Consideraciones Antinihilistas XIV

XIV

Espíritu del mundo contemporáneo.

Los años finales del siglo XX y etapa inicial del siglo XXI, han sido la época de la globalización, desde temprano envuelta con una bruma de escepticismo; también debe decirse que la misma época tiene la figura del rastro que ha dejado tras de sí, el proceso asombroso de la caída del socialismo soviético; esas figuras de renovación del capitalismo y caída del socialismo autoritario, se han fusionado con la tradición política de Europa y Estados Unidos, inaugurada por la revolución francesa: la democracia moderna.
La época referida ha tenido -y seguramente tendrá por largo tiempo- a la democracia como horizonte histórico, voluntad política y concepción del mundo y de la vida.
La aceptación de la democracia y su defensa, es casi mundial, y los países donde no la hay de modo suficiente, son vistos como una sociedad atrasada y opresora, aunque no fuera renuente al capitalismo, pero resulta señalada de esa manera, porque aparece como impermeable o reticente, a la ideología predilecta y reforzada del sistema del capitalismo: la ideología de los derechos humanos, y que cada vez se abren a la incorporación de más y más aspectos de la actividad humana, de componentes de la condición humana y de la relación del hombre con el mundo, como figuras constitutivas de los derechos humanos.
Es por esto, de modo principal, que la democracia aparece como forma predominante del espíritu del mundo contemporáneo.
En cualquier parte del mundo, la democracia es exaltada y defendida, asumida y promovida, pero con signos que no siempre son los mismos: también, en nombre de la democracia, se cometen abusos sobre los indefensos y débiles, y crímenes contra la sociedad y aspiraciones de los pueblos. En efecto, la democracia está amenazada por sus estructuras interiores, o manipulación con cinismo o astucia, de sus componentes, mecanismos y aparatos de partidos, propaganda y división de poderes republicanos.
En nombre de la democracia –del signo que sea, es posible la opresión exitosa de la voluntad de los pueblos; es permitida la represión y manipulación de los disidentes, que en muchas ocasiones no aciertan a entender el juego de las fuerzas democráticas, o no saben medir y medirse con el adversario; entonces se abre el camino al juego perverso, siniestro y manipulatorio del engaño y autoengaño, de la propuesta y la contrapropuesta, del consenso, el contra-consenso y el golpe de astucia; y todo esto es juzgado –y tolerado por la sociedad, como democrático.

En el estado actual del mundo, la presencia mundial de la voluntad democrática parece el signo del mundo histórico, que está estancado, gira sobre sí mismo, porque no se concede un futuro mejor, con menor injusticia; no permite la activación de su posibilidad latente de transformación, y que, tal vez, es la única: la emancipación de la clase obrera, al menos, su acceso a formas políticas democráticas verdaderas.
En cualquier parte del mundo –con diferente medida y gradación- la clase obrera aparece sumergida en la enajenación y alienación; anestesiada con los mitos de confort, el crédito y el consumismo; aturdida, respecto de la conciencia de su importancia en la historia y significado en el mundo contemporáneo.
A la vez, aparece como excluida de la historia, no obstante que es el agente de la historia. Y en muchas partes del mundo, la clase obrera es tímida, o indiferente a la lucha política por la democracia efectiva. Sin embargo, la simple existencia de la clase obrera -aunque sea pasiva y alienada- es freno y límite a la desesperanza que se extiende por el mundo. La simplicidad de su existencia impide que se desborde la renuncia radical y definitiva a la justicia y dignidad.
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