Jorge Vazquez Piñon

RETRATO DE JIM MORRISON: VIDA, ARTE Y ROCK AND ROLL 1943-1971

Situaciones y circunstancias de Jim Morrison.

El paso de Jim Morrison por la vida y presencia del mundo, acontecieron en el período del esplendor del poderío norteamericano, posteriores a su victoria portentosa en la Segunda Guerra Mundial, y culminaron en la época en que la conciencia juvenil estadounidense comenzaba a manifestar el repudio a la barbarie genocida del ejército más poderoso del mundo, practicada de modo cotidiano en la guerra de Vietnam.

La vida de Jim Morrison transcurrió en el medio urbano, en diferentes lugares de Estados Unidos; su infancia y adolescencia transcurrieron en una familia de clase media; no pasó por carencias materiales; desde esta perspectiva, las bases materiales de su vida fueron suficientes para la conquista que logró de su independencia intelectual y emocional, a temprana edad; sin embargo, parece que toda su vida fue consciente de carencias afectivas y resentimientos respecto de sus padres; las puso de manifiesto en composiciones y presentaciones, de modo escandalizante, con ostento de inmoralidad; supo de los avances tecnológicos de la música en su época, y logró la conexión de su fuerte sensibilidad y arrolladora forma de artista, con las posibilidades de armonía, composición y melodía de instrumentos electrónicos, con la fuerza expresiva y matizada de su voz y carismática personalidad.

Jim Morrison alcanzó la suficiente configuración de conciencia –manifiestas en su fraseología, canciones y poesías- respecto de las principales instituciones de su época y sociedad; eso era el fundamento de su desempeño en los escenarios y figura de interpretación de sus canciones; ese fundamento es la base para referir que no había creído en la importancia social de la cultura, de la educación, de la religión y partidos políticos, inclusive, de la sociedad de consumo norteamericana. Desde esta perspectiva, está claro que no creyó en el american way of life; no creía en nada de esas tradiciones, y, sin embargo, no fue un nihilista radical y total; sí creía en otras cosas, lo manifestaba, pero sin elevar esas creencias al discurso o concepto, ni al análisis argumentativo de las creencias que hicieron posible su existencia como despliegue de sus posibilidades de vida, y el límite de sus acciones. El conjunto de esas creencias –objetivadas en su vida pública- fue la transversalidad de su devenir existencial; esto fue su actividad creativa, interpretativa y expansiva del rock and roll; su aportación a esa modalidad de la música contemporánea, sin duda alguna, ha sido representativa, de modo notable, de la sensibilidad estética del mundo occidental en la segunda mitad del siglo XX.

La transversalidad mencionada, fue el nexo de Morrison con el mundo y la época que le tocó vivir; ese mismo nexo también fue la mediación con sí mismo, el despliegue de sus posibilidades de vida y creatividad y contacto con sus limitaciones; esto último fue el acto en que culminó su juventud y el agotamiento de su vigor físico, y encuentro con la muerte, acontecido en un momento en que su existencia parecía expresión de una nueva voluntad, renovación de vida y de una actitud diferente frente al mundo.

La transversalidad referida, aparece como el conjunto de circunstancias que lo llevaron, de una vida de estudiante universitario de cine y fotografía, en Venice, California, al acercamiento a la música y el canto, y que, está de más decirlo, fue exitoso, productivo, impresionante y arrollador; lo que no está de más señalar, es que semejante circunstancia de desenvolvimiento en la construcción de música rock, aconteció sin que Morrison tuviera la suficiente formación técnico-musical para hacerlo, y sin embargo, lo hizo, porque tenía las suficientes condiciones subjetivas de formación literaria, sensibilidad estética y voluntad de acción y compromiso; sin duda alguna, logró conjugar la fuerza de su sensibilidad y voluntad de vida, con el desarrollo portentoso que mostró el rock en la década de 1960-1970, período correspondiente a su despliegue existencial como compositor, intérprete y presentaciones públicas frente a multitudes juveniles, que coincidían con Morrison es su frenesí de inconformidad, rebeldía, voluntad de saturación de los sentidos y aletargamiento de la conciencia, anestesiada precisamente por los excesos en lo primero.

Estética de Jim Morrison.

