figura conceptual de la formación constituida en el estudio de la filosofía, mediante un Maestro, militante de la humanidad.


Significado de Severo Iglesias.


Para quienes ingresamos a la dedicación del estudio de la filosofía, en los primeros tiempos de la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana (1973), resultaba evidente que el Maestro Severo Iglesias era condición de propósitos y aspiraciones de cada uno de los estudiantes con la filosofía, pertenecientes a aquella primera generación. Severo Iglesias era como la “estructura integradora” -así lo escribí en 1979- de la mayoría de los mismos estudiantes, en la conexión con la filosofía, de la relación de nosotros con nosotros mismos en el ambiente de la Escuela de Filosofía, y de las características de relación de cada uno con los demás, en aquel ambiente estudiantil, que alcanzó momentos verdaderamente admirables. La figura de estructura integradora es modo propicio para expresar la forma y medida de la alienación que caracterizaba a cada uno de nosotros, en la relación con la filosofía, y muy principalmente, con la personalidad y sabiduría de Severo Iglesias. Esto último merece toda una consideración –histórica y particular, y espero tener la ocasión propicia para hacerlo; además, estimo que es un deber moral, histórico y teórico, la redacción de mi testimonio, descriptivo de la experiencia filosófica con Severo Iglesias.


Severo Iglesias en los primeros meses de la Escuela de Filosofía.


La Escuela de Filosofía comenzó sus actividades en octubre de 1973, en una amplia sala del piso superior del Colegio de San Nicolás; simplemente empezaron sus actividades, sin director, sin maestros designados, sin plan de estudios, sin programas y sin biblioteca; sólo tenía un coordinador, y casi ciento cuarenta estudiantes que abarrotábamos el amplio salón. Severo iglesias llegó a la Escuela de Filosofía en marzo de 1974; tenía 31 años; jamás he olvidado la misteriosa sonrisa con que entró al salón repleto con un grupo de estudiantes, que contaba con bachilleres, profesores de educación primaria, educadoras y abogados, médicos y profesores universitarios; fue una sonrisa maravillosa, mezcla de entusiasmo, escrutinio y hasta de felicidad, complementada con el brillo único de su mirada; nunca conocí -ni antes ni después- a alguien que mirara de aquel modo, con aquellos ojos claros, casi verdes; recién llegó, poco a poco empezaron a acercarse al Maestro varios de los estudiantes, y principalmente, quienes parecían los más destacados y conocedores de la materia, y hasta prometedores, entre los que, por supuesto, no me contaba yo, a mí mismo.


Poco a poco, después de las clases, fueron formándose círculos de curiosos y luego admiradores, en torno al Maestro Iglesias; unos amplios, otros estrechos, hasta que llegó el momento en que lo rodeábamos la mayoría de quienes continuamos los estudios a partir del tercer semestre; fue una experiencia extraordinaria la conversación suya después de terminadas las clases, en que se fumaba con deleite incansable; era casi maravilloso escuchar a un hombre que habla de múltiples autores y obras, con relación a las preguntas y comentarios de los estudiantes, y siempre retomaba los temas iniciales, con una expresión en su mirada y boca que, por instantes, parecía la de un filósofo de Jonia, o de la Ilustración, o del idealismo alemán, o de aquel siglo XX; en particular, fue impresionante la ocasión en que habló de El hombre rebelde; lo fue tanto, como la aceptación del cigarro que le ofrecía algún estudiante con mano temblorosa; es justo y oportuno mencionar ahora, que desde sus primeros meses en Morelia, el Maestro Iglesias ejerció una especie de atracción, de magnetismo personal -figura de su libertad-, sobre la mayoría de nosotros; la explicación es sencilla: a nadie negaba su palabra, a nadie negaba respuestas a preguntas, o comentarios referidos a planteamientos juveniles que querían aparecer como “filosóficos”. En responder, o comentar, estaba la fuente de atracción que ejercía en nosotros; y lo mismo, por igual, en varios, o en muchos, su mirada limpia y brillante, atenta y concentrada, y en ocasiones escrutadora; en muchos de aquellos estudiantes, despertaba el sentimiento extraordinario de saberse escuchados y atendidos por un personaje extraordinario, excepcional, que siempre mostraba atención y respeto a los mismos; hablaba con un timbre de voz claro y preciso, poderoso, que llenaba el espacio del aula, y para algunos, era resonante, hasta el fondo de juveniles conciencias, ávidas de saber; o al menos, eso parecíamos.
Conflicto estudiantil y destrucción del proyecto filosófico.


