Consideraciones Antinihilistas XVI

XVI

Sufrimiento simbólico.

La descomposición social, decadencia política y crisis histórica, tienen el significado –oculto y reprimido- de una crisis de la vida, de la vida humana y configuración-reconfiguración de la relación del hombre con el mundo; tienen el significado de la renuncia del hombre para cuestionar y replantearse la realidad histórico social, la actividad humana, las ideologías, el contenido y orientación del pensamiento y de la existencia.
Esa renuncia del hombre, dicho sea, así, en abstracto, se torna en reticencia, o figura concreta de las conductas objetivas enajenadas, alienadas y desesperanzadas de individuos y grupos, y en ocasiones, de clases y pueblos.
La figura concreta suprema, explicativa de semejantes conductas, es la decadencia de las ideologías, su insuficiencia para que los hombres crean en ellas como operantes y eficaces para la actividad y comprensión de la vida.
La decadencia ideológica alcanza la máxima opacidad, cuando los hombres se vuelven sumisos y resignados a la descomposición, decadencia y crisis; entonces, la vida pierde atractivo y esplendor; la vida deja de vivirse, y los hombres empiezan a sufrirla. Este estado “de vida” es la alienación extrema y peligrosísima desesperanza.
Bien cabe suponer que lo uno y lo otro, al replegar la vida humana sobre sí misma, obligándola a tornar a su sencillez subjetiva, buscaría con cierta ansiedad o desesperación, volver a extenderse sobre la realidad histórico-social que la hace imposible, o dificultosa, para florecer, precisamente, con sentido de humanidad.
Es en ese ir hacia sí misma, y en ese volver a un mundo cruel y deshumanizado, que la conciencia se vuelve ciega, que la vida humana se torna muda y divergente. Los hombres sumisos –atrapados en la alienación de la desesperanza caen en lo único que puede caer, como ciegos que se comportan: caen en el sensualismo y excesos del hedonismo a su alcance.
La vida rechaza la alienación de la desesperanza, la descomposición, decadencia y crisis, con la reproducción y super reproducción de la especie. Esto bien puede explicar el estado demográfico de la especie humana y el malestar, o sufrimiento que ese estado provoca en el planeta. Poco o nada importa que los demógrafos, biólogos y sociólogos –cristianos, en particular, concedieran una mínima importancia a esa hipótesis. Sin embargo, semejante estado demográfico de la especie humana ya es condición de catástrofe ecológica y colapso de la naturaleza, que ya no puede garantizar la subsistencia de la especie humana, con decoro y dignidad.

La vida ya no es esperanza de la vida, bajo las condiciones actuales del mundo histórico-social. Esto es una de las razones por las cuales pensar en el futuro, resulta aterrador, con base en un presente donde el sufrimiento es innegable para cualquiera; el mundo es sentido como peligroso, intimidante y amenazador, casi para cualquiera, de modo particular en ciertos países, en sociedades en descomposición, decadencia y crisis.

Muchos hombres sufren el mundo contemporáneo, jóvenes, o viejos, ricos, o pobres, ignorantes, o cultos, fuertes, o débiles; entre ellos, hay muchos que no saben sufrirlo, que no entienden el dolor, que no aciertan a intentar manejarlo, porque su variedad de formas y fuentes de origen resulta inmanejable. Es probable que, por esto mismo, se hayan ampliado los pórticos de ingreso a los mundos ficticios de los falsos deleites, transitorios y aniquiladores.
Esto es un símbolo de la sociedad en descomposición, decadencia y crisis. Cuando no se sabe sufrir, se tiene que sufrir mediante condensaciones y sustituciones del no-saber sufrir; entonces, la vida individual y social se torna más desdichada; y sin embargo, en semejante contexto histórico-social aparece, por ejemplo, el anti-humanismo, pero sin suficiente éxito; surgen variedades de la experiencia religiosa, o exploración de posibilidades de creencias y modos de vida, en otras religiones, pero con un velo de escepticismo, escondido y reprimido; y también, aparece la conducta anárquica subjetiva y objetiva: aparecen individuos y grupos movidos por la activación del latido de la rebelión sin esperanza.
Y en semejante contexto, surgen dos cuestiones: sí la rebelión es aplastada, eso ¿implicaría la desesperanza radical? Esto es el límite del examen del sufrimiento simbólico. Nadie tiene el derecho para exigir, ni siquiera proclamar, la renuncia a la esperanza. Entonces, sería mejor callar. Pero la perseverancia en el silencio tendría por resultado, con seguridad, una conciencia ruinosa y sombría, opaca y dolorosamente deshumanizada.

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