Idea de la filosofía en José Vasconcelos​

“El origen del pensamiento filosófico está -según Jaspers- en el asombro, la conmoción y en la duda del ser humano. El constante afán de saber, de descubrir la verdad, de indagar el origen de la vida y la muerte, descubrir la belleza de nuestro planeta y del Cosmos, he aquí la noble tarea del pensador. El conocimiento intelectual o espiritual no es sino un peldaño en la vasta escalera de la existencia humana, cuya finalidad es conocer a su prójimo, al mundo que nos rodea y el Cosmos.”

—Itzhak Bar-Lewaw. Introducción crítico-biográfica a José Vasconcelos. Ediciones Latinoamericanas, 1965, p. 63.

Encuentro juvenil con José Vasconcelos

En 1973 yo tenía 21 años cumplidos, y vivía dominado por el deseo de leer muchos libros sobre la vida y la obra de hombres notables por sus ideas y acciones; ya había leído a Emil Ludwig, y comenzaba el descubrimiento de las obras biográficas -solemnes y magníficas- de Stefan Zweig. También había leído algunos libros de José Vasconcelos; lo hice con el sentimiento íntimo de admiración a su prosa luminosa y encantadora, vibrante de acción, emociones, conceptos y expresión de ideas sobre el mundo, el hombre y la vida de la naturaleza, de las naciones y de los pueblos; me parecía que pensaba y hablaba de todo eso de una manera ágil y áurea, con asombrosa facilidad; vivía el deslumbramiento puro y propio de la juventud que desea respirar el espíritu, y lo hacía con estremecimiento ante su sinceridad para hablar del amor, de las mujeres, del placer, sensibilidad y voluptuosidad. Mayor era la sorpresa frente al desenfado con que habla de su incredulidad en el matrimonio y la paternidad, y, sin embargo, incurrió en lo uno y lo otro; esto yo no podía entenderlo: si no estaba convencido ¿porque incurrió en lo uno y lo otro? Muchos años después supe que casi fue obligado a casarse en 1906 -como suele decirse- ‘a punta de pistola’ que empuñaba el hermano mayor de su novia, Serafina Miranda, pues estaba embarazada. Quiero pensar que también cedió a semejante presión en consideración del honor de ella, que había aceptado las relaciones íntimas como efecto de los cortejos seductores de su enamorado bajo promesas de amor y matrimonio. Una vez consumado, y después de poco tiempo, el matrimonio dejó de funcionar, o como se dice, dejaron de amarse, demasiado pronto y rápido; sin embargo, ninguno de los dos habló de divorcio, en obediencia a los juramentos católicos; estuvieron casados -que no siempre juntos- hasta la muerte de la señora Serafina. La noticia de que su esposa esperaba un segundo hijo fue causa de tremendo disgusto para el desamoroso marido, ya distanciado de su mujer. Así fue aquel matrimonio ‘mal avenido’ y hasta donde puedo decirlo, Vasconcelos no descuidaba la manutención de su familia, a la que, por cierto veía poco, aparte de que se fue, o él la mandó, a Oaxaca.


Más allá del deleite juvenil disfrutado en la lectura de textos filosóficos, literarios y autobiográficos del gran escritor, la admiración sentida rayaba en la generación de una condición de santidad laica que mi sensibilidad y entendimiento juveniles atribuían a su labor educativa cumplida en los primeros años posteriores a la lucha revolucionaria de 1910-1917. Por breve tiempo fue rector de la universidad nacional, y en esos días diseñó el escudo y lema de la misma; fue fundador de la Secretaría de Educación Pública en 1922, por órdenes del presidente Álvaro Obregón; como secretario de educación pública organizó la estructura y finalidades de esa dependencia del gobierno federal; cumplió la admirable labor editorial de impresión de diez mil ejemplares de las obras clásicas de la literatura, y dispuso su distribución en todo el territorio nacional. Llegar a saber esto último me parecía una hazaña digna de Alejandro Magno, al llevar los ideales de la cultura griega a los países y territorios en su marcha conquistadora de Egipto y el imperio persa. Imprimir y distribuir aquellos libros me parecía un proyecto, genial y grandioso al mismo tiempo, a la vez que acción de su voluntad de elevación espiritual del pueblo mediante el esfuerzo de hacer llegar el genio literario de la humanidad a una población analfabeta en su mayoría; yo pensaba que él creía que, un día, el pueblo sería alfabetizado y que el espíritu ‘estaría ahí’, a su disposición, esperando a los lectores sedientos de luz, y llenos de curiosidad de conocer lo universal, y apropiárselo como componente sustancial de la conciencia de saberse parte de un gran mundo y de los esfuerzos más nobles y elevados de la humanidad.


El libro La raza cósmica –su lectura-fue el descubrimiento en mi juventud, de una sabiduría profunda y luminosa, temeraria y desafiante de los determinismos teológicos sobre el origen y finalidad del hombre y de los abismos del alma humana, y que también miraba a las elevadas cumbres del pensamiento y acción de que es capaz la libertad y curiosidad del hombre. No sabía que esa sabiduría recibe el nombre de antropología filosófica. La raza cósmica es un tratado de antropología filosófica del ser del mexicano y del ser latinoamericano.