Dos años después de aquellos días maravillosos vividos en las clases y en círculos integrados alrededor del Maestro Iglesias, aparecieron en algunos estudiantes, conflictos de dominio y sentimientos de posesión de la situación del escuela, que acabaron por resolverse en puntos de vista contradictorios respecto al desempeño directivo y docente del Maestro, y que llevaron a la escuela de filosofía a la crisis que, de hecho, acabó con ella; aquel conflicto reveló, en quienes estuvieron en contra del magisterio y dirección de Severo Iglesias, que en ellos el interés de la humanidad que es propio de la filosofía, había quedado sepultado de manera prematura y desde bastante tiempo atrás; no es temeraria la afirmación de la alienación dominante en el grupo de aquella primera generación: casi todos querían -o queríamos, con diferente medida y significado- personalizarlo en cada uno de nosotros, con diferente significado; es seguro que en ese ambiguo sentimiento, a veces oculto, otras manifiesto, tuvo gestación una especie de compulsión alienante, erosiva y dañina, que luego fue raíz y origen de la lucha ideológica y política -limitada y desorganizada- entre los dos grupos estudiantiles que llegaron enfrentarse de mayo a junio de 1976, en torno a Severo Iglesias. El examen crítico de la duración del movimiento estudiantil -que por mi parte fue considerado por la dignidad de la filosofía y del Maestro Iglesias-, merece consideración aparte, y cumplirlo lo considero también un deber moral y teórico frente al valor, importancia y significado de la historicidad de formación filosófica aportada por Severo Iglesias, y por lo mucho que prometía el proyecto de la escuela de filosofía de Morelia, para el devenir de la filosofía es Morelia, en México y en el mundo.


Algunas grandes enseñanzas.


Mientras duró, el magisterio filosófico de Severo Iglesias en aquellos años, fue un devenir de descubrimiento del saber y aproximación al reconocimiento de la plenitud y profundidad de la filosofía, bajo la orientación del Maestro irradiador de problemáticas y reflexión, y mediante el Maestro, siempre atento a las intervenciones de los estudiantes en las clases; fue un devenir constituyente de vida, conocimiento y reflexión, que irradiaba a todos los campos del conocimiento filosófico, de modo conceptual y crítico, incitante y sugerente de autorreflexión. Su magisterio también fue condición y ocasión que ofreció a cada uno de nosotros, para el reconocimiento de nuestras posibilidades respecto de la filosofía, y, más importante aún, de la filosofía con relación a cada uno de nosotros, y que aparecían -ciertamente- como maravillosas, como posibilidades de conocimiento y reflexión, de proyectos de existencia y creatividad, principalmente filosófica; todo esto tuvo fundamento en su insistencia -frecuentemente reiterada, en el señalamiento de la importancia, significado y sentido de la honestidad intelectual y reconocimiento de lo que la filosofía podía hacer por nosotros. En los meses finales de su magisterio, también hablaba de la importante consideración de lo que podríamos hacer por la filosofía.


