Jorge Vazquez Piñon

MISIÓN Y ASPIRACIÓN DE UN ESCRITOR, EN MIL PALABRAS

Todos los derechos de la imagen van a sus creadores

El escritor quiere ejercer su oficio para dar forma a la libertad que siente y con la convicción del amor y cuidado del lenguaje -producto de siglos de experiencia, acción y convivencia de cientos de generaciones que han contribuido a su construcción-; también ejerce esa actividad con el anhelo de ofrecer caminos trazados de la mejor manera que le es posible, o por sendas tortuosas apenas insinuadas; una y otra de esas rutas, al igual que otras, incluso insospechadas, tienen el propósito de presentación de la vida humana en su interacción con la sociedad, con las posibilidades y limitaciones que representan los demás para cualquier individuo; y, en esos obstáculos y conflictos siempre aparece la ocasión de entender un poco mejor un fragmento del mundo o un componente de la vida intelectual o emocional, o los dos al mismo tiempo, junto con otros; en el examen de ese propósito confluye la mayoría de las obras poéticas y literarias. El entendimiento alcanzable ocurre de mejor manera cuando la superación de las dificultades implica la exigencia de la renuncia a lo que se ama más; frente a esa encrucijada, exigencia o paradoja cualquier individuo conoce el fondo de su alma y reconoce el alcance de sus posibilidades, y todo eso acontece porque el individuo es movido por sentimientos y deseos, anhelos y pasiones, emociones liberadoras o atroces constituyentes de figuras de libertad concreta y activa; esas figuras de situaciones humanas con el fondo de la libertad es el tema de la literatura. Expresarlas de manera comunicable es la responsabilidad y placer de un escritor, mediante el mejor uso y construcción posibles del lenguaje a su alcance, o incluso, más allá de sus recursos, y que la trama de la obra impusiera explorar en beneficio de profundizar en la condición humana que aspira a determinar a través de la obra narrativa y su máximo perfeccionamiento.

En México y España tiene bastante aceptación el planteamiento siguiente: la reflexión filosófica y la creación poética y literaria tienen fundamento en la circunstancia y vivencias de los pensadores y creadores, de los escritores en particular. En los ambientes intelectuales y literarios, y de la crítica del arte, ese planteamiento es más objeto de simpatía que tema de controversia. Por mi parte, acepto la simpatía apuntada con la limitación que admito significa el reconocimiento de la grandeza y horizontes, miseria y luminosidad que siempre hay en el mundo y que aparecen de mil maneras -y más- entreveradas con la vida de cualquier individuo, junto con su involucramiento con la vastedad del mundo y complejidad de la interacción humana que dan como resultado, el tejido del manto formidable que es la vida de cualquier persona. Estoy convencido que la historia particular de cualquiera es tema suficiente para una novela; sólo bastaría detectar sus momentos principales, las emociones predominantes, el descubrimiento de la conexión entre ellas, y expresarlas de manera literaria que las convirtiera en comunicables. Estoy convencido de que la vida de la mayoría de los hombres es más o menos la misma, abierta, y cumplen las mismas actividades; la vida de las mujeres es intensa, interiormente luminosa, de grandeza sensible, de captación intuitiva y profunda de las situaciones emocionales y de autenticidad del amor que llegan a sentir por un hombre que aparece en su vida y -por un secreto de su alma y misterio inexpresable de su corazón- surge una conexión que decidirá su existencia para siempre. La narrativa de esa conexión es el gran tema de la novela; por eso, la literatura en general y la novela en particular, nunca desaparecerán, y, por lo mismo, las tareas de los escritores han sido, son y serán infinitas en la medida de la belleza que descubran en la vida humana y generen el estilo conveniente para compartirla y volverla comunicable y emocionante.

La felicidad de ser escritor es ambigua: es placer y sufrimiento; es tensión emocional y alegría de liberarse de ella expresándola; es alegría incomparable considerar la obra terminada, alegría que no pierde de vista la avispa que la ronda con su  juego de revoloteos y zumbido de dudas con que la envuelve, y llega el instante inevitable de pensar que ‘pudo quedar mejor’; a la vez, surge la certeza de que terminó su elaboración porque no había más qué decir; ¿a quién? a un lector, sujeto incierto, abstracto, sin instante preciso en el tiempo y sin lugar determinado en el espacio, pero que es real; seamos sinceros: sólo en principio se escribe para uno mismo, sólo al comienzo; tarde o temprano, cuando la trama cobra movimiento propio, ya se escribe para la construcción de la narrativa que aspira tener un destino fuera de ella misma: el lector.

¿Qué ofrece la obra literaria a un lector, ese ser sin rostro concreto pero existente, sujeto complementario de la narrativa? Ofrece una invitación a participar en la exploración de situaciones de la vida, de las posibilidades del alma de cada uno, y, tal vez, una luz -pequeña o débil, o intensa y clarificadora- que algo aportaría para que alguien pudiera conocerse un poco más a sí mismo en el acercamiento a las emociones y reflexiones contenidas en la obra literaria donde el escritor pretendió fijar un reflejo de entendimiento del mundo, de la condición humana y alma del hombre, de sus posibilidades.

Empecé a escribir, de manera principal, ensayos de crítica histórica y social, de teoría y reflexión filosófica, y algunos cuentos. Llegó el momento en que consideré casi terminada mi dedicación a la escritura filosófica pero mi inquietud para escribir permanecía; entonces decidí intentar la escritura literaria; el descubrimiento de la conservación de ciertas energías vitales puso la condición para escribir novela de contenido histórico y social.

Mis estudios de filosofía y ciencias sociales junto con mi actividad docente de profesor de educación superior han sido las bases de disciplina y autocrítica para mi dedicación amorosa a la escritura literaria, que ha sido -como lo es cualquier clase de amor- gozosa y sufriente al mismo tiempo. Quiero seguir relacionado con ella, mediante narraciones literarias con el tema de promesas, temores y esperanzas que soportan la existencia, con la aspiración de alcanzar alguna comprensión de un aspecto de la realidad, el fondo de una pasión, o de un componente de algún acontecimiento del mundo, todo ello perteneciente a la libertad, que es la esencia del hombre y fundamento de la condición humana.

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