Asombro ante la obra educativa.

En mi juventud, el conjunto de mis emociones y pensamientos sobre José Vasconcelos resultaba articulado por la actividad principal de mi vida de entonces, y que consistía en mi labor como profesor de educación primaria; en mis clases en la Escuela Normal Urbana Federal de Morelia, algunos de mis maestros hablaron sobre la importancia del primer secretario de educación y de su admirable desempeño en favor de la educación pública en México. Cuando egresé, comencé a trabajar como profesor, y luego, cuando recibí mis primeros salarios, quise adquirir libros para saber más de aquel hombre extraordinario mediante la lectura de sus obras. Lo consideraba excepcional porque había cumplido acciones importantísimas de manera simultánea, y me resultaba impactante pensar en que, junto con una intensa actividad política de hombre público y notable, se había dado tiempo para pensar y escribir, y hacerlo de una manera fluida, precisa y atractiva, con ‘emoción musical. Muchas ocasiones sentía que ya no sabía por qué lo leía, si por las ideas que expresaba, o por el estilo de su escritura; creo que hubo un momento en que sentí la extrañeza y el gozo de admitir que lo veía por lo segundo, por el deleite de leer por leer, sin más propósito que leer como pasión por la lectura. Fue exaltante saber que, como secretario de educación ofreció los muros del edificio de la Secretaría de Educación Pública a los jóvenes pintores de la época, y que el mismo Vasconcelos definió el diseño y estilo arquitectónico renacentista del palacio de los niños y maestros de México, y por igual, fue el efecto de saber que fue idea suya la parte superior del frontispicio del mismo edificio, con Atenea de pie, y a sus lados, Apolo y Dyonisos.


Lectura inconsistente de un libro extraordinario.

En 1973 trabajaba en la escuela primaria de una comunidad cercana a Morelia; el señor director -nacido en 1923-, había sido testigo de importantes hechos históricos post revolucionarios, como la expropiación petrolera y el crecimiento vertiginoso de la economía nacional; en su juventud había oído hablar de Vasconcelos, y conoció y leyó los libros de los clásicos de la literatura que llegaron a su pueblo, ubicado sobre la carretera Zacapu y Puruándiro, llamado Villa Jiménez. Pronto hubo ocasión en que platicamos sobre el famoso escritor en un plano de amistad y cordialidad surgida de la admiración al gran mexicano. Tiempo después me prestó por unos días, un libro que tenía en gran estima. Me lo entregó con muchas recomendaciones y con la reiteración de prestarlo por tiempo limitado. Se trataba del libro Introducción crítico-biográfica a José Vasconcelos, de Itzhak Bar-Lewaw, publicado en 1965. 1973 fue un año en que yo leía varios libros al mismo tiempo, daba clases por las mañanas y por la tarde asistía a la escuela preparatoria para trabajadores; pasó el tiempo, y de pronto, me di cuenta de que estaba próximo el vencimiento del plazo concedido para leer el libro mencionado; con apresuramiento me dediqué a revisarlo, pero sin una lectura ordenada. Venció el plazo concedido, y devolví el libro a su dueño, con gratitud, y sin haberlo leído completo. Ahora, en 2023 -cincuenta años después, conseguí el libro mencionado en una librería de ocasión, o segunda mano. Recordé con gratitud la generosidad de mi director y amigo, fallecido hace diez años, y con interés renovado y respeto a su memoria, he leído el libro, ahora sí, de principio a fin. He sentido la conexión de mi edad avanzada con mi juventud, que quise consagrar al estudio y conocimiento. Creo que logré aquel propósito, aunque no de la manera pura y total como deseaba, y fue así porque la vida es estudio y conocimiento -es cierto- pero también es otras cosas, muchas- y que casi siempre llegan sin llamarlas, sin pensar en ellas, o sin deseo por ellas. Cuando en la librería de ocasión el libro mencionado, con la rapidez del pensamiento de la memoria, lo identifiqué, y de igual manera recordé mi contacto con su lectura cincuenta años atrás en el tiempo de mi existencia. Pagué el precio, que me pareció justo, y con gran disposición para leerlo lo antes posible, con el recuerdo de las emociones de admiración juvenil a Vasconcelos, más el interés propio de hombre mayor, para conocer las opiniones de un intelectual extranjero sobre la inteligencia más brillante de México de la primera mitad del siglo XX. Después, revisé su estado y sentí cierta sorpresa por lo bien conservado de las pastas, el papel de los interiores y la tipografía de buen tamaño, de tipo agradable, y además, sus páginas impecables, limpias, sin subrayados; luego de leerlo me percaté de que sólo contiene una o dos erratas.