El mismo devenir de la relación con Severo Iglesias, con la filosofía y la escuela misma, fue condición de fuertes y marcadas tendencias de afianzamiento de unas individualidades, y protagonismo y voluntad de dominio de otras; apareció el caso de individualidades que optaron por una especie de plegamiento subjetivo, indefinido, y posteriormente manifiesto como irracional, contra Severo Iglesias; se dio el caso de quienes pretendían “argumentar” la personalidad del Maestro como obstáculo para la “formación” filosófica; en realidad, semejantes posiciones eran prueba de indisciplina en el estudio y pereza cerebral para responder al nivel de trabajo académico y actividad teórica a que inducía el magisterio filosófico y reflexivo de Severo Iglesias; y también, prueba de intereses pequeños y mezquinos que pusieron a esas gentes en la ruta de llevar la Escuela de Filosofía su destrucción,… con el apoyo soterrado de la rectoría. A lo largo de la duración de su magisterio, Severo Iglesias siempre fue el mismo: cumplido y puntual en sus clases, siempre pulcro en su persona, preciso, profundo y riguroso en sus exposiciones; atento y respetuoso con todos y cada uno de los estudiantes, en el aula y fuera del aula; siempre generoso en las respuestas a preguntas de los mismos, y siempre sugerente de obras y autores donde encontrar caminos apropiados para la reflexión individual expresada en cuestionamientos y planteamientos -algo rudimentarios a veces- acerca de problemas filosóficos; siempre respetuoso de la libertad de pensamiento y expresión de los estudiantes; jamás fue doctrinario en la exposición; jamás hablaba como ideólogo; jamás dogmático, nunca intransigente en la conversación; en cambio, siempre insistente, en la clase, la conversación individual o con un grupo, sobre la importancia de la honestidad intelectual y de la claridad en la relación personal con la filosofía, con sustento en las capacidades de cada quien, y por encima de los intereses personales. Estas fueron las principales condiciones creadas por el Maestro para que aquellos jóvenes aprendieran a pensar filosóficamente, y avanzaran en la constitución de la aptitud de pensar filosóficamente.

Resolución del conflicto y esperanza en el porvenir.


Cuando estalló el conflicto en la Escuela de Filosofía, propiciado desde la rectoría de la universidad, mediante estudiantes adversos a las condiciones creadas por el Maestro Iglesias para aprender a pensar filosóficamente, algunos de estos últimos se declararon “enemigos personales”; en ese contexto, el Maestro mantuvo firme su posición de respeto al derecho y a la institución; desde un principio supo que el movimiento estaba perdido; se dio perfectamente cuenta de la conspiración en su contra por parte de la autoridad universitaria, y de la utilización de los estudiantes declarados enemigos de su permanencia en la Escuela de Filosofía. Con relación a los estudiantes que defendíamos su permanencia y magisterio en la misma escuela de filosofía, asumió una posición de respeto a nuestras acciones y discurso; jamás trató de influir en el movimiento sostenido por quienes luchábamos por la legalidad, razón y justicia -con errores, ingenuidades y limitaciones-; siempre estuvo atento, respetuoso y prudente frente a la marcha de los acontecimientos, hasta su resolución por parte del Consejo Universitario en contra de nuestro movimiento, de la Escuela, de la filosofía, y del Maestro Iglesias.


En el transcurso de aquel movimiento y en el punto de quiebra del conflicto, es decir, cuando fue inocultable la derrota de aquel movimiento, Severo Iglesias expresó con frialdad incontrastable, que el grupo de aquellos estudiantes de la primera generación 1973-1977, “no podía ser considerado objetivamente como valioso para el porvenir de la filosofía en México”. Meses después, hubo ocasión de preguntarle -con respeto y consideración-, por qué, si esa era su valoración objetiva, decidió quedarse para resistir con nosotros, hasta el final amargo de aquel movimiento; comentó que había optado por la fe, “que decidió tener fe”, fe en que “algo podría lograrse después”.


Últimos contactos de Severo Iglesias con los llamados “estudiantes severianos”.


El último año de la licenciatura, ya sin el Maestro, durante los años finales de aquella década y los primeros de la siguiente, para varios de quienes defendimos al Maestro y la Escuela de Filosofía, el panorama académico fue desolador, y en cuanto terminamos los estudios escolares, ocurrió la dispersión del grupo llamado Conciencia Crítica; previo a esto, varios pudimos vivir la magnificencia de vida y existencia, de contar con la palabra y enseñanzas del Maestro, de febrero a junio de 1977, periodo en que tuvimos la presencia mensual del Maestro en Morelia, para la impartición de un seminario libre de filosofía de la historia, asignatura que correspondía al octavo semestre y final de la licenciatura, que ya cursábamos, en condiciones académicas desastrosas, entre las ruinas de lo que había sido una escuela de filosofía sustentada en la belleza del conocimiento y examen de la verdad de la relación del hombre con el mundo.
Severo Iglesias dejó Morelia a fines de junio de 1976, y se trasladó a la Ciudad de México, donde encontró trabajo con rapidez, en una dependencia del gobierno federal. Cinco meses después de la derrota de nuestro movimiento, o sea, en noviembre de 1976, dictó una impresionante conferencia a sus discípulos, sobre Althusser, y que duró cuatro horas; aquella exposición fue un gran apoyo del Maestro, puesto que los nuevos profesores contratados por la rectoría para hacerse cargo de la escuela de filosofía que hizo colapsar no ocultaban su doctrina althusseriana. Al término de los comentarios a la conferencia, propuso a los asistentes, que reuniéramos un capital para fundar una empresa editorial; esa propuesta no tuvo eco ni simpatía, y nunca volvió a tocar con nosotros ese proyecto.