La consideración de las condiciones, situaciones y circunstancias de Jim Morrison, es el fundamento de su concepto como compositor, intérprete y agente del rock, del concepto de su existencia y obra estética; fue la estética de la música rock el punto de partida y el sustento de su existencia, unidad de su actividad y obra, y de la cual se alejó tardíamente, con propósitos que nunca aclaró; cuando intentó distanciarse de su existencia estética como agente del rock, ya era demasiado tarde para su espíritu agotado, su corazón debilitado y su cuerpo exhausto, precisamente por su afán de saturación de los sentidos. Esto fue el proceso de vida, de derroche de compromiso, de exceso del esfuerzo intelectual y físico, de autoinmolación de su cuerpo, salud y vigor físico en el altar de fuego del rock, donde él, supremo sacerdote, se ofrecía en sacrificio sensible, a la divinidad de la sensibilidad estética empírica, a la que entregó su vida. La relación empírica con esa divinidad fue el fundamento de su obra; de ese modo, el individuo Morrison, su concepción de la estética y su obra, ganaron un lugar en el mundo, y pagó el precio de haberse resistido a someter a crítica los fundamentos de su vida y obra, y más aún, por haberse rehusado a imprimir el sello de la evolución a su existencia y obra, y de ese modo conquistar la elevación de la una y la otra, al significado de la universalidad artística.

Hay evidencia suficiente de que Morrison sabía del espíritu que hay más allá de la representación inmediata del mundo y de la vida, y que está más allá de la experiencia sensible; por supuesto que su obra es parte de la cultura del rock, y representativa del espíritu norteamericano de aquella época; es evidente que sabía que hay un mundo universal y representativo de la humanidad, y que es el reino del espíritu; lo sabía, pero no quiso ingresar en él; hizo de su obra y relación con el rock, una pantalla donde proyectó con la mayor intensidad de que era capaz, la fuerza de su voluntad de sensibilidad y de experiencia empírica, y cerró esa fuerza en sí misma, condenándola al agotamiento en su interior, no obstante que sabía del reino del espíritu viviente detrás, y más allá de esa pantalla de inmediatez; se redujo a la empiricidad, y no se alejó de ella; es probable que la haya traspasado de modo subjetivo, en un momento de extraña lucidez y sobriedad, pero sin llevar esa reflexión al concepto de su acto, y por lo tanto, de emancipación de formas de conciencia logradas, y de figuras de experiencia constituida en la relación con esa pantalla.

La vida y obra, presencia y memoria de Jim Morrison, en su conjunto, ha sido reflejo de la época que vivió, y también de nuestro mundo actual, mundo que, en su unidad, vive dominado por la fuerza y el deseo del consumo: él hizo de su vida y obra, con evidente voluntad y clara intención, un largo proceso de consumirse a sí mismo en la creación de su obra, signada con la fuerza de la autodestrucción, y con el deseo de desaparecer en el acto mismo de la destrucción de todo principio, respeto, valor y moral; sin embargo, semejante voluntad de consumismo destructivo, era figura de búsqueda de un sentimiento de religiosidad diferente, de una religiosidad que lo hiciera sentir la disolvencia de la realidad y de sí mismo, en la simplicidad de lo eterno e inmodificable; esto puede ser la misma figura de las sensaciones empíricas y percepciones subjetivas propias de sus prolongados y frecuentes actos de consumo de drogas y alcohol, o combinación de ambos, que muy pronto resultó letal para su corazón; fue el vigor de la juventud, condición que le permitió resistir semejantes excesos; cuando llegó al límite de su resistencia, no era posible ninguna recuperación o tratamiento; al parecer, jamás visitaba a médico alguno.

En semejante desarreglo de los sentidos, embotamiento del cerebro y lenguaje, y descuido indolente del cuerpo y salud, Jim Morrison avanzó en su trayectoria de vida y constitución de su obra, mediante la conservación del equilibrio de las facultades principales; sin duda alguna, los procesos y experiencias de su formación cognoscitiva en su infancia y adolescencia, conformaron en él, bases epistemológica sólidas, y de modo consciente, generaba un impulso de armonía y equilibrio entre la facultad de conocer, la facultad de hacer –que abriga el deseo, el sentimiento, la pasión- y la facultad estética, que organiza a los sentidos, perfeccionándolos. El equilibrio y armonía entre las facultades es fundamento de la reflexión estética total, que significa unidad generativa del artista, en unidad con la generación de su obra; también se llama reflexión artística operativa, que es devenir del artista y su obra creativa; estas son las figuras de Jim Morrison como sujeto artístico que generó una obra de arte en la mediación de la reflexión estética; es evidente el nexo de esta figura de Morrison con la noción del arte del siglo XVIII, aportada por Klopstock: “El arte es una nostalgia de consumación total”; Morrison resolvió esa nostalgia en la continuidad del acto en que consumió –a lo largo de cinco años- una nostalgia por la religiosidad arcaica y primigenia, en búsqueda inútil y desesperada de su “autoconsumación total” en la muerte, a veces, fingida, a veces, deseada; pareciera que en ese acto, unía sus manos con Rimbaud –“el poeta vidente, inventor de lo desconocido”- y Artaud, -el explorador del sentimiento arcaico del nexo del hombre con el universo- en un delirio de arrojo al abismo de la subjetividad, significativo del acto articulado con la fuerza indestructible de los instintos. Sin embargo, Morrison conservaba una cierta lucidez, que era la estimación de sí como poeta y anarquista, la cual le hacía creer –de modo extrañamente infantil- que podía hacer lo que quisiera, con la inocencia fingida en no recibir una reacción de la cultura y una respuesta de la sociedad; lo fingía, porque entendía que sus conductas anárquicas tendrían un castigo; y los fingía también, porque se creía capaz de pagar el precio que fuera: parecía no importarle morir; en atención a esto, se hacía llamar “el rey lagarto”.