La lectura respondió a mis expectativas; Es un libro bien escrito, de narrativa clara y precisa, y, además, es un intento valioso para presentar la unidad de la vida de un hombre de acción y pensamiento con la obra filosófica y literaria que construyó a lo largo de cuarenta años, junto con la labor periodística -de fuerte carga doctrinaria- de gran calidad, que lo distinguió en el ámbito político-cultural.


En mi juventud sentí una enorme curiosidad por la trayectoria del autor del libro que me había prestado mi querido amigo y director, empezando por su nombre, que identifiqué como de origen judío; el libro de su autoría no contiene ninguna noticia biográfica o profesional. Ahora, en la vejez, o tercera edad, sentí la misma curiosidad, pero no incierta o indefinida: ahora existe el internet, donde está casi toda la información, donde hay respuestas para cualquier pregunta, y por si fuera poco, está en sus primeros momentos el desarrollo inquietante y formidable de la llamada inteligencia artificial. En mi lejana juventud, cuando quería tener noticias sobre la biografía de algún personaje importante por sus hazañas o producciones intelectuales, la fuente de consulta única y obligada, eran las enciclopedias, los diccionarios enciclopédicos. Ahora nadie ama esas obras, casi nadie las conoce, todo mundo prefiere las bases de datos y fuentes de consulta digital; pero en aquel entonces, las enciclopedias eran las únicas fuentes existentes, -respetadas y admiradas, como la Enciclopedia Británica, o el Diccionario Enciclopédico Espasa Calpe-; impresas en España y Argentina, eran grandiosas, pletóricas de belleza conceptual, precisión temática y solemne diseño tipográfico y editorial. Ahora, bastaron unos pocos minutos de trabajo en el buscador de internet, y fueron suficientes para encontrar información general sobre la trayectoria de Itzhak Bar-Lewaw en este año-2023- en que estaría cumpliendo cien años de vida. A continuación, ofrezco al lector la reseña de esa trayectoria, propia de un hombre que dedicó su vida al estudio y enseñanza, y también a la revisión de la vida y obra de un hombre de alta inteligencia, carácter firme, melancólico y amargo en sus últimos días, y que fue un escritor genial. Bar-Lewaw conoció y trató a Vasconcelos en los últimos años de vida; por él sabemos de las últimas horas del político, educador y escritor: no tuvo agonía prolongada, aunque desde varios años atrás “sabía que su salud estaba quebrantada”; “Vasconcelos muere en la capital mexicana el 30 de junio de 1959, a las 20:55, a la edad de setenta y siete años y cuatro meses. Su vida fue interrumpida por una cadena de cinco ataques cardiacos, que se sucedieron durante un breve lapso de siete horas”. 1


Noticia biográfica de Itzhak Bar-Lewaw.

La información siguiente la encontré el 12 de octubre de 2023 en www.enlacejudio. Fue de gran ayuda el texto “Páginas sombrías de Vasconcelos o testimonio de Itzhak Bar-Lewaw” de Beto Buzali, subido el 16 de abril de 2011, en el segmento milenio online/La página de Beto Buzali.
El señor Buzali dice haber recibido una carta de Bar-Lewaw a fines de agosto de 2008, donde consigna una especie de cronología personal, y que es la información que sigue, con el mejor orden de transcripción que puede darle; presentada en tercera persona y en enunciados separados, es la siguiente:
-Itzhak Bar-Lewaw nació el 9 de febrero de 1922 en Galitzia, provincia de Polonia; en la actualidad es territorio de Ucrania; su padre fue soldado del ejército austriaco en la primera guerra mundial;
-a los 6 años hablaba cinco idiomas: yiddish, ucraniano, polaco, hebreo y alemán; -en 1953 aprende español -no dice por qué- y obtuvo la maestría en lenguas romances en la Universidad Hebrea de Jerusalén;
-en 1956 llegó a México -no dice por qué o para qué- y da clases en el colegio israelita; tiene 34 años;
-en 1957 conoció a José Vasconcelos, que tenía 75 años; lo presentó el dueño de la empresa Editora Librera; Itzhak cursa estudios de posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México;
-en 1959 obtuvo el doctorado en letras hispánicas con una tesis sobre el poeta cubano Gabriel de la Concepción Valdés; en junio murió José Vasconcelos, a los 77 años;
-En el mismo año Bar-Lewaw salió de México rumbo a Chile, donde trabajó poco tiempo como profesor; luego impartió clases en dos universidades de Estados Unidos, y en tres canadienses; -Entre 1961 y 1966 hizo varias visitas a México, y trabajaba como articulista en periódicos de Atlantic, Canadá; de Quito; El Mercurio de Chile y diarios de Tel Aviv;
-en diciembre de 1961 escribió el texto de presentación de su libro Introducción crítico-biográfica, que aparecerá cuatro años después;
-visitaba a sus amigos mexicanos de manera más o menos regular; en 1965, tiene 43 años y publica su libro Introducción crítico-biográfica a José Vasconcelos en la editorial Ediciones Latinoamericanas, impreso en Madrid, España, en el mes de agosto; el colofón no precisa el número de ejemplares; de acuerdo con los criterios de la época, puede estimarse un tiro de mil libros. El autor comentó que la edición no tuvo éxito, promoción o difusión;
-en 1966, la empresa Editora Librera público José Vasconcelos, vida y obra; no puedo decir si se trata o no, del mismo libro con título diferente; el autor refiere que esa edición sí tuvo éxito.
Como ya mencioné, la correspondencia entre Buzali y Bar-Lewaw fue en 2008, cuando el escritor judío tenía 86 años; no encontré más información sobre él en la internet.