El primer semestre de 1977 fue la ocasión magnífica del seminario de filosofía de la historia, impartido por el Maestro, y que era asignatura correspondiente al último semestre del plan de estudios por él diseñado para la escuela, por él dirigida por primera vez; es justo señalar que aquellos nuevos profesores se propusieron, como tarea primera, la destrucción de ese plan de estudios, y lo consiguieron. El seminario de filosofía de la historia fue experiencia de reconfortamiento, y siembra de la esperanza en un futuro mejor para la filosofía en Morelia y en México; luego de ese seminario, ocurrió la dispersión definitiva del grupo Conciencia Crítica.


Las últimas líneas del bosquejo de memoria, o testimonio que escribí en los primeros días de diciembre de 1979, fueron, palabras más, palabras menos, las siguientes:

“Después de la derrota de nuestro movimiento Conciencia Crítica, y reconocimiento del dolor por la pérdida de la presencia filosófica del Maestro Severo Iglesias, queda la esperanza del futuro, y la certeza y confianza en el mañana, cuando estemos en condiciones de hablar más objetivamente, con perspectiva histórica, de todo esto; me refiero a los siguiente: lo que nos dará a todos y cada uno de los pertenecientes a la generación 1973-1977, la verdadera dimensión de autenticidad y emancipación conquistada en relación a lo que la filosofía hizo por nosotros, serán la cualidad y constancia de lo que cada quien -de los pertenecientes a aquella primera generación- construya en favor de la filosofía. El desarrollo teórico y la producción filosófica serán indicadores del verdadero lugar que tuvo el saber filosófico en cada uno de aquellos integrantes de la primera generación, con relación a la escuela de filosofía, la filosofía y las enseñanzas del Maestro Severo Iglesias”.


El magisterio filosófico de Severo Iglesias en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana inició en marzo de 1974 y duró hasta junio de 1976; la conferencia sobre Althusser de noviembre de aquel año, y después, el seminario de filosofía de la historia, de febrero a junio de 1977, fueron las ocasiones culminantes y magníficas, de la formación teórica que ofreció a quienes habían sido sus estudiantes, y que quisieron escucharlo, fuera de las aulas de una universidad en relación extrañada con la sabiduría. En esos diferentes momentos, en aquellos años finales de la década de los setenta, las exposiciones del Maestro Iglesias hacían evidente su fundamento de rigor y orden, profundidad y concepto, mediante los principios de la crítica. De semejante modo nos despedíamos de la formación escolar académica; es decir, del mismo modo como inició: en una escuela inexistente. La realidad verdadera de la formación filosófica impartida por el Maestro Iglesias tenía sustento en principios y fundamentos. Las líneas siguientes tienen la pretensión de presentar la descripción de ese principio y fundamento, que tienen unidad, exposición sistemática y lucidez extraordinaria, en su obra Opción a la crítica, escrita en la primavera de 1973, y publicada por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en 1975.


a). La condición de validez, principios de legitimidad y fundamento de autenticidad de la filosofía en el devenir de su reconstitución, tiene su unidad en la figura de la verdad dialéctica, y su recurso cognoscente es la reflexión crítica, o pensamiento que examina condiciones de posibilidad de los problemas reales de la filosofía.


b). La reflexión crítica, enunciada en su elementalidad como crítica-, tiene la misión de conservarse y constituirse como razón crítica, esto es, sistema de fundamentos y categorías que hacen del pensamiento crítico, actos de reconocimiento de la verdad del mundo, del pensar, de la acción y de la historia. Lo principal de esto son el reconocimiento de lo real, -o posibilidades de transformación- del mundo, del pensamiento y de la acción productiva del trabajo, de la política y de la tecnología, junto con la elaboración de propuestas para el porvenir, con base en la conceptualización de fuerzas y tendencias manifiestas en el presente de la sociedad, de la actividad constituyente del mundo y del pensamiento.