La búsqueda de Morrison de la consumación total, sin voluntad resolutoria de los ciclos que cumplía su reflexión estética en la constitución de su obra, fueron las dos condiciones principales de la lenta y tortuosa evolución de su rock, y tremenda dificultad comprensiva de su composición poética; la anarquía reinante en su reflexión estética, modo de vida y hábitos personales, liquidó con gran rapidez la disciplina básica manifestada en los años de formación universitaria. El deseo furioso y voluntad extrema para la saturación de los sentidos barrieron la disciplina organizadora de su actividad, formada en las aulas universitarias, y nunca la reconstituyó. Sus últimos meses de vida y el retiro en París, pueden interpretarse como un intento de introducir una nueva disciplina elemental es sus hábitos, alejándose en mucho, del estilo de existencia que tuvo durante cinco años, y que lo colocó en situación del trance de muerte, efecto de su fatiga corporal innegable, y de un cansancio mental extremo, resultantes de la experiencia dionisiaca, vivida con la máxima tensión que pudo soportar su juventud, y que, ciertamente, fue elevadísima. Desde esta perspectiva, la falta de disciplina en su reflexión estética, fue la limitante en la constitución de su obra poética y relación con el rock; lo mismo, también fue condición del perfeccionamiento de su estilo, a la vez que del estancamiento en el mismo, el cual aceptó quedara encerrado entre los muros del consumismo de sí mismo –con sus “hábitos” y presentaciones-, la escandalización espectacular y la repetición del estilo musical y escénico, que acabaron por conducirlo al tedio del rock, al aburrimiento con The Doors y al tedio con relación a sí mismo: fue el tedio de la exultante nostalgia de consumación total, en la anarquía total de la experiencia dionisiaca, sin horizonte ni sentido. Sin embargo –justo es decirlo- sí hubo un momento en que semejante intensidad de vida dionisiaca, fue realmente constituida con las grandes fuerzas del deseo y de la pasión, que definieron, en su oportunidad, el sentimiento de religiosidad que lo determinó desde el instante en que se hizo consciente de ello, y nunca lo resolvió: se petrificaron juntos. Esto pudo ser el momento en que Morrison abandonó el compromiso con la reflexión estética, en acto de preferencia de su sentimiento de religiosidad; eso parece haber sido el secreto de su existencia, y que tal vez, trataba de ocultarse a sí mismo: quería ser un hombre místico, alcanzar la disolvencia en la divinidad, conquistar el misticismo, luego del embotamiento extremo de los sentidos, sin resolución o emancipación; En 970, deja la ciudad de Los Angeles y el grupo de The Doors, con destino a París: en realidad, debió ser la India.

Creemos con firmeza, que la vida de Jim Morrison acabó en el momento en que abandonó la reflexión estética, y al hacerlo, renunció al compromiso esencial de los grandes artistas, que es “encontrar la gran verdad del mundo a través de la facultad estética y entregarla en sus obras (…) la noción de verdad es inseparable del mundo (…) cuando la obra de arte rompe cualquier conexión con la verdad del mundo, es una obra que vive en la orfandad y carece de la gravedad, del peso y la solidez que tienen las grandes obras que efectivamente expresan a las grandes transformaciones del hombre a lo largo de su evolución”; ¿cuál fue ese momento? Fue el momento en que debió entender que la repetición de la experiencia, del estilo de vida, rock y poesía, del tedio que se apoderaba de él, lo habían saturado; fue el momento en que se asumió más como poeta que otra cosa, y en ese momento falló, se falló a sí mismo, y pagó el precio: fue el momento en que, con toda seguridad, apareció por única vez en su existencia, la oportunidad de cambio radical de sí mismo, mediante el abandono de viejas relaciones sociales y asunción de nuevas relaciones sociales, impregnadas con otro sentido, y lo dejó escapar. Aquel momento pudo haber sido tal, como posibilidad de renovación radical del compromiso con la verdad del mundo y llevarlo a su expresión universal –mediante la reflexión estética- en el rock y la poesía; y afirmamos que tal momento ocurrió porque Morrison era un artista, y él lo sabía perfectamente, desde temprana edad

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[1] S. Iglesias. Situación del arte en los tiempos actuales. Ed. La Mueca, Morelia, 2003, pp. 48-49.

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