Impresiones del visitante judío. Retrato del escritor en su vejez.

Itzhak Bar Lewaw tuvo el privilegio de conocer a un gran hombre inconforme consigo mismo, que ya no amaba la vida esplendorosa que gozó en la juventud, ni el prestigio continental que mereció por su actividad como Secretario de educación pública y escritor desbordante de prosa radiante de luces estelares y visionario de un futuro de grandeza y emancipación para la América hispánica; fue un escritor sin comparación con ningún otro de su época, y eso despertaba el entusiasmo de los estudiantes de América del Sur. Nada de eso provocaba el amor a sí mismo en el Vasconcelos de la madurez avanzada, de su vejez apoyada de manera única en la fe católica. Ese fue el hombre que conoció el judío sefardí Itzhak; debió impresionarle como escritor y político, y tal vez, también su personalidad y carácter, o tal vez no, como suele suceder a los judíos; debió saber del desprecio que Vasconcelos sentía por los liberales y masones, y que sintió simpatía por el nacionalsocialismo entre 1939 y 1940, al igual que otros intelectuales en México en la misma época. Quizá fue la natural curiosidad del judío por preguntar, junto con su hábito del razonamiento abstracto y la reflexión analítica -posiciones lógicas del judaísmo-, lo que llevó a Bar-Lewaw a la lectura de las obras principales del escritor mexicano, experiencia que debió despertar el entusiasmo para conocer la obra mayor de Vasconcelos de la mejor manera; pudo hacerlo, porque conocía la lengua española y tenía interés especial en la poesía; debió sentir el firme compromiso para escribir la síntesis de sus lecturas de esa ‘obra mayor’ y luego escribir el libro que por siempre será agradecido; lo escribió con la seriedad y objetividad que es propia del pensador sistemático y analítico; su impresión general de Vasconcelos es la siguiente: “observa con sumo rigor durante toda su vida el lema ..todo o nada>>, que constituye la causa de sus frecuentes fracasos en su vida sentimental y en su vida política. Autoritario e impulsivo, le falta el don de gentes y no siempre es capaz de cultivar sus amistades. Muchos de sus íntimos amigos y colaboradores (…) rompieron con él o lo abandonaron. Otros lo admiraban, siguiendo fielmente al .maestro>> hasta y después de su muerte”.2 El libro de Bar-Lewaw es valioso, por preciso y respetuoso; hace juicios de valor con el criterio de la medida racional que compara las ideas con la importancia del pensamiento y en relación con situaciones específicas del mundo y la época de Vasconcelos. Creo que ese es un rasgo importante, distintivo del estilo judío de pensar la crítica de quienes no son judíos. Por eso creo que Itzhak era un liberal progresista.

 

Itzhak leyó los cuatro tomos de la monumental autobiografía vasconceliana en búsqueda del desarrollo de las urgencias y prioridades que el escritor mexicano describe en sus memorias de manera luminosa, irresistible y seductora; con prosa fluida, precisa, elegante y a veces, arrebatadora, anotó las experiencias -grandes y cotidianas- que constituyeron su carácter y personalidad; las dejó plasmadas en el papel, como gemas preciosas, pulidas con los buriles de la prosa elegante, fluida y expresiva de imágenes completas de personas y circunstancias, y luego colocadas en horquillas doradas y anillos de plata decorados con el esmalte del lenguaje dinámico y eufórico, rebosante de libertad. En su vejez, más de una ocasión expresó el arrepentimiento por el placer gozado en los años de vigor y exaltación de los sentidos, de amor y deseo por las mujeres. Bar-Lewaw dice que “En los apuntes para un libro que debía llamarse Letanías del Atardecer, encontrados en la mesa de trabajo, después de su muerte, Vasconcelos reza:


.Dios Todopoderoso; Dios Eterno, Creador del Universo y Padre de las creaturas;
.Haz que nuestros ojos estén siempre limpios para poder mirarte;
.Purifica el deseo que palpita por cada uno de nuestros sentidos;
.Sálvanos de la soberbia que engendra la presencia de una chispa de tu luz…>> 3

 