c). Es responsabilidad primordial de la razón crítica, el examen categorial y radical de la alienación, en su positividad y negatividad; de lo primero, como examen de la resolución de las contradicciones del objeto, trátese del mundo, la actividad o el pensamiento; y de lo segundo, y esto es lo más importante-, de las modificaciones, o alteraciones que surten efecto, y del modo como acontece, en el tejido de la relación del hombre con el mundo; ese tejido es el entramado de los hilos de la verdad, la libertad, la justicia y la racionalidad, que en su unidad, son constitutivos del espíritu.


d). La crítica de la alienación es el sentido de la razón crítica; su figura principal es la crítica, examen y reconocimiento de la opresión y represión sociales; es la figura que da origen -después de cumplirla- a la figura de propuestas para la liberación -respecto de la alienación- en el trabajo, la técnica y la política. Bajo estos principios es como se abre el horizonte de porvenir de la filosofía en la época de la crisis histórica de la civilización.


MENSAJE QUE DIRIGE SEVERO IGLESIAS A LOS ESTUDIANTES DE FILOSOFIA DE LA ESCUELA DE FILOSOFIA DE LA UNIVERSIDAD MICHOACANA, AL TERMINAR SUS ESTUDIOS, CON LOS QUE OPTAN POR LA PROFESION DE LICENCIADOS EN FILOSOFIA.


Junio de 1977.


“Pareciera que frente a un mundo tecnificado en el que se aprecian más los valores económicos que los valores humanos, en el que el mundo se debate entre el servilismo y el caos, la filosofía hiciera poca falta. Frente a las necesidades inmediatas y las crisis económicas parece que hace poca falta el pensamiento reflexivo y que lo que más importa es hacer, sin que se sepa lo que se está haciendo, el objetivo que se busca y las consecuencias que acarrea esto para los hombres.


Basados en esa apariencia, quienes dirigen las instituciones educativas mantienen relegada a la filosofía o a lo sumo se le autoriza para tomar el puesto de comparsa en el folklor tecnificante de nuestra sociedad. Otros le piden que sea el incienso de la política y hay quienes aceptan que “la educación debe humanizarse” y proponen añadirles a los estudios algunas pizcas de filosofía para disfrazar el pragmatismo que domina los estudios. La suerte que ha cabido a la madre de las ciencias en el edificio del saber universitario ha sido la de convertirse en sirvienta, o a lo sumo se le recuerda de vez en cuando para celebrar alguna fiesta, o para halagar a algún viejo maestro o pensador.


Pero, tan pronto como la fiesta termina en los actos oficiales de la universidad, vuelve a su cotidiano estado de cosas: se considera que son los estudios técnicos, que dan resultados prácticos monetarios los que interesan a la universidad, se considera que no vale la pena dedicarse a pensar y se pone las necesidades intelectuales y humanas en último plano en la injusta balanza de quienes dirigen las universidades y el mundo.


Los efectos de semejante política universitaria no pueden dejarse esperar: si la filosofía reflexiona sobre la conciencia, la vida y la actividad humanas, a su olvido no puede corresponder, sino que el olvido de la conciencia y la vida humanas. La vida de la universidad, sumergida en el mundo del profesionalismo pragmatista, se olvida así de su objetivo primordial: formar seres humanos, capaces de ejercer la actividad más esencial del ser humano: su pensamiento, y capaces de iluminar al mundo en la oscura niebla que lo envuelve.


Pero no es extraño que esto suceda; quienes se encargan de ollar el terreno de la filosofía no son sino pequeñas marionetas del mundo invertido en el que el nombre ocupa el último lugar y en el que la conciencia y la praxis racionales viven en el exilio. Con todo, en esa oprobiosa situación, ustedes y yo intentamos formar una nueva escuela.


Hemos estado juntos en la tarea de hacer valer el respeto que la filosofía se merece, hemos querido hacer de la filosofía una tarea consciente, científica, humanista y social. Hemos pugnado porque se superen los vicios del dilentantismo y la improvisación que han invadido el mundo de la actividad filosófica y hemos exigido a todos cobra conciencia del rigor en actividad disciplinada en las labores académicas para constituir a la filosofía como una ciencia rigurosa y estricta. Consideramos que esta es la única postura seria frente al doctrinarismo dogmático de que se hace gala corrientemente.