Sin embargo, jamás prescindió de la soberbia; durante tres décadas abrigó el resentimiento con el pueblo que no lo apoyó con el levantamiento armado que convocó con el Plan de Guaymas para defender lo que él decía ‘su triunfo electoral’ en 1929. Jamás consideró que fue un error político su creencia en que podría ser presidente de México después de la derrota en la elección para gobernador de Oaxaca; nunca reconoció que fue un error creerse un Platón que podría gobernar a Siria, Cartago o Abisinia. Vasconcelos era demasiada luminosidad para una población de quince millones de mexicanos, de los cuales once millones eran analfabetos, hundidos en el fanatismo católico, la ignorancia y la baja autoestima, efecto de tres siglos de sumisión y explotación. A Vasconcelos lo encandilaba su propio brillo y su poderosa energía vital, que consideraba inagotable. Parte de esa soberbia también fueron la ingenuidad y fe ciega en la voluntad popular de lucha y defensa de la democracia; creyó que podría derrotar a un caudillo como Plutarco Elías Calles, que hasta la mirada tenía de un déspota oriental, del imperio turco o de la antigua Persia. Este fue un hombre visionario, más que ninguno de sus jefes y revolucionarios contemporáneos; supo lo que había que hacer con las fuerzas revolucionarias dispersas y anárquicas, brutales y desordenadas: supo unificarlas en un partido político, por las buenas o por las malas, de manera voluntaria, o por la fuerza; sabía que era necesario concentrar el ímpetu histórico de los hombres en acción revolucionaria, y lo consiguió, con la fundación del Partido Nacional Revolucionario; en ese instituto político también agrupó a todos los caciques regionales y estatales; de igual manera, por la voluntad o por la fuerza, mediante amenazas de muerte, chantajes políticos o promesa de posiciones de riqueza y poder. Vasconcelos creyó vencer a Elías Calles con sus recursos retóricos, intelectuales y filosóficos; creyó en derrotar en su campaña presidencial -financiada con el dinero de Antonieta Rivas Mercado- a uno de los herederos de los triunfadores en la guerra revolucionaria, y que, además, había cerrado la Escuela de Altos Estudios -o Facultad de Filosofía- para destinar ese presupuesto a la fundación de escuelas secundarias prácticas de agricultura.

 

Posibilidades y limitaciones de un filosofar hispanoamericano

Itzhak Bar-Lewaw dice que el ideal y deseo filosófico de Vasconcelos es “hacer una filosofía hispanoamericana” por encima del pensamiento de su época que considera “teñido de nacionalismo”; frente a la remota posibilidad para que surgiera una nueva filosofía universal, dice que Vasconcelos proclama -con la firmeza de su carácter espiritual-, que la filosofía hispanoamericana “la haremos hispánica -en tanto no llega a formularse la teoría universal absoluta- con el mismo derecho que el alemán, el francés o el inglés tienen su escuela nacional y de ella pretenden partir para elevarse a la humanidad”.4

 

Bar-Lewaw expresa su escepticismo respecto a la posibilidad de una filosofía iberoamericana en base a escepticismos semejantes expresados, por ejemplo, por Menéndez y Pelayo, Juan Bautista Alberdi y José Gaos. Dice que este último “hace el resumen de la falta de una filosofía original en los pueblos hispánicos, atribuyéndola a .una falta de vocación de estos pueblos, en el doble sentido del interés y de la aptitud, para la filosofía que tal cual se la concebido a lo largo de su historia>>”. Resulta lapidaria esta frase valorativa de José Gaos, y el pueblo español queda incluido. Poco más adelante, Bar-Lewaw dice que “los pueblos iberoamericanos no constituyen una unidad indivisible (…) A pesar de los muchos lazos fraternales que existen entre ellos (…) lejos estamos de un programa de una base de sistema común filosófico para el mundo iberoamericano (…) Vasconcelos quiere hacer una filosofía nacional (…). Se necesitan generaciones, a veces siglos, para que se formen serias y originales escuelas filosóficas en un territorio dado (…). Los pueblos iberoamericanos tienen pensadores notables, pero la filosofía en la América Latina se halla todavía en un estado embrionario”.5 Ingenuo o difícil el intento vano de refutar el argumento del judío Bar Lewaw; el manuscrito de su libro data de 1961; estamos en 2023; han transcurrido 62 años, y ocurrido muchísimos estremecimientos en las sociedades .iberoamericanas>>, y ha cambiado la geopolítica mundial de una manera desconcertante desde que Itzhak puso el punto final a su valioso ensayo; pero es difícil negar hoy en día, que “la la filosofía en la América Latina se halla todavía en un estado embrionario”, y más aún, por ejemplo, cuando en una o dos universidades públicas con sede en la Ciudad de México, se cultiva la doctrina que cuestiona el eurocentrismo europeo y recibe impulso notable la ideología de la ‘descolonización’ de la mentalidad latinoamericana respecto del expansionismo y hegemonía occidentales. Tal vez, esa pretensión -postulada en nombre de concepciones latinoamericanas del marxismo- insinúa la vana voluntad -de antemano condenada al fracaso-, de ruptura radical con la gran tradición filosófica de Occidente, construida en las regiones europeas durante veintisiete siglos, para luego dar inicio, ‘desde cero’, y ¿a partir de qué? -¿de la nada o de la magia y mitos de los pueblos originarios? o ¿de los Santos Evangelios? Y de esa manera empezar la construcción de la ‘filosofía latinoamericana’ de la ‘descolonización y liberación’ de la ‘servidumbre filosófica europea’ con un fondo difuso y fantasmal de un marxismo impreciso, o purgado de la organización política de la clase trabajadora de cada país latinoamericano. Esas son palabras mayores, que le quedarían muy grandes a cualquier corriente de pensamiento ‘de izquierda’, y no se diga, a una organización política.