Nunca prometimos que la filosofía o la escuela harían la revolución, porque eso es cosa de los pueblos; y nunca creímos que la filosofía sería la salvación, porque eso es cosa de la fe de cada uno. Pero estamos firmemente convencidos de que la filosofía es la conciencia del pensamiento independiente, que, dando los instrumentos conceptuales y metodológicos, faculta a los individuos para ejercer su pensamiento libre y tomar decisiones respecto a su mundo.


El valor de esta obra que todos nosotros hicimos, la Escuela de Filosofía de la Universidad michoacana, aprisionada por el diletantismo y las actitudes irresponsables de quienes la dirigen y la controlan, no podía ser visto por quienes no tienen la capacidad de ver las cosas importantes del mundo humano. Porque para lograr esto, para hacerse sensible a las cosas del hombre y adoptar una postura responsable sobre los problemas, se necesita ser médicos de otros ojos, se necesita saber ver con los ojos de la conciencia, tener la mente muy clara respecto a la sociedad actual y no la mirada nublada por los intereses de grupo y las componendas políticas que obligan a contemporizar con los mismos enemigos de la universidad. Para valorar el alcance de las tareas filosóficas hay que saber observar la influencia que tiene sobre nuestras vidas, sobre nuestras alternativas en el futuro.


Pero se equivocaron quienes creían que podían cambiar la conciencia de los estudiantes con el hecho de cambiar de autoridades y de personal docente. La tiranía que no se acepta no constituye en ninguna circunstancia un factor de alienación de la conciencia. Y quienes se han obcecado en defender un bastión de la ignorancia y de la incapacidad, han ignorado que el lugar menos importante de la universidad es el ocupado por la dirección rectorial, mientras que el único lugar honroso es el banquillo de los acusados que ahora ocupa el estudiante. Las instituciones las hacen los hombres y los hombres de la universidad tiene la institución que cuadra con su forma de ser: a una universidad capaz de velar por el desarrollo de la ciencia, el humanismo y la socialidad, le corresponden hombres que sean fieles guardianes de estos altos valores de la humanidad: a una universidad que ha tergiversado su función, no le puede corresponder sino la pérdida de su esencia.


A Blanca Reguero, a Lourdes Villanueva, al maestro José Palomino, a José Calderón, a Arturo Raya, a José Vargas Rivas, a Rafael Mendoza, a Rodrigo Reyes, a Sergio Villicaña, a Santos Villaseñor, a Jorge Vázquez, presento mis parabienes y les ofrezco mi colaboración en las tareas profesionales que se echen a cuestas.


Es llegado el momento de una última reflexión en la carrera y ésta es la última lección de los estudios. Ahora es preciso saber a dónde ir y qué va a pasar con lo que hemos aprendido. Sin duda, el pensamiento se cancela en sus derechos cuando la reflexión queda sumergida en los límites de la actividad economicista que sólo piensa en la satisfacción de las necesidades económicas de los sujetos. El estudiante preso del principio del realismo y el pragmatismo tomará a la filosofía como útil que esgrimirá como arma de combate en la lucha diaria por sobrevivir en este mundo. Pero nosotros preguntamos por el encuentro del sentido filosófico que adapta la praxis de la filosofía, no por su sentido pragmático o utilitario.


Es necesario decidir, saber que se abandona la etapa del aprendizaje porque ahora todo depende de la dirección que le tracemos a los estudios. Y si antes ustedes han necesitado a un profesor o a un maestro que los guiara en sus actividades, es necesario saber que ahora es forzoso realizar autogestoramente las actividades profesionales. El cordón umbilical del academismo ha de ceder su lugar a la actividad autónoma, con movimiento propio y con sentido claro de su proyección.


Se ingresa a la comunidad filosófica, sin oficinas, sin organización y sin patrocinio; y para cumplir con ella es necesario cobrar la autoconciencia que nos capacita para situarnos adecuadamente en nuestras tareas. El filósofo es el funcionario de la humanidad. Funcionario sin burocracia y sin administración. En las sombras del gabinete de trabajo, en las aulas de clase, en la palabra escrita, en la acción pública, el filósofo ejerce los derechos de la humanidad y reclama que éstos sean respetados.


Son muchas las invitaciones que se pueden hacer a permanecer en los bajos niveles del ejercicio profesional; como son muchas las invitaciones que se les harán para dejarse llevar por la brillantez de oropel del prestigio falso y la fama fabricada. Pero lo único que contará es saber que las cuestiones de principio no se resuelven por el consensus, o la aceptación, y que el único juez de los errores, como el único testigo de la tragedia humana, es el hombre mismo. Inexorablemente, la historia determinará el valor y la responsabilidad de cada uno, sin que quepa recurso de apelación ante ninguna instancia. Por eso, porque el ejercicio de la filosofía implica el recobramiento de nosotros mismos como seres libres, es que no podemos tomar a la filosofía como un simple instrumento al que le podemos añadir cualquier finalidad que la tergiverse en sus contenidos. Y es necesario saber que la actividad de principios, y por eso libre, requiere de una honestidad intelectual sin limitaciones y un espíritu de rigor como fundamento. La mediocridad, el diletantismo, la improvisación y el engaño deben desaparecer del mundo profesional de la filosofía, si se desea ejercer nuestra ciencia como un funcionario de la humanidad, y no como un burócrata universitario.


Nadie está obligado a ingresar a la comunidad filosófica; tampoco hay que solicitar ingreso a nadie. El ingreso es voluntario y la participación la traza el sujeto mismo. Pero a todos aquellos que deseen hacerlo, les ofrezco mis modestos recursos profesionales.


No debería escandalizar a nadie las críticas que la sociedad que lanza contra quienes ejercen la actividad filosófica. Son de todos conocidas. Debería escandalizarnos el no sentirnos responsables de dar respuesta correcta a las acusaciones y el no adoptar una actitud consecuente con nuestro pensamiento. Debería escandalizarnos el no haber accedido a cambiar nuestra existencia a la luz de la reflexión filosófica y el querer llegar a componendas con las falsas “filosofías”. Debería ser motivo de vergüenza el darnos cuenta de que nos debemos al hombre y no le hemos respondido; preocupados siempre por bagatelas que, a veces, parece ser preocupaciones por todo y son preocupaciones por nada.


Finalmente, quisiera transmitir las palabras de un viejo amigo mío, ya muerto ahora; considero viene al caso.


En una ocasión me contó que, siendo estudiante de un maestro hindú, éste le aplicó el viejo problema de la ambivalencia y colocándole un pedazo de madera sobre su cabeza, le instó a que los resolviera, diciéndole: “si te lo quitas te doy un golpe; si no te lo quitas, te doy un golpe”. Angustiado ante este dilema, mi amigo se acercó al maestro, para pedirle le ayudara a resolver dicho problema. Este, visiblemente incómodo, le dijo: “¿No te has visto al espejo? ¿No te has dado cuenta de que ya quitaste de tu cabeza el pedazo de madera?” Me contó también que es la Segunda Guerra Mundial, formando parte de una partida de reconocimiento, se perdió en el desierto. Algunos de sus compañeros murieron al ser víctimas de una alucinación que les hacía comer arena, creyendo que tomaban agua. “yo, en cambio, -me decía- pude soportar la dura prueba porque nunca me imaginé llegar a tener grandes fuentes, como mis compañeros. Pensaba sólo en un pequeño manantial que siempre conservaba agua fresca, ayudándole a manar y protegiéndola del sol”.


Y, por último, este viejo amigo, me envió una carta cuando yo apenas contaba seis años, desde la prisión de la ciudad norteamericana en la que estaba preso por enseñar a los jóvenes los principios de la Ética de Spinoza y el Fausto de Goethe. Eran aquellos terribles días en que agonizaba la democracia norteamericana, después de la Segunda Guerra Mundial. “Casi todos llegamos a saber la verdad –me decía-. Algunos se dan cuenta de lo que son porque buscan el saber y tienen la ventura de encontrarlo; otros, lo saben a su pesar, con los golpes amargos de la vida e implacablemente les muestra su miserable realidad; otros más, por casualidad que la encuentran y viven su existencia con decoro. Pero hay algunos que nunca la encuentran. ¡Pobres de ellos, porque cuando alguien les pida algo nada tendrán qué dar! Y tú -me preguntaba- ¿entre quienes crees estar contado?”


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