 

Hizo muy bien Bar-Lewaw en recordar en 1961, una de las ideas principales de Samuel Ramos -fallecido en el mismo mes y año que Vasconcelos-: la idea de “incorporar y asimilar la filosofía europea al espíritu nacional mexicano. La preocupación primordial del mundo filosófico mexicano es .a de iniciar la formación de una filosofía propia>>. Eso lo expresó Samuel ramos hace unos veinte años [1940] pero el problema, cuya solución sigue siendo urgente para México, no perdió nada de su vigencia”.6 En 2023 es válido decir que no ha perdido vigencia o sentido el señalamiento de Bar-Lewaw sobre el ‘estado filosófico embrionario’, ni la idea de Samuel Ramos; hacen referencia a las neblina que cada día, ‘al caer la tarde’, desciende sobre las instituciones filosóficas mexicanas; es la neblina doctrinaria, personalista y de lucimiento académico individual, que son predominantes en ellas; debería ser la hora para que en esos lugares, sus moradores reflexionen, y construyan el pensamiento filosófico que hable del devenir del mundo y el hombre, de la historia, justicia y sociedad, de la conciencia de la libertad y alienación…, pero casi nadie dice nada, nadie quiere salir del discurso de la postmodernidad y mirar de frente al mundo, lo que acontece en la actualidad histórica, social y filosófica mexicana. No puedo decir gran cosa respecto de lo mismo en otros países latinoamericanos, o de la filosofía en España en estos tiempos.

 

Esencia de la filosofía.

¿Qué es la filosofía según Vasconcelos? Bar-Lewaw dice que el escritor mexicano “Expone su punto de vista en el prólogo de su Tratado de Metafísica. Para él no hay límite .en que cesa lo interior y comienza lo exterior>>; pensando nos mezclamos en el Cosmos, igual que si toda la naturaleza fuera indivisible de nuestra propia porción de esencia. Por consiguiente, filosofar es para Vasconcelos lo contrario de analizar y disociar, aún lo contrario de discurrir.<<(...) La sensación particular y el concepto son entonces a manera de antecámaras del recinto donde el ser perdura natural y gozosamente inmergido en la totalidad del Universo >>.
.Para ser filósofo, prosigue Vasconcelos en su Ética, hay que desatar la imaginación y dejarla construir, .el más bello de todos los ensueños del mundo…>> El conocimiento, emoción y fantasía, he aquí la herramienta necesaria para filosofar. Vasconcelos, durante toda su vida seguirá siendo fiel a este concepto. .Un poeta sabio, este es un filósofo.>> La creación o la adaptación de una teoría filosófica es el resultado de una necesidad de la conciencia individual o del sentir colectivo. Además, Vasconcelos se muestra pesimista respecto a las .filosofías válidas universalmente>>. Sólo el platonismo, el aristotelismo, el idealismo y el realismo, parecen ser polos eternos de la conciencia. Al lado de éstas, observa Vasconcelos, hay doctrinas de ocasión, fabricadas para servir como justificación de una política, o corolarios de planes y de prejuicios temporales”. 7


Es notable la cercanía de la concepción de la filosofía de Vasconcelos con la de Lenin, quien afirmó que “la historia de la filosofía es la vieja pugna entre idealismo y materialismo”; creo que Vasconcelos ya no tiene discípulos, y por eso nadie explotaría el escándalo por la analogía entre el católico conservador y el ateo materialista dialéctico y revolucionario. Tal vez, Vasconcelos no tuvo discípulos, nunca dio clases en México, sólo en el extranjero, y sí, tuvo muchos admiradores, pero sus seguidores, cultivadores y divulgadores de sus ideas y obras, parece que no hicieron escuela; por cierto, Vasconcelos sentía repudio por la dialéctica; no manifestó ningún respeto por Hegel, ni interés en el estudio profundo, riguroso y sistemático de la obra hegeliana, y esa carencia ‘algo’ tuvo que ver con los matices, posibilidades y limitaciones de su pensamiento filosófico. Es argumentable que su desdén por Hegel condicionó los límites de los temas y contenidos de sus libros filosóficos en particular; sin abordar la razón, el pensamiento reflexivo permanece en la sensación de la emoción, en el deleite superficial, y no llega a la comprensión del devenir del objeto y de su representación en la conciencia; sin el recurso de la razón, el pensamiento sólo alcanza la intuición o captación de la apariencia de lo real, y Vasconcelos rechaza el racionalismo; en el prólogo de su Metafísica (1929) dice que “el racionalismo es un caso de mutilación de la personalidad que no había prendido en ninguna otra cultura además de la europea”.8


Por otra parte, aparece en todo el resplandor, su sinceridad intelectual para decir que entiende, cultiva y ama la filosofía como intuición y emoción, como imaginación y sentimiento de unidad y pertenencia con el Universo. ‘Esteticismo’, es como se ha llamado al estilo vasconceliano de filosofar como conocimiento, emoción y fantasía; es difícil encontrar una concepción semejante en la historia de la filosofía; en cambio, hay muchos casos similares en la historia de la poesía, pero en la historia de la filosofía en México creo que ninguno, antes o después de él.


Importancia de la filosofía. Misión del filósofo.

Husserl dijo que el filósofo es el funcionario de la humanidad que examina las condiciones de la verdad y el desempeño de la razón en la construcción de la historia y civilización, y que las aportaciones de ese funcionario provienen de la finura y precisión de sus investigaciones analíticas y descriptivas de la estructura de la conciencia, del mundo de la vida y de formas de convivencia humana, con fundamento en estructuras subjetivas de conciencia íntima, comunes a los hombres. Vasconcelos no expresa una simpatía especial por la filosofía fenomenológica de Husserl, y parece que no le interesó a profundidad y con detenimiento. Es difícil encontrar elementos -o siquiera matices- de esa fenomenología en la obra general de Vasconcelos.9 Sin embargo, al igual que Husserl, también escribió sobre la importancia de la filosofía y la misión del filósofo. Bar-Lewaw cita en su libro las siguientes palabras del filósofo mexicano: “¿Será posible que nosotros, que no podemos hacer Imperio, no hagamos metafísica?” “El filósofo, Añade Vasconcelos, al reflexionar sobre la sociedad de su época, debe sentirse como una especie de estadista del pensamiento; en otras palabras, la filosofía tiene que servir a los fines de los políticos: a de orientar antes que el simple estadista pueda emprender realizaciones prácticas”.10 Husserl dice: el filósofo es funcionario de la humanidad; Vasconcelos, ‘estadista’; lleva más lejos la misión del pensador que lo dicho por el maestro de la fenomenología, quien cuidó mucho la diferencia y separación entre filosofía y política. En cambio, Vasconcelos habla de esa relación como la del sabio y visionario que da orientaciones a la voluntad y ejecución de acciones de gobierno; está claro que la concepción de esa relación sigue el esquema de la que intentó Platón con Dión de Siracusa, y se entiende esa idea vasconceliana, porque en México, desde la guerra de Independencia, la política ha sido errática, carente de la suficiente racionalidad en sus fundamentos como medios y fines; se entiende la expresión de Vasconcelos porque en México, la política ha carecido de principios y de una ética eficaz en el ejercicio del poder, porque a los hombres políticos en general, los ha movido -y mueve- una voluntad de perseguir los fines ambicionados, y es fácil encontrar muchos casos de enriquecimiento ilícito, fuera de toda proporción. Vasconcelos intenta un acto de reducción de la perversidad de la política mexicana mediante el consejo de la filosofía para el reconocimiento de la validez o no, de la pertenencia de los nexos entre deseos, medios y fines de la voluntad y acción políticas, para que haya claridad sobre la validez, honradez y viabilidad de los fines políticos, porque es una evidencia empírica que la cuestión de los valores nunca ha sido relevante de manera suficiente en la política mexicana, y eso viene de muy lejos atrás en la historia, y por lo mismo, cuando han irrumpido en el escenario político nacional, ha acontecido la violencia política, ha aparecido la vieja ley de la reacción frente a la acción; podría señalarse muchos ejemplos al respecto; el fracaso político electoral del propio Vasconcelos en 1929, es uno de ellos; otro, el movimiento estudiantil de 1968, o bien, la corrupción y degradación del Partido de la Revolución Democrática, y así, por el estilo.


En su Tratado de Metafísica, Vasconcelos dice lo siguiente, en relación con la misión del pensador reflexivo: “se sabe que el filósofo ha atinado cuando su doctrina concuerda con el plan general del Universo, cuando se vuelve fecunda y manifiesta poder de ascensión; cuando contribuye a los fines supremos de la naturaleza y el hombre”. Creía en el pensar filosófico como acto de intuición del ‘plan general del universo’ que sólo puede ser la armonía de los pensamientos de Dios, de sus ideas puestas fuera de sí como la energía originaria y la materia primigenia; creía en que esa intuición era más emocional y conmovedora, más que conceptual, lógica o racional; Por lo mismo, creía que la construcción de un sistema filosófico ‘casi’ era equivalente a presenciar la revelación de las ideas divinas en el entendimiento humano, y resueltas luego como emociones estéticas que “manifiestan poder de elevación” de lo humano a lo divino, del pecado al perdón, de la perdición a la retención y salvación. Considera que fuera de esa concepción, la filosofía sería una “simple consecuencia de utilidad aplicada a la acción”, “un oficio de la mente”, “creación de artificios”.11 Cree que la misión de la filosofía es la elevación a Dios, y su función, inducir a los hombres hacia la salvación. La misión del filósofo es dar leyes relacionadas con el problema de la Unidad esencial. La determinación de los aspectos de esta Unidad esencial es, (…) tarea propia y exclusiva del filósofo. (…) Para lograr semejante unidad no basta con la abstracción ni es legítimo tampoco desentenderse de generalidades y abstracciones; se necesita combinar todas las maneras de conocimiento: el racional, el sensual, el emocional, el trascendental; todas las disciplinas del saber ligadas conforme a jerarquías y afinidades cuyo descubrimiento y creación es precisamente la obra especial del filósofo”.12 Entonces, el objeto de la filosofía es conquistar la intuición emocional de la totalidad de la Unidad del Universo. Lo mismo puede decirse del método filosófico: es un sinteticismo, “eso es lo que debe ser toda filosofía cabal” y agrega que “Un intento de sinteticismo es lo que aspira a ser mi filosofía del Monismo Estético”.13


Con toda razón Bar-Lewaw dice que “El sistema vasconceliano se inspira en la reacción contra la filosofía racionalista y en el intento de revalorizar las facultades de la intuición emocional para construir un monismo fundado en la estética. (…). Esta interpretación estético-metafísica (…) Contiene también conceptos modernos sobre la energía (…) que conciben la evolución del cosmos por el camino de la transformación de la energía cósmica en belleza, la cual es el estado más perfecto y supremo de la energía primitiva. (…). Para él, la estética (…) es un proceso ultra biológico, es espiritual, cuyo propósito .no es expresarse sino realizarse superativamente a cada instante, lo que yo llamo en la Metafísica acto incremento. >>”. 14


El monismo estético es un sinteticismo como forma de la filosofía y como organismo del método filosófico; puede decirse que también es la figura del conocimiento, conocer es sintetizar los tres datos: melodía, sensación y razonamiento. Dice Bar Lewaw que Vasconcelos “Niega a la razón su poder unificador y de salvación, atribuyéndolos a la estética, que tiene la fuerza mística e intuitiva (…); todo es el resultado de la revelación y la gracia en los métodos del filósofo, quien no es sino un instrumento de Dios que se sirve de él para reflejar su belleza”.15 En el plano humano, dice Vasconcelos que .Belleza es así la facultad de transfigurar y transubstanciar formas y creencias para revivirlas en el plano divino >>”.16
Dice Bar-Lewaw : “Para Vasconcelos el catolicismo es la mejor religión en el mundo y el amor es el medio para alcanzar el Uno absoluto e invisible”, y agrega un párrafo del filósofo mexicano que resume el compendio de su sinteticismo -aunque no consigna la fuente de la cita-, y dice: “Una filosofía estética es necesariamente una filosofía religiosa… Lo esencial está en la revelación mesiánica. La beatitud se alcanza mejor por la vía del artista, para llegar a Dios, porque ella conduce a la creencia por el deslumbramiento”. Comenta el escritor judío que “El sistema filosófico vasconceliano no es sino un vehículo para llegar, por medio del amor celeste, a la salvación del alma”.17

Las propias palabras de Vasconcelos sobre el fin último del conocimiento y la utilidad suprema de la filosofía, traslucen el fondo de su personalidad y dejan entrever el sentido último que resolvió su vida individual: la búsqueda de la salvación, tal vez, como una metáfora del anhelo de salvarse de sí mismo luego de cargar la cruz de dolor y amargura de la derrota política en 1929, hasta su muerte en 1959. Treinta años en que no dejó de leer y escribir; fueron via crucis y penitencia por el pecado de la soberbia magnífica de haberse creído profeta y redentor del pueblo mexicano; en realidad, no comprendía a ese pueblo; le pedía dar lo que no podía dar, que fuera lo que no era. Como educador, sí contribuyó a la redención del pueblo, y los primeros frutos de su labor educativa anunciaban la aurora de un mundo por venir entre la esperanza y el desconcierto. El proyecto educativo vasconceliano sí fue un momento estético en el devenir del pueblo mexicano.


Bibliografía


1 Itzhak Bar-Lewaw. Introducción crítico-biográfica a José Vasconcelos. Ediciones Latinoamericanas,  1965, p.179.
2 Id. p. 180.
3 Id.
4 Itzhak Bar-Lewaw, ob. cit. p. 64.
5 Id. pp. 65-66.
6 Id. p. 67.
7 Id.
8 J. Vasconcelos. Tratado de Metafísica, en Obras Completas, t. III, Ed. Libreros Mexicanos Unidos, 1959, p. 401.
9 Vid. J. Vasconcelos. Historia del pensamiento filosófico, Obras Completas, t. IV, pp. 435-439.
10 Id. p. 68.
11 Id.
12 Id.
13 Id. p. 408.
14 I. Bar-Lewaw, ob. cit. pp. 74-75.
15 Id. p. 75.
16 Tratado de Metafísica, p. 500.
17 Id. p. 75.

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